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03/09/2007
Si yo me enfado
Hoy he pasado por La Marea del periodista y escritor Antonio Pérez Henares y la brutal experiencia me ha dejado, para qué nos vamos a engañar, la víscera muy altiva y el espíritu muy desencajado. Sé que otros prefirirían mejor decir el "espíritu enajenado", porque les suena muy parecido y les rima mejor con la enemistad estulta y tan asquerosilla que me profesan, y que yo no quiero ser ahora tan desalmado como para no dejar aquí constancia de todo el agradecimiento que siento que tanto les debo.
El hilo de marras del blogger en cuestión me ha irritado en lo más profundo, insisto. Y además reitero. Qué quieren qué les diga. Si lo sé no lo leo. ¡Menuda forma de empezar mis lecturas del día! ¿Para esto jugué yo durante meses enteros tan duro hace veinte años para ganarme un sueldo Nescafé para toda la vida? ¿Para luego proporcionarme a mí mismo estos disgustos inexcusables en mi tiempo libre e ir por la vida de torpe y auténtico canelo? ¿Para esto envié yo a la marca de café mencionada más de veinte envoltorios de sus tarros y con sobres y sellos que corrían, como todos los demás gastos, de mi cuenta?
A lo que iba. Parece que ahora el afamado periodista, escritor y blogger se ha puesto de pronto muy tierno y le ha dado por una especie de ñoñera mariconería en plan Mr. Disney, o algo demasiado parecido. Así empezó Antonio Gala, con su Troylo y las lágrimas de Boabdil y tal, y ha acabado por salirle del armario del alma el mahometano liberticida y repulsivo, que por lo visto llevaba latente muy dentro, aunque bastante dormido, pero que se le despertó muy envalentonado con la rentrée sanguinaria y carnicera de sus supuestos colegas de morerías y Alianza de Civilizaciones del 11-M.
El caso es que el citado blogger apareció por su blog a mediados de agosto bastante sonado por una sobredosis de westers y guisos de caracoles pirenáicos, disparando hasta contra el canario de la jaula, la pestaña de la melindrosa, las moscas del nabo del caballo y todo lo que se movía y aun lo que se estaba quieto, e, incluso, muy atemorizado y escondido. Pero ahora el pusilánime y cursi converso, como les decía, nos viene con que enfadarse es malo para el colesterol y además produce muchos escozores inútiles y arrugas aun más innecesarias y ningún royalty. Acabáramos. Nos encontramos con el caso de que quien fue iracundo fustigador, con látigo y borrador automático en mano, de los mercaderes de su propio nick en el templo sagrado de su blog, ahora ha amanecido como una suerte de preclaro apóstol y promotor de la paz de los blogs y de la Alianza de las Mejores Intenciones. Así empezó a amagar ZP con su discurso de la Paz y de milagro no acabó de un bombazo de realidad fuera de Palacio y con las patitas en la calle, o en su casoplón en las marismas nudistas de Cádiz, por defecto. Pero está visto que hay quien no aprende en cabeza ajena, aunque ésta sea de alcornoque. Porque además, niego la mayor de que este asunto del enfado sea de naturaleza tan democrática y fácil de elucidar y clasificar como pretenden algunos. Porque, amigos, hay enfados que son para echarles de comer aparte. O para que coman todos del mismo plato. Yo me entiendo. Y espero que todos ustedes también entiendan al leer las siguientes líneas y en la medida de sus capacidades humanas e intelectivas, que doy por hecho que no deben ser demasiado elevadas, teniendo en cuenta de las que son merecedoras mi modesta escritura.
Pues verán, cuando yo me enfado, lo normal es que todas la mujeres, y aun el personal más macho, y, por supuesto, también el neutro, se aneguen en un extraño éxtasis de perversión jovial, que les impide renunciar a mi presencia a partir de mis primeras exteriorizaciones de malestar y rechazo, hasta tal punto que ni siquiera esta posibilidad de olvidarse por un momento de mi persona se les pasa un instante por sus cabezas.
Es un hecho evidente, y mil y una veces contrastado, que mi mala leche en carne mortal y en vivo y directo es siempre sobrenatural manantial, o imán, si ustedes lo prefieren, de todos los más asilvestrados y exquisitos placeres animales de mi entorno más inmediato. Esta es mi tragedia biográfica por excelencia, y desde nacimiento, que ya reventó en risas el hospital en el que tuvo lugar mi alumbramiento, ante la visión de mis primeros terrores, moratones y zozobradas y ateridas lágrimas.
Estos terribles enfados, en los que irrumpe tan a menudo mi espantoso carácter, producen glamourosa y cariñosa hilaridad hasta en los mendigos más cadavéricos y desauhuciados, que no reciben, ni esperan ya, ninguna atención de Asuntos Sociales, el barrendero del barrio o del mismo demonio, y que sus memorias han olvidado por completo cuándo se produjo su última risa, y hasta en qué consistía semejante milagro inexplicable y que no venía nada a cuento en sus misérrimas y dolientes vidas.
Esta misma horrible tonalidad y textura de mi mala leche son también muy del gusto de los criminales y genocidas más sanguinarios y más acérrimamente enemigos de mi raza, mi cultura y mi estilo de vida. De hecho, soy víctima rutinaria de sus regalos y presentes, y de toda suerte de homenajes y concesiones que sólo están en la mano de poder proporcionarlos personajes de gran talla e importancia universal, como el Sr. Slim, Mr. Gates... y los asesinos y desfalcadores más prestigiosos del mundo. Para mí, como ustedes comprenderán, esta situación me ocasiona no pocos transtornos en mi fe en la maldad humana, con las correspondientes desagradables sorpresas y aturdimientos continuos que me ocasiona, cuando más desprevenido o despistado estoy , la gente honrada y decente, por así decir, de toda la vida, que nunca sabes bien qué es lo que te pretende vender o a qué aspira endosándote su normalita y corrientucha mercancía. Porque si no crees en el Mal, o se resiente tu fe en éste más de la cuenta, lo cierto es que en esta vida pintas poco, o estás siempre a punto de no pintar nada, porque el Mal siempre puede estar dentro y oculto en un respetable registrador de la propiedad, o de un lector a primera vista muy halagador y obsequioso, por ejemplo, quien puede tratarse del más siniestro de los desaprensivos. Es muy triste no creer en el Mal, porque luego, si se te presenta por sorpresa, ya digo, a lo mejor ya no tiene remedio, que el Mal suele ser muy rencoroso y no le gusta nada que le ninguneen.
Como es también natural y lógico, estos problemas cotidianos para mi percepción y supervivencia, que me ocasionan con su generosidad y desprendimiento hacia mí estos mafiosos, quienes suelen ser los seguidores más fieles y adictos a mi mala leche, se los he recriminado a los interesados en multitud de ocasiones. Pero, claro, el roce ha hecho ya mucho cariño entre nosotros, y suelen responderme con gracietas del tenor de "¿y quién eres tú para recriminar nada a unos criminales? No nos habías dicho que eras magistrado..." Y, logicamente, me dejan desarmado. Aparte de que no me permiten llevarlas, las armas, digo, porque una cosa es que disfruten como locos con mis enfados y cabreos y otra que pueda disponer yo en esos momentos de un arma al lado. Vamos, que no son tontos. Y, por lo demás, ni siquiera he hecho Derecho, o sea, que no puedo presentarme a unas oposiciones a magistrado. Y así con todo. Siempre me pillan. Me dan unos cortes que me dejan mudo. Menos mal que poco a poco reacciono y se me empieza a hervir mi mala leche, pero que cosa mala, oigan. Ya lo creo que hacen bien... En lo de no permitirme que lleve armas en mis galas y artisteos, me refiero. Son unos apasionados admiradores de mi autencidad y mi genio, les pirra, de acuerdo, pero, como es lógico, siempre hay que poner en todo un orden y unas mínimas normas de juego. Y además, ese tipo de triquñuelas dialécticas y otras burlas y chanzas, que aquí no voy a explicitar más por un mínimo de decoro personal y ciudadano que aun conservo, esos rutinarios cachondeos, decía, demasiado amistosos para mi gusto, la verdad, y con los que tanto gustan en aturdirme con salvaje escarnio para ver si consiguen enervarme aun más por todo lo alto, de sobra saben los condenados que suelen tener muchísimo éxito y que acaban por poner siempre, ya les digo, toda mi mala leche a hervir y al borde del disparadero. Y es cierto que les monto cada vez un número más original, violento y terrible. Yo mismo me sorprendo en muchas ocasiones con la amplitud y versatilidad de mis registros del cabreo. Pero todo al final siempre acaba, y como es de rigor, con las recompensas de sus presentes y obsequios, cada vez de mayor lujo y despendolado dispendio.
Pero, como decía, el público, en general, suele entregarse a una afición desmedida a mi mala uva y despreciable talante, que en la mayor parte de los casos bordea lo adictivo o patológico. Incluso he llegado a plantearme alguna vez si no debería crear un holding de clínicas de desintoxicación con los ahorros que he hecho gracias al generoso derroche que hacen conmidgo mis fans mafiosos, para mis admiradores más enfermos y deteriorados. No en vano hay quienes han llegado a llamarme el Velázquez del improperio o el Antonio López de la descalificación y la adjetivación insultiva. Donde pongo el insulto pongo la diana. Y es que sé hacerlos a medida, por encargo, listos para servir o para llevarse para casa. Y esto el público más sensible y cultivado lo valora mucho y suele quedarse, por la emoción y el espectáculo en sí, demudado. En otras palabras, mi palabra es la muerte y a la vez la redención. El placer sutil que proporciona la venenosa melodía de mis descalificaciones e improperios, o, para resumir, mi corrosiva y deletérea mala baba, acaba siempre por alumbrar un Fénix de egos renovados y revitalizados en mis víctimas, que jamás ha habido relación íntima, de parentesco directo o profesional de la Seguridad Social que haya podido proporcionárselo, según su propios testimonios y confesiones, que son la mayoría de mis entusiastas seguidores quienes viven con la convicción profunda de que nunca vivirán tanto como para poder agradecérmelo lo suficiente, según sus propias palabras.
En multitud de ocasiones estos acosos de irreprimible y empalagosa simpatía a que me somete el público más inmediato y cercano que es víctima directa de mi tremebunda cólera y peor mala leche, decía, me impelen a recurrir a la fuerza física para intentar escabullirme de sus repugnantes y atosigadores hechizos y adoraciones en los que mi despreciable falta de compostura y educación los deja inmersos, ya que se muestran cada vez más y más encendidos e insoportables a medida que aumenta también mi cabreo y sentimiento de rechazo. De este modo, y cuando me siento ya muy acorralado y no me queda otra salida, no escatimo la patada ocular ni el puñetazo genital directo y resuelto, ni hago tampoco ascos y melindres a los restos de cueros cabelludos y de otras partes de la anatomía de mis perseguidores que puedan quedarse apresados entre mis uñas y que me chupo con mucha delectación en cuanto me pongo un poco a salvo o me dan un respiro. No puedo permitírmelo. El andar con economías y ahorros con mi violentísimo instinto de autodefensa, digo. Mis más entusiastas admiradores me lo reclaman, mi espantoso talante antisocial, digo, y cada vez con más siniestra admiración y horrible despligue de simpatía, según se van desarrollando los infernales hechos. Lo más frecuente es que toda esa jauría de abducidos y deglutidores fanáticos de mi mala baba me sometan a una persecución sin tregua por la calle. Por ejemplo, los martes, jueves y viernes, Carrera de San Jerónimo abajo, porque esos días almuerzo en la zona. Entonces me persigue a lo largo de toda esta calle todo ese estridente y horrísono zumbido de pisadas ansiosas, desquiciadas carcajadas, que se interrumpen, de cuando en cuando, sólo para expeler sobre mis carnes desasogadas, a las que a duras penas les llega ya el aliento, sus tenebrosas y malsanas obscenidades, que gracias a Dios, las profieren tan jadeantes que apenas se las entiende nada. Pero lo que se entiende es ignominioso, terrible, inefable ... La carrera suele acabar en la Plaza de Neptuno si el semáforo está en rojo. Si está en verde, o consigo hacerme un hueco entre los veloces coches que pasan, puede prolongarse hasta enfrente de la emisora La Cope o la Bolsa Madrileña, e incluso, si ese día el pánico y las calorías me alcanzan lo suficiente, hasta el mismísimo Parque de El Retiro.
Menos mal que al final, cuando ya me dan todos alcance y no tengo ninguna posibilidad de escapatoria, los ánimos van sosegándose poco a poco y de forma natural, y, sin otra solución de continuidad, solemos acabar tuteándonos e intimando de forma muy dicharachera, excitada y tumultuosa. De suerte que todos acabamos, más pronto o más tardee, y de la forma lo más prolongada y demorada posible, en una especie de frenética marea multiorgásmica o rompeolas de éxatsis sensual tumultuario. E , incluso, en más de una ocasión, también se produjo alguna exhalación mariana de alguna novicia que le pilló todo con muy poco hábito en el asunto y como demasiado a trasmano. Y a la postre todo concluye con fraternales achuchones y algún intercambio de comentarios sobre el entretenido suceso o de números de telefono. También suele ocurrir que alguien pretenda volver a mosquearme por sorpresa, por ver si puede prenderse de nuevo esa espiral de mala leche tan mía y el consiguiente entregado fervor lascivo y mitómano, que por parte de mis más fieles seguidores les corresponde responderme. Pero para entonces yo ya soy sólo un pedazo de pan sonriente, que sabe que podrá irse por fin a su casa de forma normal y tranquila. Podrían meterme un cigarrillo encendido en el zapato o decirme que la tengo demasiado pequeña para el tamaño de mis orejas... Ya nadie podría sacarme en las próximas doce horas de mi feliz estado de saludable estulticia pasajera y gentil abandono.
Y decía que menos mal que suelen acabar de forma tan pacífica y placentera estos malentendidos y conflictividaes tan asiduas en las que nos vemos, cada dos por tres, involucrados los mayores degustadores espontáneos de mis cabreos y enfados y mi acosada y perseguida persona, que no les soporta, insisto, y siempre creo morirme en un infarto de malas leches hervidas en las fases previas de sus contumaces persecuciones de jauría humana enloquecida. Menos mal, porque lo que es la Policía Municipal y la Autonómica, en su mayor parte al menos, están al cabo de la calle sobre todos estos escándalos callejeros míos, aunque no están muy por la labor de ponerles remedio precisamente. Para ser más claro, en su mayoría todos los miembros de la Policía y de los agentes del orden están mucho más pendientes de si otean en el horizonte urbano ese revuelo y polvareda inefables que levantas a su paso siempre mis escándalos mundanos, para apuntarse, por supuesto, ellos los primeros a la juerga, que siempre la anteponen a perseguir y odiar el delito y atender y amar al delincuente, que es el cometido primordial y obligado de su esquizofrénico oficio. No en vano suelen ser las pivas más despampanantes quienes más me soliviantan y enfurecen al percibir sus impertinencias cretinas y altiveces caprichosas y sin cuento, y que luego, por consiguiente, caen más rendidas en número y color ante la evidencia irresistible y palamaria de mi pésimo talante y terrorífica mala baba. Pero en fin, también hay catedráticas, magistradas, médicos, ejemplares madres y amas de casa, maduras, jóvenes veinteañeras, treintañeras, cuarentañeras, cincuentañeras... En fin, todo tiene un sesgo muy popular y democrático. El índice de criminalidad y de inseguridad ciudadana en Madrid como consecuencia de esta desidia laboral de las fuerzas del orden, en ocasiones, y como era de esperar, y desde hace unos años, es sencillamente tercermundista, estruendoso, insufrible. Pero yo ya tengo bastante con los cargos de conciencia que me causan tanto regalo y obsequiosidad que me brindan las mafias más importantes, y de todo origen geográfico, instaladas en este momento en toda España, como para preocuparme ahora de la inseguridad ciudadana que pueda crear la mala milk que me producen mis espontáneos fanáticos y promotres de ésta, en consecuencia. Se ha corrido la voz de lo mío entre todos los criminales y nazionalistas genocidas de mayor influencia política y económica en España, y corre el dinero negro a raudales, que para eso tienen tanto y lo sacan y lo mueven con tanto brío y facilidad de un banco a otro y entre las distintas instituciones estatales y de una caja de ahorra a otra, y como dice el refrán, porque me tiro a una tonadillera y me compro a un alcalde y vuelvo a tirar porque me toca. En definitiva, yo soy para mis padrinos mafiosos como el Frank Sinatra del cabreo y la mala hostia, que me protejen y tutelan, y que, a falta de casino en Las Vegas, me abonan una multimillonaria nómina todos los meses por mis esporádicos escándalos callejeros. Aparte de otras recepciones privadas contra mi voluntad, y, por tanto, con toda mi mala leche del mundo, a que me someten, claro, que para eso son los jefes. A mí esto, que sean mis jefes, digo, me indigna y cabrea cada vez más, por lo que me temo que nuestro contrato será eterno, o si no se es creyente, al menos demasiado largo. Sin embargo, y por otra parte, a mi favor tengo que decir que en mis algaradas espontáneas, aparte de agentes de la autoridad siempre participa cierto número de delincuentes, de no demasiada alta estofa, que todo hay que decirlo, lo cual, que mientras se distraen y disfrutan con mis espectaculares enfados y las grandes ventajas a nivel interrelacional que, a la postre, estos les proporcionan, no están delinquiendo. Y por si fuera poca mi beneficiosa influencia en estos seres, un tanto asociales y descarríados, además suelen permanecer, tras la espectacular e inolvidable experiencia, con muy buen ánimo y no peor predisposición gentil y ciudadana durante cierto tiempo. Total, que ya están apalabrando mis padrinos mafiosos con el alcalde algún reconocimiento o condecoración para compensarme de alguna forma por los beneficios que ocasionan a la ciudad mis actividades y el despliegue de mi espantosa mala leche natural, y por ver, claro, si una vez ya institucionalizada y con registro legal, mi magistral mala baba, digo, obtienen algún permiso para explotarla en ámbitos privados y de alto standing previamente concertados.
Y ahora quizás ustedes se pregunten por qué en un principio de mi relato valoraba tanto mis discretos ingresos de un sueldo Nescafé de por vida, al lado de los multimillonarios emolumentos que me proporciona la feliz y entusiasta adicción de los mafiosos a mi mala leche insoportable. Pues bien, confieso que no estaba en mis intenciones abrirles en este post hasta este punto mi corazón y los secretos mejor guardados de mi vida privada. Pero ahora que lo he hecho no me arrepiento, y no voy a escatimar ninguna exteriorización de mi legítimo orgullo, tanto por mi premio de un sueldo para toda la vida, como por la enorme aceptación social que goza entre el público en general el reconocido magisterio y maestría de mis enfados. Y de la felicidad que aporta mi mala hostia y mis insoportables cabreos a la sociedad, no hablo. Las proporciones cuantitativas, y su cualidad entrañable y espiritual, les confieso que sencillamente me emocionan.
Para UN HOGAR EN LOS ABISMOS,
Lonely Flipidor.
11/09/2007
Amores lagartos
¡Ah, aquella serie de los lagartos extraterrestres...! En muchas ocasiones me pillaba su transmisión en ciertos garitos a la otra orilla del río, en el lado más difamado, inexplorado y laberíntico de esta milenaria y monumental ciudad. Garitos que parecían flotar en perennes nubes azules de humo de tabaco y estar transidos de sensual melancolía, tal vez a causa de los vahos centenarios que despedían , como si fuera un aliento de eterna embriaguez adormecida, sus enormes y cercanas bodegas de cerveza y de ron. Por no hablar, por supuesto, de las fragancias de bourbon y del sexo más selvático y fortuito, casi marítimo, que yo haya conocido jamás. Quizás demasiado marítimo y selvático para mí, pero en fin... No precipitemos los eventos y el desenlace del relato nada más empezar.
Aquellos antros tenían fama además de preparar las mejores sopas de whisky caseras de todo el continente, incluida la sorprendente Albión, y de destilar el más soberbio y flamígero sexo de toda la ciudad. Y una vez que ponías tu primer pie sobre el suelo de algún local de aquellos pasabas de forma inmediata a formar parte muy importante e indispensable del lugar también, como si fueras una pieza necesaria más para que toda aquella turbadora destilería de lujuria exquisita y de deslumbradores pensamientos oscuros no se resintiese en su mecanismo y no dejase nunca de girar. Todo allí, en fin, rezumaba una atmósfera tan out sider, tan fuera del sistema, el orden, y las leyes del mercado y la demanda del contribuyente cumplidor y responsable, como pudiera rezumar todo esto antes dicho yo mismo, al menos en mis más apuradas y brutales turbulencias de desasosiego metafísico y existencial. Turbulencias que siempre aparentarán ser más sugerentes y profundas si las titulamos así, como metafísicas y existenciales, siempre que nos referimos al caos en que subyace, o directamente desaparece, nuestro pobre y amedrentado espíritu, cuando se cierne sobre él las inexpugnables fiebres del sábado noche con su rutinario tsunami hormonal. En definitiva y para resumir, hablo de sexo pirata, sexo aleatorio, sexo a la ruleta del rojo y el negro, sexo casi caníbal, sexo para las élites más vanguardistas y la créme de la créme más condenada y marginal de mi ciudad. Sï, yo en aquellos palacios incendiados de depredación humana y sexual tenía también todos los sábados mi correspondiente y reservado lugar.
La enorme pantalla de televisión constituía siempre una magnífica coartada para hacer como que me interesaba mucho mirar como se despellejaba su última pátina de supuesta piel humana alguno de aquellos lagartos extraterrestres, quien de pronto se había cansado de tanto paripé en el que se hacía pasar por humano, y reivindicaba ya sin menor disimulo y a las claras, incluso con desafiante desfachatez y orgulloso furor, su naturaleza extraterrestre y reptil.
Gracias a la magnífica representación de mi papel de televidente enfrascado en lo que sucedía en la pantalla de televisión conseguía darle cierto pretexto natural a mi exhibicionista soledad en el lugar. Y cada vez que asomaba un trozo de pellejo de reptil bajo la piel de un personaje que hasta ese momento todos creíamos que se trataba de un terrícola muy patriota y planetario a carta cabal y ejemplar, aprovechaba para reirme con toda la ostentosa y feroz obscenidad de la que era capaz, poniendo en marcha toda mi estudiada y ensayada mecánica de coquetería y seducción, pero sobre todo concentrándome en exhibir mi poderosa y reluciente dentadura en todo su depredador esplendor. Mi boca, ya desnuda de todo rastro de arrobo y timidez, se abría entonces como un fruto rojísimo y salvaje, protegido, como si fueran una especie de bellísimas espinas de marfil, por una hilera muy blanca de incisivos y caninos muy moldeados y regulares, que eran objeto de miradas muy intensas y sensitivas por parte de las mujeres que habían oído mi salvaje risa a mi alrededor. Los hombres, por contra, muy epatados por el impacto de la visión, no sabían después muy bien donde posar sus ojos, si no es que caían en un medroso y muy acomplejado ensimismamiento circunstancial.
Pero a medida que los extraterrestres lagartos empezaban a pavonearse con mayor descaro y despreocupación, dejando al descubierto sus rugosas y verdes pieles de reptil, como si se aprovecharan de su parapeto inabordable en la pantalla de televisión para ponerse a salvo, el ambiente en el mega bar se iba caldeando cada vez más, y parecía que todos los presentes nos sublevásemos en una especie de arrebato de rijosa y enaltecida marcialidad, en una especie de orgullo de especie y denominación de origen galáctica y planetaria. Parecía que hubiese que poner a salvo a todos los ejemplares humanos del sexo contrario que en ese momento estuviésemos reunidos en el local. Había que poner en marcha muy rápido nuestra improvisada celada de solidaridad terrícola y sensual a la que yo estaba invitado como un participante más. De hecho, mi oferta personal de desgarro emocional y psicisomático, que lucía como si fuera un blanquísimo cartel de venta o alquiler entre mis abiertos y sonrientes labios, no solía tener competencia a esa hora, como entre dudosa y muy proscrita de la anochecida del sábado. Al menos no la tenía en todo aquel distrito, tan calumniado y maldito, situado en la misma ribera del turbulento río, que atravesaba sigiloso el extremo más oscuro de la ciudad. Y era uno de mis mayores placeres entonces aspirar con parsimoniosa y oculta delectación los aromas de temblor hormonal y sanguíneo de toda hembra que se preciase de serlo, cuando caía atrapada su febril mirada por unos eternos momentos en el cepo incendiado y abismal de mi sonrisa, coronada siempre por el misterio glacial de mi impenetrable mirada gris.
Mientras, por supuesto, permanecía al tanto de si, por fin, alguna macizorra de turno se daba por enterada de que lo más interesante del local le tenía echada la mano al cuello de mi botella de birra de importación. Una botella de cerveza que agonizaba en realidad ya en mi mano, sin burbujas ni asomo del menor pálpito de vida, como un caldo absurdo y extemporáneo, como un biberón etílico de un monstruoso y libidinoso bebé sin cita ni compromiso alguno y que no supiese nada sobre todo lo que sucedía delante de sus narices allí.
Pero había que aparentar rutina, naturalidad. Yo tenía que saber estar a la altura y demostrar que era un cliente más que estaba adaptado a la perfección a aquel festivo y excitante ritual de todos los anocheceres del sábado en aquel lado más brumoso y oscuro de mi ciudad.
Poco a poco las mujeres de caderas más voluptuosas, labios más dulces y carnosos y pechos más amables y gentiles iban desapareciendo tras las cortinas de los reservados más cucos y lujosos del local. Caminaban sobre sus mayestáticos zapatos de aguja muy concentradas y seguras, como si atravesaran algún precipicio que les resultase muy conocido, pero del que, sin embargo, no se fiasen demasiado, como si detrás de cada paso les pudiera acechar una muy dolorosa y familiar traición. Eran mujeres abismadas en los humedales ondeantes de su ingobernable pasión y, por lo común, muy bien cimbreadas por su talle por el musculoso brazo de algún muchachote empalmado y cimarrón, que seguramente habitaba en ese lado emboscado, oculto y huidizo de la ciudad.
El cotarro empezaba entonces a animarse, y una especie de misteriosa vaharada de salvaje y libidinosa esperanza parecía haber empapado, hasta los mismos huesos, las ardorosas carnes en celo de todos los clientes del local. Y todo el mundo, muy embriagado ya por aquella intuida y preclara sensación de buena suerte inminente que se avecinaba, parecía haberse puesto a competir en un concurso de elegancia y discreción, porque era indispensable saber guardar un tenso equilibrio de muy excitante y contagiosa hipocresía, para allegarse con mayor empuje y éxito a la siguiente oleada de lujuriosa emancipación.
Entonces no debía pasar demasiado tiempo para que Rosaura se pusiera en marcha para salvarme de aquella situación, que siempre podría resultar demasiado azarosa e imprevisible para mí. Unas veces era ella misma quien creía que había llegado el momento. En otras ocasiones era yo mismo quien le hacía desde la barra del mega bar alguna señal muy discreta y convenida con mi mano, rascándome, por ejemplo, mi cabeza con cierta desesperación y avidez. Rosaura, mi dulce y fiel Rosaura, mi enfermera eslava y amantísima compañera, siempre tan atenta al menor de mis gestos y ademanes, no tardaba entonces, desde el extremo más lejano del local, en acercárseme sin apartar ni un instante su fogosa mirada de mí. Ya a mi lado, se colocaba sin mayores demoras a mi espalda, y como si fuera el gélido almirante del más soberbio y poderoso barco rompehielos, abría un surco en medio de aquella lasciva aglomeración de carne encelada, conduciendo mi silla de ruedas hacia la salida del local con vertiginoso aplomo y resolución. Rosaura siempre permanecía incólume a las miradas de curiosidad o estupefacción que pudiera suscitar a su alrededor. Con su mentón en todo momento distante y altivo y su temple enaltecido y acerado de zarina de la noche, parece que en todo momento quienes se le ponen por delante deban darle sobre sus molestas presencias algún tipo de explicación. Mi amantísima Rosaura no pierde ni por un instante entonces su maestría matemática de mariscal de campo, que marca el rumbo fijo a mi descarnada y aterida excitación, el rumbo fijo e inexpugnable de mi infinita y feroz ansia de pecado intergaláctico y cuerpo de humana mujer. Entonces yo ya no puedo apenas soportar ni un instante más de demora para dejarme desbocar muy abrazado a ella por los acantilados de sus pechos enfebrecidos y mi desesperación carnal. Y siempre parece que, en esos momentos de nuestra despedida del local, hubiese una miríada de caballeros que hubieran puesto en almoneda sus almas, y hasta sus cuerpos, para intentar cambiarlos por el aparente despojo del mío, por ocupar mi privilegiado lugar de ser archi mimado y protegido a muerte por aquella despampanante mujer, por mi fiel y amantísima Rosaura. Porque Rosaura, todo hay que decirlo, aunque no debiera hacer mucha falta ya, está como un bombón vienés, o sea, con mucha sorpresa de licores y jugos silvestres arremolinados muy al fondo de su inabarcable y escurridizo sabor. Todo esto es verdad, lo de su inabarcable y escurridizo sabor a bombón vienés, digo, que son ya innúmeras e inolvidables experiencias, al respecto del sabor de Rosaura, de las que podría dar fe, pero ¿qué sabrían aquellos tipos sobre cuál podría ser mi verdadera suerte y situación en esta vida, en realidad...? ¿Acaso tendrían ellos la cuarta parte de la imaginación requerida para saber estar bajo mi piel? ¿Acaso siquiera sabían ellos cuál era mi verdadera piel? ¿Lo sabes tú acaso, lector?
Ya en la calle, nos dirigíamos con paso muy precipitado acera adelante, presos de un frenesí de deseo que, de continuo, suele estar muy salpimentado de trompicones y sobresaltos que incendian aun más nuestra terrible e insufrible ansiedad. Luego entramos en el primer portal envejecido y medio abandonado cuya puerta podemos franquear sin mayor peligro o indiscreción, y, ya dentro, Rosaura se sienta frente a mí sobre mis pantalones medio desvencijados y abiertos por la entrepierna, que parece una atroz y mortal herida de abrupto deseo y horrenda soledad. Una herida descarnada que empieza poco a poco a hacer muy sentida y enternecida amistad, desde su oscuro e insondable fondo, con la balsámica y dulce vulva de su amor, de mi amor, de mi Rosaura amantísima. Y Rosaura prosigue, con sus casi imperceptibles balanceos sobre mis pantalones, vilmente acartonados y casi vacíos, de engandro hombre lagarto. Un hombre lagarto que empieza a sentir, de forma muy paulatina, como toda su sensualidad imposible, o sea, la mía, de criatura de dos mundos separados por una distancia casi infinita en el firmamento, empieza a ser atravesada por un candencioso e inexplicable ondeo, como de pluma de ángel caído, de ángel amoroso, de ángel secreto y terriblemente humano, de dulce ángel guardián de mi placer más indómito y sobrenatural.
Sí, lo he escrito bien, y hay que entenderlo tal como suena y se puede leer, sí, yo soy un extraño e inédito engendro de hombre lagarto, un híbrido de ser humano y extraterrestre reptil, que fue despreciado el mismo día de su nacimiento por todos los ejemplares de su media genealogía de sangre fría y escamosa y que habita en un lejanísimo lugar, casi en el otro confín del Universo. Sí, soy un híbrido intergaláctico que fue abandonado en la Tierra por sus primos hermanos de especie extraterreste y reptil, en el momento de regresar a sus ignaros mundos que se encuentran al otro lado de la bóveda celeste. Y no me cabe ninguna duda de que hubiese sido abandonado por mis medio congéneres humanos también en aquellos misteriosos mundos reptiles de insondables lejanías, a los que pertenece la mitad de mi ser, si hubiesen sido los humanos quienes después de visitarlos, partiesen, de vuelta de aquellas ignaras galaxias, a éste su terrícola hogar. A no ser, supongo, que figurase entre la tripulación de la nave algún doctor chiflado, ansioso de un nuevo conejillo de indias con el que experimentatar las monstruosidades que su razón científica soñó. O algún sacerdote a la antigua, tal vez, de aquellos que dicen que todas las criaturas con vida son de Dios, aunque todas el Demonio se las pretenda arrebatar. Pero los hechos fueron que una vez aquí, en el planeta Tierra, y abandonado por mi familia reptil en la calle, a las puertas de un convento de clausura teresiano, como si yo fuera un bebé humano no deseado más, la suerte estaba ya echa para mí: no hay hijo, por extraño, incomprensible o inconcebible que nos resulte, que no sea querido a los ojos de Dios, y, por tanto, que no sea también querido a los ojos de sus fieles siervas del Corazón de Jesús. No cabe duda de que mis parientes lagartos sabían lo que se hacían. No sé cuánto tiempo habrían permanecido en la Tierra, pero, por lo que respecta al arreglo que encontraron conmigo, parece que no andaban muy mal de documentación. Seguro que eran demasiado inteligentes para este mundo y encontraron en un periquete la solución, dejándome así a salvo, y sin complicarse lo más mínimo la vida. Al pensar en el convento teresiano de clausura como mi lugar de adopción me salvaron, por ejemplo, de ser carne de revista de ciencia y de laboratorio de experimentación. Por no hablar de la televisión basura y la prensa canalla y del chismorreo, o los telediarios de Antena 3, que pondrían a millones de famosillas y busconas en órbita para conseguir conmigo a toda costa algún lío o affair, y que pretenderían luego vender como unos amores intergalácticos e indestructibles de proyección eterna y universal, que al día de hoy sólo son capaces o están interesadas en vivir en secreto con su perro de aguas, su senegalés de saldo o su favorito consolador de titanio, sólo es un suponer. Y tampoco podrían los humanos hacer ninguna de estas barbaridades mencionadas, decía, porque, entre otras cosas, no son lo suficientemente intuitivos e inteligentes como para impedir que les haya tenido toda mi vida engañados. Y por lo que se refiere a mis matronas y patrocinadoras circunstanciales, las madres teresianas de clausura, como sólo cabía esperar, sólo vieron en mi estrafalaria singularidad orgánica el típico fruto mortal e inocente del humano pecado, un fruto, el del humano pecado, nunca demasiado absurdo o surrealista para quien está muy bien pertrechado de la verdadera Fe. Vamos, que mi caso era para mis monjas adoptantes de manual, no les ofreciía mayor misterio o complicación, y, como tal, como fruto inocente del humano pecado que las madres me sabían, había que librarme a toda costa de todo peso de ajena inmoralidad, o carga de culpa, de los que yo era inocente de toda solemnidad.
De otro lado, también hay unas leyes que cumplir y un respeto mínimo a la dignidad de la persona que es de preceptivo cumplimiento en un Estado de Derecho, aunque de persona, ya digo, apenas se llegue en mi caso, en su sentido más literal y objetivo, ni al cuarto y mitad. Y por si necesitase más ayuda para sobrevivir en este planeta medio extraño para mí, lo cierto es que a medida que crecía y me desarrollaba como un niño más, hasta pasaba por resultón al lado de muchos discapacitados humanos. No olvidemos que yo era un híbrido de ser humano y extraterrestre reptil de lo más sano y normal. Vamos, que en mi adolescencia y juventud tampoco era muy extraño que casi necesitase hacer uso del agua hirviendo para apartarme a mis admiradoras de alrededor. Admiradoras que confesaban, sin ningún tapujo, encontrarme un no sé qué muy especial. Y es que hasta al lado de muchos humanos normales no dejaba uno de tener también su sex appeal, su cosa y su aquél. Incluso para las mujeres más experimentadas y maduras, había algo en su gran bagaje vital que les avisaba de que anidaba un misterio muy singular dentro de mí, y que siempre les ha resultado muy interesante de descifrar. Y en lo que a mi seguridad y discreción se refiere, una vez criado de niño por mis matronas teresianas, fue muy fácil para mí camuflarme entre los humanos como un humano más, ayudándome siempre de este séptimo sentido que los hombres muy lagartos solemos tener y nunca nos suele fallar. Y ni los mismísimos animales se han dado cuenta jamás de que laten en mí dos dimensiones de especies diametralmente excluyentes la una de la otra, don universos, en teoría, inencontrables... Dos universos inencontrables... pero atrapados, muy atrapados, en un solo destino dentro de mí. Un destino, que, por lo demás, confieso que ni como humano, ni como lagarto, nunca he logrado atisbar con un mínimo de claridad por ninguna parte.
Sí, soy un híbrido interplanetario de ser humano y reptil, quien ha tenido que camuflarse o disfrazarse de una especie de parapléjico poliemelítico, aunque con mucha marcha e indudable sex appeal, ya digo, para poder pasar mejor desapercibido en esta hostil sociedad humana, que mira con tanta extrañeza y desdén, en muchas ocasiones, a las otras especies, en este monolítico y despiadado desierto de humanos.
Rosaura, como, por lo demás, hacen también mis parientes lagartos, siempre acaba por columpiarse cada vez más alto y más fuerte sobre mis pantalones abiertos y desvalijados de casi todo rastro humano, sobre mis pantalones casi esquilmados de todo canon humano de armonía y belleza, a causa de un atroz y voraz capricho que los dioses de la sensualidad y de lo efímero siempre tuvieron conmigo, desde el mismo instante en que la vida me alumbró en este extraño mundo, en este planeta Tierra, a la vez tan espantoso y bello como para poderlo soportar sin la medicina preventiva de mi amor sobrenatural, sin la poción milagrosa de amor de mi Rosaura amantísima.
Una vez acomodados y relajados en el apenumbrado y olvidado portal, Rosaura deja que me despeñe con toda mi pasión por los tiernos y altivos acantilados de sus pechos, que siempre me ofrecen a temperatura ambiente mi cuartillo de tibia leche maternal, que yo succiono muy ansioso y aterido de vértigos y desamparos inefables. Una tibia leche maternal mezclada con la convulsa y placentera secreción de mis lágrimas de amor. Una mezcla de sabores que termina siempre por dejarme en la garganta un extraño regusto a elixir, que nunca sé muy bien si es de vida o de muerte, pero su inconfundible sensación a milagro no se aparta en todo el resto de la noche ya de mí. De paso, Rosaura, sin perder ni por un instante el ritmo de nuestra serenata nocturna de amor, alivia con el bambolenate hervor de sus desnudas nalgas el tormentoso trasiego de placer sin límite que electrifica la inflamada punta de mi cimbreante cola de hombre lagarto. Y todo se convierte entonces en una eclosión de amor interplanetario y abismal, salpicado por nuestra frenética y extraña zarabanda de compulsivos y sinfónicos gemidos de amor, que parecen correr entre dos torrentes paralelos de placer, entre dos mundos nacidos y destinados a no conocerse jamás, programados a conciencia, tal vez, para ignorarse el uno al otro durante toda la eternidad. Y un aura como demasiado sagrada parece que empieza a empapar hasta el fondo nuestros cuerpos y nuestros espíritus, como si hubiéramos desmontado el último tabú o secreto que le quedase en pie a nuestro común Creador, como si todo en nosotros fuera una suerte de prodigio de furia cristiana y caridad sensual bien entendida, y nunca mejor recompensada por el inmenso amor y placer que sabe siempre devolvernos con creces nuestro receptor. Y más tarde, tras todos aquellos aludes de pasión intergaláctica y carnal, muy poco a poco vuelve a mí, en muy dulces remansos, mi proverbial templanza de ánimo, mi confortable lucidez de témpano cartesiano, pero, sobre todo, y por encima de todas la cosas, mi flemático orgullo de Eximio Presidente del Ilustre Colegio de Registradores de la Propiedad del Estado. Y torna a adornar de nuevo mi semblante mi acostumbrado brillo de serenidad y virtud, mientras Rosalía y yo, de vuelta ya a nuestro hogar, cruzamos las primeras sombras de la noche por el centro de la ciudad. Y siempre procuramos coincdir en nuestro itinerario con las iglesias, parroquias y sedes de partidos y de ONGs, que a esa hora es muy frecuente que abran sus puertas de par en par para dar salida a sus feligreses o afiliados que acaben de celebrar su última misa, reunión o comité.
Es entonces un verdadero éxtasis de comunión y paz indecribtibles el que me proporcionan estas elegantes y singulares damas, que acaban de terminar sus reuniones y ceremonias religiosas y sociales, cuando me saludan y me conceden de muy buen grado su más selecta y entregada atención. No en vano son las mujeres del mayor y más exquisito prestigio solidario y cristiano de toda la ciudad. Mujeres que, con sus misales, o folletos de su asociación política o no gubernamental, aun bajo sus brazos, cogen mi mano entre las suyas y requieren mi opinión sobre alguno de sus asuntos espirituales o políticos, o sobre cualquier menudencia mundana, y siempre con la más humilde y sincera adoración. Y qué decir cuando, con cierta frecuencia, algunas de estas damas besan mi mano y la demoran durante minutos enteros entres sus musitadores y aturdidores labios... Entonces, al recordar el bálsamo milagroso de flujos salvajes y abismales que aun envuelve con su misterio de electricidad reptil mi extremidad, al recordar todo aquel bálsamo de leche materna y semen de hombre lagarto, al recordar aquel bálsamo de lágrimas intergalácticas y de ecos y susurros que dejaron por toda mi piel aquella bendita resaca de prodigio reptil y sobrenatural... Entonces siento como mi placer alcanza cumbres divinas y celestiales de genuina y transcendental espiritualidad. Y una última caricia o carantoña excitada sobre mi rostro, que como contagiada por mi propio éxtasis me prodiga, muy jadeante y ardiente, alguna de estas distinguidas damas, parece concederme el definitivo visto bueno, o asentimiento humano y oficial, de que ya no queda sobre mí ni un solo vestigio de posible sospecha, o gélida escama, ni un solo vestigio o huella de mi naturaleza secreta y oculta de hombre lagarto. Yo soy para estas excelentes mujeres de la mejor y más caritativa y generosa sociedad, el paradigma viviente del buen cristiano o del mejor socialista carismático y solidario. Soy la prueba humana irrefutable de que cualquier utopía, o sentimiento genuino de bondad, es de este mundo y, por tanto, posible. Yo soy la mejor prueba de que la utopía es posible porque siempre habita en el corazón del ser humano puro, que acepta, como tal, las limitaciones, pero también los desafíos, siempre superables, de su especie. Y yo me gozo lo indecible de sólo pensar que ya no queda ni una sola huella o reminiscencia de mi insaciable, y siempre traumática, codicia reptil de carne humana, de mi insaciable voracidad de sanguinaria y sobornable selva humana, de mi desbocada pulsión de pecador de intergaláctica bestialidad con ejemplares de una especie diferente a la mía, que en el caso de Rosaura se abisma en un amor que no aceptaba ninguna frontera de humildad y se pierde con inaudita pasión en insondables sentimientos megalómanos de infinita universalidad. Siento, en fin, con infinita serenidad, que no queda ningún rastro identificble de mi dolor sin fondo de hijo de madre demediada, de madre huida y siempre ausente, y ya desde mi nacimiento convertida en la criatura más repudiadora de mi ser, del mismo ser que ella engendró. De madre fugitiva del recuerdo de mi existencia en los inalcanzables e invisibles horizontes de otras galaxias, que muy probablemente el ser humano jamás conocerá. Todos los males y los crueles pesares se disuelven entonces al qeudar conjurados al calor y cercanía de estas eximias y admirables damas queson la flor y la nata de la solidaridad. Y por momentos, creo, e, incluso, juraría, que recibo, a través del milagro de sus tiernos cuidados y atenciones, un mensaje de paz divina y universal concebido para mí por el Mismísimo Señor Jesucristo en persona, o por el Presidente de la Internacional Socialista, o por toda la cúpula de la Logia Masónica Mundial más universal. Un mensaje en apariencia algo implícito o críptico, para una persona que desconociera los antecedentes reales y su importancia y ecuanimidad, pero un mensaje muy específico y personal, en realidad, para quien esté sobre aviso y al cabo de la calle sobre la cuestión. Un mensaje que pone en mi conocimiento, a través de estas inteligentísimas y perspicaces mujeres, que me lo hacen llegar con la mayor de las solvencias y estricta confidencialidad, que ya estoy a salvo, que ya no queda el menor atisbo a la vista de mi muy temeroso y escondido estigma, que mi tranquila y respetable vida de Registrador de la Propiedad y de las hogareñas voluptuosidades de Rosaura, mi enfermera eslava y amantísima, vuelve a seguir su curso natural. Que mi vida vuelve a ser de nuevo confiada y complaciente. Al menos hasta el nuevo sábado noche, por supuesto, en el que, tras una esporádica y brutal crisis de interplanetaria identidad, todo volverá, de su mano de nuevo, a comenzar para mí amparado por su muy humana y comprensiva solidaridad.
13/09/2007
Marus in the train
Aquella vez sí que supe, cuando vi como irrumpía la avalancha humana por las puertas del tren, que era ya demasiado tarde para mí. No existía ninguna posibilidad de huida o maniobra, al menos ninguna que no me pusiera en ridícula o violenta evidencia, o terminase por dejarme trastabillado o arrastrado a merced de la tromba de usuarios, que arreciaba en aquella primera parada que hacía en mi itinirario diario el ferrocarril. Tome aire con secreto arrojo, decidido a sobrellevar, con heróica templanza, el abordaje. Luego me escabullí como pude de todo aquel revuelo de voces, codazos y miradas curiosas zambulléndome hasta el fondo de las páginas de mi periódico, que sostenía en lo alto como si fuera un improvisado biombo de papel. Ellas, por supuesto, iban en la avanzadilla de aquel regimiento de estresados insomnes, con cara de haber pasado una tormentosa noche con el paciente del Dr. Frankeinstein. O de llegar siempre fatal y presas del rencor más atrabiliario e indiscriminado a fin de mes. "Es sólo que han tenido que madrugar mucho", me decía a mí mismo una y otra vez, por ver si volvía la serenidad y el sosiego de nuevo a mí. Pero todo esto, en realidad, formaba parte de mi laborable y liviano rito de aceptación cotidiana de la Humanidad, en general y en el fondo tendía a parecerse mucho a un tierno cuento de Mr. Disney por comparación, si aquellas mujeres estaban cerca del lugar. De hecho, lo primero que se oyó nada más abrirse las puertas fue su estallido afanoso y guerrero de su diaria y marcial arenga. Y un instante después pude ver como asomaba enhiesto un energético brazo de quien debía ser su capitana apuntando con su afiladísima uña muy roja en mi dirección. Y al instante todo el colectivo entero se vino hacia mí, compacto y decidido en una sola y muy bien organizada arremetida, como si fuera el cuerpo de una sola mujer, como si fuera la embestida mortal de una extraña, y algo descoyuntada, bestia de cinco pares de pies. Una gigantesca y furibunda bestia que se encontrara en la época de disputarse a muerte con sus enemigos la propiedad de un territorio imprescindible para poder sobrevivir. Por supuesto disponían de por lo menos treinta metros más de vagón, con las mismas o mejores posibilidades de acomodo que a mi lado, para celebrar su matutina asamblea pública. Pero debería flotar en el aire aquel día cierta atmósfera propicia a la telepatía más instintiva y despiadada. De esta forma sólo se puede entender que pudieran olfatear al unísono conmigo desde el primer segundo mi nula capacidad de escapatoria. Recordé con nostalgia casi plañidera como una mañana de hacía un par de semanas, en la que el tren respiraba mucho más desahogado, yo tuve tiempo y reflejos para levantarme de mi asiento y desplazarme, casi sin que nadie se diera cuenta, como si fuera un vertiginoso resorte de feria, al otro extremo del vagón, incluso una decima de segundo antes de que las marus se enfilasen en mi dirección. Pero ahora recordaba con melancolía como aunque en mis anteriores trayectos me había acompañado también el horrísono sonsonete de sus tertulias, que perforaba todos los rincones del aire con posesiva y amenazante avidez, éste llegaba a mí ya con cierta sordina, como un rumor amortiguado por su lejanía y la proverbial aglomeración del pasaje, que yo utilizaba como muro protector, como si fueran sacos terreros de barricada o trinchera indispensables para poder yo continuar con la lectura de mi diario y de paso sobrevivir.
Pero aquella mañana se habían acomodado justo en torno a mí, que viajaba sentado, adjudicándome las marus, por espontánea y muy soterrada unanimidad, cierta función, no sabía bien si de piedra de toque, donde ellas pudiesen experimentar y pulir, muy a flor de mi piel, los efectos descarnados de sus corrosivos comentarios, o adjudicar cierta función a mi presencia, decía, de mera mesa camilla, que hacía a la vez los servicios de florero y velador. El caso es que parecía que estuvieran muy dispuestas a aprovechar que aquella mañana había comparecido su auditorio especialmente muy recargado y sumiso por la agobiante falta de espacio y el ambiente como de naufragio absurdo e insomne que destilaba el pasaje en general. Y sin hacerse de rogar nada entraron todas de golpe y a destajo en materia. De esta forma, una mañana más, los oídos de la concurrencia empezaron a ser regalados con el popurrí de sus minuciosos análisis sobre las últimas crónicas fucsias y carmesíes recién desbragadas en el Reino, entreveradas siempre, por aquí y por allá, de los más oscurísimos y renegridos sucesos de las crónicas negras del horror y la calamidad, que habían escupido las televisiones la tarde anterior. Pero aquella mañana, no sé por qué, parecía que subiesen de todas las estaciones en las que paraba el tren viajeros con inaudita profusión y el aire y el espacio desparecían a velocidades infernales a nuestro alrededor. Pero aquellas mujeres, muy lejos de arredrarse, o de comedir lo más mínimo el tono sórdido, rijoso y vocinglero de su serial, parecía qeu recibiesen cada vez más exultantes, como si fuera un exito personal suyo de su convocatoria, a las ingentes riadas de usuarios, que por allí se iban colocando a medida que llegaban, como buenamente podían y al inevitable alcance de su radio de influencia, o de conferencia, tal vez debería decir. Yo por mi parte me escurría en mi asiento con toda mi arte contorsionista del que soy capaz, intentando aislarme con la misma desesperación, tanto del espanto que me causaban sus sórdidos cotilleos, como del feroz ardor que parecía imanar de aquella enorme mama que llevaba ya un cuarto de hora amenazándome, haciendo amagos cada vez más contundentes y cercanos, con incrustrarme hasta el fondo de mi oreja (hasta la Trompa de Eustaquio, por lo menos) su pezón. Miré para arriba de refilón por uns instante a su dueña, quien con sus mejillas muy recargadas de colorete y mostrándose muy exaltada y atrevida en la compañía de su camarilla, se sonreía para dentro tras sus enormes gafas y con la mirada perdida en un ensimismamiento que a mí se me antojó un tanto trasnochado y obsceno, al menos para la hora demasiado temprana que era y el lugar. También podía percibir como de forma paulatina, pero sin pausa, se inflamaba cada vez más cerca de mí su respiración. El caso es que la Maru por momentos, y supongo que mi asediada susceptibilidad algo tendría que ver, empezó a recordarme mucho una visita que le hice en el zoo a un búfalo que debería estar en su época de apareo con toda seguridad. Parecerá muy exagerado o bestial, pero en las emociones y los sentidos no podemos mandar, y además entre la Maru y yo no había ningún foso de seguridad. Luego sucedió que, ante la inminente parada en la siguiente estación, una vez más el tren empezó a descender de forma muy suave su velocidad. Pero no sé cómo se las arregló la maru para atribuirle al convoy, y con toda campechana naturalidad del mundo, un vaivén inhóspito y brutal. El caso es que dio de pronto un tremendo y obelisco meneo, que acabó estampándome sobre mi cara aquella mantecosa lava volcánica de sus pechos con la que en ningun momento me había dejado de apuntar. Un estampamiento mamario demasiado irreductible y prolongado como para que, desde el primer momento, no hubiese sabido que ya no podría emerger de él con naturalidad y como si no hubiera pasado nada y continuaando mi resto del viaje con un mínimo de tranquilidad y pundonor.
-Pero aquí en esta estación se bajará mucha gente, porque aquí ha habido como un corrimiento en el pasillo- dije de pronto, y como si mi comentario formara parte de una conversación, de paso que me levanté de súbito, haciendo una suerte de virtuoso tirabuzón hacia arriba para no chocarme con nadie, y volviendo de inmediato a tomar asiento. Pero en la retina se me había grabado a la perfección la estampa de sus maliciosas sonrisas y de la hipócrita inadvertencia que simularon todas ante el nuevo y prodigioso escorzo que tuve que ensayar al sentarme para ponerme a salvo del cerco mamario y marujil en general. El caso es que no parecía que estuvieran mucho por la labor de querer darle a mi reciente pingaleta una interpretación distinta a que se tratase de una especie de presentación de mis respetos y saludarlas con aquella extraña, espontánea y alocada jovialidad. Y para colmo de agobios del atestado pasillo al final no se bajó nadie en aquella nueva estación. Pero de pronto sentí como si recorriese un soplo de aire fresco y misterioso por mi ánimo. Acababa de vislumbrar entre el coro de marujas, y a unos pocos metros enfrente de mí, a una muchacha espigada con traje negro, que me observaba absorta en un místico ensimismamiento, mientras parecía penetrar, con extrañísima placidez, todo mi ser con sus diminutas y afiladas pupilas de ave. Su efecto sobre mí fue tan tonificante que de inmediato me sentí revivir y, muy animado, me dispuse a darle un urgente y despreocupado estiramiento y planchado a mi muy arrugada y encogida dignidad.
-¿Y no podría usted, por favor, procurar eharse un poco menos sobre mi asiento?- le inquerí, con un tono muy educado y despreocupada naturalidad, a la maru que seguía golpeteándome mi oreja con sus mega mamas volcánicas cada vez con mayor destreza y familiaridad.
"¡¿Qué pasa, qué dice?!" "¡El caballero, que parece que le ha entrado de pronto miedo a quedarse sin aire!" "¡Respire, respire tranquilo, no vaya a quedarse sin aire, caballero!" "¡Uy, cuidado, que le da yuyu, que le da yuyu, al caballero!" "¡Hay que ver... Cómo venimos todos aquí... y ahora el caballero ahí sentadito, parece que le va a dar miedo de que la gente se le vaya a arrimar!" "¡Uy, que se le corta la respiración!" "¡Claro, es que como nos echamos todas sobre él!" "¡Yo flipo, yo es que flipo con el tío este!"
Había un adolescente delante de mí, que en lugar de solidarizarse conmigo, o siquiera comprender lo injusto e inexcusable de mi situación, se sonreía mucho de medio lado, regodeándose en el burlesco escarnio que aquellas mujeres hacían sobre mí. Ni siquiera me miraba, como si diera por hecho que sólo sobre un mindundi, o especie vergonzante e inmunda de usuario de tren se podría desescombrar tamaño cachondeo y desdén.
Abundaban mucho las mujeres en el aglomerado de gentes que se hacinaba en el pasillo del vagón. Y de este aglomerado de pasajeros me llegaba su risa coral sin cesar, y no sin ciertos acompasamientos encrespados, que parecían fluctuar por momentos entre el rugido asesino y el más atroz rencor. En cualquier caso todo el mundo parecía celebrabar en el pasillo con salvaje sorna cada una de aquellas chanzas y soflamas de las marus que me ridiculizaban. Por un minúsculo resquicio que encontré entre los apéndices mamarios de la maru, volví mi mirada hacia ese emplasto de gente del pasillo y me pareció contemplar que todas sus dentaduras se batían en un estruendo de risa e insoportable ferocidad. Otras mujeres sentadas a mi alrededor permanecían con sus rostros sumidos en un hieratismo pétreo, impenetrable, casi abisal. Parecía que de pronto existían dos corrientes sociales o razas que no se pudieran entender, la masa del pueblo que iba de pie y la minoritaria aristocracia que iba sentada. Por lo demás, la joven del misticismo de ave parecía contemplarme ahora abstraída, como si yo fuera un animal extraño que fuese trasnportado en aquel tren por algún incomprensible ensañamiento de los dioses o algún fatídico y mortal error. Pero yo me reanimé de inmediato con sólo verla y me desentendí de todas las burlas y puyas de aquel quinteto de la muerte con mucho coraje y determinación.
Unos minutos después aquel cubil rodante llegó a la siguiente estación y empezó a aligerarse de forma ostensible de humanidad. Y cuando aun no había empezado a resoplar de alivio al ver desaparecer por la puerta a las marus ante mí, se asomó de pronto una de ellas muy enrabietada , intentando intimidarme con el filo terrible y rampante de sus enormes uñas rojas y el salvaje temolar de sus rubias mechas de tigresa. "¡¿Ya se ha quedado tranquilo, caballero?! ¡Aproveche para respirar bien, aproveche! ¡Eso, ande, lea, lea, el periódico! ¡Cómase las letras! ¡Ustred coma, coma letras!"
Poco después al bajarme en mi parada, creí percibir cierto atisbo de interés y curiosidad en la chica del traje negro, cuando se cruzaron por unos instantes nuestros ojos al caminar uno al lado del otro por el andén. Y otra vez me sentí de súbito muy animado al verme ya fuera de peligros mayores y regodeándome en la jornada que, felizmente aburrida y rutinaria, se brindaba ante mí.
Naturalmente a la mañana siguiente tomé mis precauciones. Decidí llevar el asunto todo lo lejos que hiciese alta. Y hubiese ido más lejos aun si hubiera tenido más vagones el tren. Con cierta medrosa excitación, y mi dignidad aun un tanto temblorosa y malherida, opté por darle la vuelta por completo al asunto, por así decir. De tal forma que en lugar de subir al primer vagón del convoy, como era mi costumbre, intenté exorcizar todas mis aprensiones buscando mejor suerte en el último. ¿Qué suponía gastar una pequeña calderilla de mi dignidad cuando estaba en juego que la perdiese toda a raudales, o quién sabe si hasta librarme de un linchamiento o, incluso, algo mucho peor?
Ocupé pues mi asiento en el último vagón y comprobé con mucha satisfacción que éste aun se llenaba de menos viajeros en esta estación inicial de mi diario itinerario. Y por si fuera poco, en la siguiente parada, en lugar de subirse las marus como eracostumbre, lo hizo la chica de la mirada de ave. quien se sentó bastante cerca de mí. A mitad del viaje se puso a mirarme con mucha calma y seguridad. Y entonces comprendí. ¿Cómo podía ser tan tonto que no me di cuenta antes? La chica del traje negro también había llevado el asunto muy lejos. También le había dado la vuelta a la situación. Ella también había cambiado aquella mañana de vagón, eligiendo justo el de cola como había hecho yo. Muy probablemente para evitarse tener que volver a verme sufrir tanto como ocurrió la mañana anterior, pensé. Entonces sentí tal emoción por mi descubrimiento que me pasé todo el viaje musitando un alegre tarareo, mientras no dejaba de comer letras en mi periódico, una tras otra, letras y más letras, como si fuera un bulímico adicto a la tinta que ya no se pudiese contener más.
Pero la mañana siguiente vino acompañada de no pocas y ajetreadas sorpresas . Uno no puede apearse cuando lo desea de este mundo a lo Groucho. Entre otra cosas porque nunca parece que haya nadie lo suficiente amable o importante como para querer o poder pararte el mundo para ti. Por no poder, ni siquiera a veces parece posible que uno pueda apearse de un simple tren de cercanías cuando más necesitas hacerlo. Pero si lo intentas con todas las fuerzas tal vez si lo puedas conseguir.
Sí, las marus volvieron a irrumpir en mi vida otra vez. Y lo hicieron detrás de mí por una puerta no demasiado alejada de mi asiento y con esa rencorosa euforia y ansia de devastación que sólo los seres más desalmados y contumaces pueden albergar en su enfermo corazón.
-¡Aquí, aquí! ¡Chicas, aquí! ¡Vamos, vamos! ¡Aquí, rápido!
Muy sobresaltado me asomé por encima de mi periódico sin poder dar crédito. Pero la situación no parecía muy halagüeña, que digamos. Vamos, que todo parecía indicar que no me podía andar precisamente con demasiados escepticismos sobre la cuestión.
Sólo entraron dos marus en el vagón. Se conoce que, tras su fracaso en localizarme la mañana del día anterior, y en aras una mejor eficacia en su misión, se dispersaron en varios comandos. Y muy eficientes y exitosos, por lo que acababa de comprobar. Así que sin perder ni na instante se precipitaron con inusitado ardor bucanero hacia donde estaba yo. Por supuesto que a continuación pretendieron trivializar o disimular su abordaje como podían, supongo qeu con la excusa de que estaban libres los asientos de mi alrededor. Pero este detalle circunstancial, el que hubiese espacio libre a mi alrededor, no era más que una insultante y vejatoria pamplina de muy mal gusto para mí. Pues no sería porque no hubiese un buen número de asientos libres aquel día en otros lugares del vagón. Y en todo caso, aquellos intentos trasnochados y absurdos de hacer pasar por natural o casual nuestra situación, sólo conseguían acentuar el carácter perverso y sádico del calculado asedio que habían tramado contra mí. Así que, no bien se acababan de sentar junto a mí las dos marus, yo me levanté con muchos reflejos y rapidez. Yo por mi parte también intenté darle el mayor aire casual e impersonal posible a mi estampida. Pero tampoco tuve demasiado éxito, como comprenderán.
-Gracias, caballero- aun le dio tiempo de soltarme a la maru de los coloretes y las ubres vacunas, con toda la resentida y venenosa sorna de que era capaz. Que era muchísima, la verdad.
Yo por mi parte recorrí mi camino hacia alguna de las puertas de salida del vagón a toda velocidad. No sin dejar de lado mis simulaciones de ser presa de algún olvido o despiste. Sólo por fastidiar a las marus, claro está. Bueno, y también, supongo, porque alguna vergüenza torera también me daba huir de una forma tan despavorida y atropellada. Después de todo sólo eran un par de marus. O sea, que también puse mucho cuidado y mano izquierda ala vez, para que no se sintiesen demasiado aludidos aquellos ojos que yo sentía con toda nitidez clavados en mi espalda inyectados de rencorosa ferocidad. No convenía nada en absoluto exacerbar o azuzar demasiado en las marus sus naturales instintos de jauría, que ya de por sí estaban muy desatados, porque nunca se sabía cuando la cosa se podría poner fatal. Por de pronto me observé, con mucho asombro, una gracilidad y un dinamismo en mi desconocidos. O que al menos no recordaba haber tenido desde que tenía trece años de edad y caminaba por las ramas de los árboles como si éstas fueran baldosas de un paseo marítimo, o yo fuera un mono muy ágil y apañadito de Madagascar. El miedo no es que sea libre, pensé, además es que practicamente puede volar. Al menos si eres lo suficiente decidido o valiente como para echarte a correr como un loco delante de todo el mundo, sin ninguna vergüenza y pudor, ni miedo por el qué dirán. Y yo creo que hasta me llegué a sentir en algún momento levitar por el pasillo del tren. O que, incluso, no formase siquiera parte de la materia orgánica ya. Y un instante antes de que se cerrara la puerta logré salir del tren. Aunque la verdad es que todo fue tan rápido, tan efervescente y extraño que siempre he tenido dudas de si no la atravesé. Pero tuve tiempo aun así de ver muy de soslayo a la chica de los ojos místicos, pero me pareció que volviese su cara al verme hacia el cristal de su ventana de al lado, como si estuviera muy indignada y dolida por lo sucedido. Y esta actitud suya, una vez ya a salvo en el andén, me llenó de entusiasmo y esperanza y alejó de mí todo susto y preocupación. Y, desde luego, no me importó nada tener que viajar de pie en el siguiente tren, que me llevó con cierto retraso a mi oficina, por lo demás.
Ya en casa por la noche, después de la cena, hice un concienzudo estudio de mi grave situación creada con las marus. Decidí probar suerte en un vagón que estuviese situado a la mitad del convoy. Me situaría en el lado opuesto al de embarque de los pasajeros, para controlar mejor. Me escondería además detrás de toda la abertura que mi periódcio pudiera dar de sí. Lo cierto es que a aquellas alturas de mi nueva vida de furtivo de las marus, la antigua comodidad de mis treinta minutos de viaje en ferrocarril antes de que ls hubiese visto por primera vez, se me antojaba como el preciadísimo recuerdo de unas lujosas vacaciones en el Orient Exprés.
Aquella mañana todo en mi viaje hacia la oficina transcurría de maravilla. Yo iba muy cómodo en mi asiento leyendo mi periódico y no dejaba de celebrar, aunque aun con cierta temblorosa moderación, el gran éxito que había tenido mi nueva estrategia de subirme en un vagón a la mitad del tren. Pero a mitad de mi trayecto, y con el tren a toda velocidad, de pronto aparecieron todas las marus por la puerta del extremo de enfrente del vagón. Me descubrieron enseguida, porque yo creo que me conocían ya hasta por la forma en que me tapaba por completo mi periódico. Así que, como no podía ser de otra forma, de inmediato todas las marus empezaron a dirigirse muy decididas hacia mí. Y lo cierto es que en esta ocasión las marus exhibían un aire de bambolenate y temeraria intrepidez demasiado impresinonante para mí. Yo creo que si las marus se hubieran bebido al desayuno varias botellas de whisky no hubiesen conseguido aparentar semejante melopea demente y brutal, como era aquella a la que parecía inducirlas el constante vaivén del tren. El arrojo y decisión, en cualquier caso, con el que se dirigían las marus a mi encuentro eran de tales magnitudes, que aunque yo juraría que apenas me moví, ni que dije nada, me dio la sensación de que al menos ya medio pasaje se había enterado de mi ataque de pavor.
(Continuará.)
17/09/2007
Por ahora
Tengo que felicitarme de veras, porque no esperaba hoy el amanecer de esta mañana tan pacífica. Siempre se ha dicho por estas españas castizas que Dios aprieta pero no ahoga. Pero quienes hemos jugado con despreocupada y desbordada temeridad en sus sus abismos, bien sabemos y sentimos, y nuestras cicatrices lo atestiguan, que el Creador o Mr. Destino o Mister X sabe también fulminar a sus seres aun más preciados y dotados, y sin apretar apenas nada, o directamente nada. No lo necesita. Él es El Más., Mr. Tiempo, Mister X, Mr. Infinito. Y ante él me postro y le chillo en lo alto de las colinas para que me reconozca como su hijo, para que no me abandone cuando todos sus demás hijos lo hacen o me denigran y calumnian. "¿Mr. Destino, por qué me has creado, en esta hora tan amarga? Sabes que sin mi rock and roll, mi JB, mi revolcón de hembra y el túnel onírico por el que escapo de Tus Horrores sin Tacha no valgo nada. Y mis ojos os podrían hablar de cuántos testimonios en carne viva y mente irrecuperable sobre muertes en vida han tenido que contemplar ya desde sus electificantes años de su primera juventud este flipidor que os envía y suscribe todas y cada una de estas palabras. No me ha hecho falta nacer en un país y en un tiempo de guerra para conocer las tragedias y terrores, las pestes que deja todo este trasiego de hombres que vendieron sus almas, su cordura y hasta su estilo que sus voluntades nunca reclamaron demasiado. No ha hecho falta que mis ojos contemplen profusos manantiales de sangre y plags de vísceras al viento para que mis horas fatales me recuerden que estoy rodeado de muertos con exceso. Pero para sobreponerme al acoso del caos perfecto de Mr. destino nunca me ha fallado en el último momento el respeto y comprensión garantizados de los seres más salvajes de este planeta tierra, la soberana aquiescencia de la bóveda celeste y mi JB que enciende con su magia de oro mi lengua de fuego.
Ayer estuve gritando en la cima de la colinas, por encima de los valles endemoniados de tanta molicie y domingo. Grité tal vez para nada (pero en el fondo no lo creo) maldiciendo lo ya maldito, maldiciendo a los seres que te hacen responsable de su derrota de Ley que les has dado, y siguiendo siempre, con nobleza imperdonable, y en el espíritu y la letra, todas las reglas más sagradas del juego. Si había que pelear yo pelee como uno más. Si había que matar yo maté como uno más. Pero como de pelear y matar se tratraba, los muertos vivientes que fatalherí siempre ahora me persiguen y han ingeniado una Constitución que proclama que es de nuevo reglamento de orden e higiene sepultar a quien dejó tantos muertos y ego aullidor y maltresco en el combate. Que es de nuevo reglamento de orden e higiene enterrar a quien hizo de la victoria su rutina y divertimento, enterrarle al abrazo de sus talentos en vida, como si éstos fueran gatos faraónicos disecados, ya muertos. Enterrarle bajo un talud de excreciones maledicentes, porque ellos, sus adversarios, en realidad sólo aceptaban las reglas decisivas y primeras si resultaban vencedores del juego.
Ayer en la cúspide de la tarde estuve gritando por los montes y las colinas. Grité hacia el cielo. Grité hacia el suelo, por si éste creía que había en mí gesto traición, falta de respeto o muestra de excesivo orgullo. En algún momento me atravesó algún temblor parecido a la inseguridad o al miedo, por si alguien vendría del valle a mi encuento a pretender envolverme con su no sé cuál lamento no solicitado. Grité a Mr. Destino. Grité a Mr. Tiempo. Grité a Ingmar Bergman. No me importó que pudiese molestarles, que pudiese arrancarles con mis voces de su pacífico lecho de muerte. Y además era domingo. Que Mr. Destino y el Sr. Bergman me perdonen. Pero grité. Y mi garganta nunca daba visos de resentirse. A veces no hay garganta más fuerte que la que arroja y echa a brotar, con humilde arrojo y valentía, todo su miedo. Sólo temí asustar a las criaturas del bosque, que permanecían muy calladas. Que yo me las imaginaba por mi egoismo, por mi falta de educación, por mi culpa, en atorado silencio. ¿Estaría atormentado el domingo de una pacífica y dulce familia de gamos? ¿Se sentiría algún macho de jabalí con colmillos de más de una cuarta deprimido, insignificante, ante el nuevo invasor de su imperio de regatos y frondas? ¿Temerían las criaturas del bosque que yo improvisara imposibles sendas? Porque yo era muy consciente que de mi garganta brotaba más misterio de fuego y sangre que del pacato y estruendoso estallido de una escopeta que se desbravara. Por fin callé y la cima exhaló, a borbotones de silencio, un misterio de fraternidad y paz que repicaba feliz en nuestros corazones. Un misterio de silencio y luz que todos compartimos con dulce sumisión, como si fuera la caricia más anhelada y bendita.
Luego bajé hacia el valle. Habían desaparecido todas las miserias y temores de un alma amiga que me salía al encuentro. Se habían puesto en fuga de mi espíritu todos los fantasmas y hombres muertos, quienes me acosaban y maldecían desde las trincheras de su rencor, tras mil y una batallas que perdieron de mi mano sobre todo por no respetar la principal regla de etiqueta: ofrece tu mano a quien te vence, devuélvele así tu orgullo debido de haber sabido perder, de saber estar a su nivel incluso desde la derrota, devuélveselo, incluso aunque siempre te haya vencido.
Desaparecieron de mí todos los fantasmas y hombres muertos sin dejar siquiera ningún rastro o estela de prodigio. Mi mente sólo la poblaba un solo hombre. Sólo latía un hombre en mi pecho. El único que estaba vivo y me conocía. Y me merecía la total confianza.
19/09/2007
Negra flor
"Yo no sé si es culpable o inocente, pero no me gustaría que fuese mi madre." A mi compañero de incompresiones e infundios, el comisario Don Gonçalo Amaral, aquella mañana le habían pillado la jauría de los chicos de la Prensa con demasiadas contingencias y asuntos pendientes en su agenda aun por atender. Cuando está muy ocupado el Sr. Amaral y alguien le pone piedras en su camino, se le puede desatar por unos instantes la lengua. Pero nunca atraviesa ésta ninguna frontera fatal que ponga en apuro su prudencia o legalidad debidas. A veces no sale como un resorte el consabido "disculpen , estoy muy ocupado", eso es todo. Pero la frase utiliza de comodín siempre ha de valer para barrer para casa, eso es lo principal. Si hablas no metas la pata, si hablas aprovecha para poner a la entrada de tu castillo otro mojón. Y si son dos, mejor. Aunque, por otra parte, quienes conocen de creca y con rutina al comisario Amaral podrían sospechar que alguna de sus certeras y oscas respuestas muy bien se podrían deber a haberse pasado con el queso parmesano y el paz espada a las tres salsas. Con el Sr. Amaral nuna se sabía bien del todo cuando si estaba a punto de cerrar un caso por las bravas, después de muchas jornadas agotadoras entre laberintos de señuelos y rastros e incertidumbres insomnes, o si había vuelto a engañar a su mujer saltándose la dieta pactada con un menú extra, más propio y apropiado para ogros verdes con ciénaga que para un comisario de culo gordo y tripa pugnaz que todavía presta servicio a pie de calle.
A los buscadores de noticias británicos no les hacía mucha gracia que el comisario Amaral hubiese dejado abiertas todas la vías de investigación sobre los padres de la niña McCann desde el mismo momento en el que se denunció la desaparición de su hija. "Es un mero asunto de estadística, chicos,", les dijo todos los compañeros a su mando en las dependencias y oficinas de Comisaría Central de Lisboa. "Ya os daré esta tarde una lista de nombres. Quiero que me apoye un grupo de vosotros en esta línea de investigación de una forma más especial. Y que los demás tampoco no se inhiban de traerme alguna aportación al respecto su la juzgan de interés."
Gonçalo Amaral siempre brilló por su gran intuición para saberse colocar, con su ambición inmarcesible de aprendizaje, en la punta de lanza de todas las transformaciones sociales y técnicas que empezaron a desencadenarse sin previo aviso en Portugal tras su Revolución de lso Claveles. Su expediente de estudios, la mayoría especializados, siempre ha sido y sigue siendo brillante y ya recién asomado a la veintena tuvo que cincelar a marchas forzadas su sistema nerviosos con complicados casos contra la mafia del narcotráfico internacional. Cuando los buscadores de noticias de muchos países quisieron recabar alguna información sobre el papel personal del Sr. Amaral en aquellos casos éste les respondió a bocajarro con toda la humildad, pero también con toda la saña expeditiva de que era capaz: "yo era entonces un niño y no me enteraba de nada." Y no faltó del todo a la verdad. En aquel tiempo tenía muchos más mandos sobre él y sólo tenía veintitrés años de edad. Él no organizaba los trabajos y estrategias generales, pero llegó a conocer durante aquellos años muy a fondo, y sobre todo de muy cerca, la fragancia de la negra flor, una plantación de negras flores demasiado extensa en realidad como para comprender desde el mismo momento que la tuvo ante sí que la mochila del miedo podía ser demasiado peligrosa en un lugar así. Un lastre demasiado pesado para la poca utilidad que puede reportar, ya que te puede impedir encontrar tu posición de a salvo en los momentos más críticos en los que sigue girando en el aire la moneda de tu destino, sin saber si te va a venir de cara o de cruz. Entonces la mochila del miedo puede convertirse en tu mochila-bomba, que tus enemigos buscan ponete en situación lo suficiente apurada para qeu tú mismo sin darte cuenta la actives para escapar por el atajo más temerario de la situación.
Pero ahora la mayor temeridad para el comisario Amaral sería tal vez no llevar con estricto secreto sus investigaciones sobre los padres de la niña desaparecida, porque los señores MacCann son ya unas grandes estrellas mediáticas, que han movilizado a multimillonarios de multinacionales, famosos del mundo del espectáculo y el deporte, ciudadanos anónimos de todo el mundo, instituciones internacionales, gobiernos, estados... hasta al Papa fueron a pedir su ayuda y bendición. Nada era suficiente para el matrimonio MacCann para luchar por la vuelta en vida de su hija. Tal vez porque ellos supieran mejor que nadie que en este mundo no existía quien pudiera traerles su solución.
"Paleto, incompetente, vulgar..." Incluso algunos medios británicos han llegado a sugerir que Gonçalo Amaral puede ser, aparte de todos estos adornos de la personalidad mencionados, el cerebro de una red policial de pederastia, que se gana su dinero extra secuestrando menores para venderlas." "Una acusación qeu en varios blogs se ha hecho explícita. Porque hay antecedentes de niños no encontrados en el historial profesional del policía luso." Todas estas acusaciones, por supuesto, al Sr. Amaral le han traido al pairo. "Concentraros en la niña", suele ser su soniquete de comentario cuando lso infundios parecen haber conformado una nube de irrespirable insidia, que pareciera que ya no permitiría transitar con objetividad más por el caso. "No olvidéis nunca que si la niña estuviera cautiva en una red de pederastia sus padres hace mucho tiempo que firmaron su sentencia de muerte con su descomunal especulación mediática. Esa niña ya no les serviría a sus captores para traficar. Sólo para caer bajo el acoso policia."
Pero una mañana Don Gonçalo perdió todo vestigio de calma y paciencia, y aun del menor sentido del decoro y de la imprescindible prestación de ejemplaridad que se supone siempre debida por u nprofesional a sus compañeros subalternos. El Sr. Amaral entró maldiciendo aquella mañana en la oficinacon una ristra de periódicos bajo el brazo. Arrojó a éstos contra el borde de abajo de su mesa y muy fuera de sí se encaminó hacia la ventana más grande de la dependencia para abrirla. Cogió una lata fría de cerveza del expededor y se la bebió casi entera de una sola tacada. Luego puso de pie sus puños sobre su mesa, y aunque todos sus subalternos no podían estar más preocupados y atentos a las hoscas derivaciones de ánimo de su superior el Sr. Amaral pareciera que estuviese solo y que sólo para sí hablase cuando empezó a bramar con rabia muy contenida. "Estos cabrones periodistas británicos, estos cabrones... Han llegado demasiado lejos..." A continuación tomó otro trago de cerveza y prosiguió: "Estos cabrones han dicho que yo soy un tipo inelegante... ¡Pero si toda la ropa que llevo en la foto del Daly es de Hugo Bosss! ¡¿Pero cómo pueden ser tan hijo de mala perra?! ¡¿Pero hasta donde qeuire llegar esta gentuza...?! Las risas de sus compañeros apenas lograron amainar en los primeros momentos su ira. Pero no tardaría el Sr. Amaral en poner en marcha su sentido objetivo, el torbellino de minuciosidad que arrastraba a cuestas con su malformación profesional, mal le pesase. Si un periodisa se atreve a afirmar algo sobre una fotografía que todos los lectores pueden contemplar tal vez tendría que haber algún motivo para que ese río sobre su supesta inelegancia se pusiera a sonar. Pero por si su percepción óptica pudiese verse algo atrapada en las redes de la subjetividad empezó al leer uno de aquellos párrafos en negrita: "Su americana oscura es de marca, sí, pero muy arrugada. La camisa azul también lo es, pero demasiado abierta. A lo que hay que añadir su torpe y descuidado afeitado de insomne, sus ojos rojos, aunqeu muy vivos, y esa barriga pugnaz que invita a olvidar que en su adolescencia fue una promesa del atletismo luso. Y su crucifijo de oro cubierto por la selva negra del bellos de su pecho..." Pero una media hora después, y tras trasegarse un sanwish de queso con jamón de York y otro de pollo con lechuga, tomate y mayonea y su segunda cerveza de la mañana, Don Gonçalo coronó con su acostumbrada imagen de cavilador sigiloso y muy abstraido la atmófera de concentración y calma chicha que reinanaba ya por toda la dependencia.
Un rato después Don Gonçalo consintió que le pasasen una llamada concertada de un periodista español para hacerle sólo un par de preguntas, siempre y cuando no afectasen al secreto del sumario.
- ¿Sr. Amaral, ni siquiera quiere Ud. responder a las acusaciones personales que le han hecho desde la prensa inglesa?
-No.
-¿No le molesta tanto ruido mediático? ¿No le entorpece su trabajo?
-Como dijo San José, la Justicia se hace en silencio. Muito obrigado.
"Prácticamente el 90 % de las desapariciones de menores son responsabilidad de los padres, y, por lo general, los padres culpables tienden a organizar un circo a su alrededor como coraza. Éste es un circo idéntico al que montó hacee tres años Leonor Cipriano. Y eso que no sabía leer y escribir, pero aparecieron muy pronto los asesores y vendedores de imagen, gente que sabe qeu puede sacar dinero de una forma u otra..." Esto es lo que les comentó en un almuerzo Don Gonçalo a varios de sus compañeros subalternos. "Su hija, Joan, de nueve años, sorprendió a su madre Leonor fornicando con su tío joao Manuel y hermano de ésta sobre el sofá. Los hermanos descuartizaron el cadáver de la niña y nunca pudo encontrarse el menor rastro de su cadáver. Pero resolvimos el caso y ahora los hermanos Amaral cumplen veinte años de y cuatro meses de cárcel. Otros casos fueron mucho más sencillos. En ellos los niños fuern víctimas de un ataque de ira de alguno de sus pregenitores o de los dos. Cuando el crimen no ha sido premeditado la pieza a la que hay que dar caza acaba por vivir despierto como en un sueño demasiado incomprensible y agitado como para que su aturdimiento no deje un rastro demasiado visible y sea pronto cazado.
Con mi compañero maral coincidí en varias casos muy importantes del crimen organizado. Pero cuando más tiempo compartimos juntos por razón de trabajo fue en Sevilla, siquiendo el rastro de unos gitanos ambulantes que habían dado muerte en el Algarve a un compañero nuestro portugués y amigo muy mío de mi infancia y adolescencia... Martins cayó en servicio cuando se interpuso en solitario, demasiado pronto y en mala hora, cuando la banda estaba realizando uno de sus tabajos en los que estaba más especializada, reventar cajeros de bancos.
Este caso estaba empezando a hacer también demasiado ruido mediático para nuestro gusto. A veces era como intentar trabajar en un despacho con una mosca alrededor tuyo que no encuentra la salida. Y cuando tú te molestabas en ofrecérsela o intentabas forzar la situación para que se fuera, la mosca siempre te esquiva y vuelve a parapetarse quieta en un sitio ilocalizable. Hasta que una vez que vuelves a concentrarte en tu trabajo vuelve a las andadas, o las voladas, si prefieren. La mosca zumba sin sentido entorno a ti y se qeuda. Pero tú intentas siempre, como decías san José, que la Justicia se haga en silencio.
Amaral y yo compartimos bastantes vivencias profesionales y personales juntos en el caso del asesinato de Martins, asesinato eu, por supuesto, quedó resuelto. Amaral ya era comisario de la Central de Policía de Lisboa y fue el encargado de dirigir la investigación, aunqeu por razones que no interesa mucho especificar ni vienen al caso, no tenía ninguna autoridad de mando sobre mí. A los hombres de enlace, en todo caso, hay qeu asignarles siempre un área libre, hay qeu dejarles lo más sueltos posible. Llegamos a compartir numerosos almuerzos y algunos cafés y whiskys al final de la tarde. Y no había ningún compañero en la operación , por muy bajo que fuese su escalafón, que no supiera de mi antigua amistad con Martins y todos hacían lo posible y se esforzaban por mostrarme su seguridad en mi capacidad profesional para estar a la altura, en que mi instinto y frialdad no sufrirían ningún receso. Yo lo estaba trabajando tan bien como en cualquier otro caso y esto parecía que crease una riada de admiración muy sincera e incontenible hacia mí, sobre todo en nuestros compañeros más jóvenes. Pero más de una vez Amaral tuvo que ponerme a resguardo de tanta muestra de efusiones de buen ánimo y buena fe de mis compañeros. estaba al borde y en el borde me contenía y esto Amaral lo sabía. Alguna felicitación de más o en hora inoportuna podría desestabilizarme. Pero otras muchas veces tenía la clara sensación de que era gracias a mis compañeros que iba salir muy normal y entero del caso.
Pero ya han pasado veinte años desde que Amaral y yo construyéramos nuestras primeras sendas negras a paso frenético, las sendas negras que trazas a fuerza de trajinar muy duro, rápido e ingeniosos con todos los archivos de tu mente y tu instinto. Esas sendas qeu debes abrir entre las poblaciones más oscuras y sórdidas de tu mente, para superar en astucia sórdida y oscura a la de tu presa. Para llegar a tiempo al lugar maldito donde mora la flor del mal, la flor negra, la que nadie ver o acercarse si se le aparece en su camino, la flor de la qeu se huye con tanta racionalidad como buen gusto y espanto. Y Amaral y yo sabemos que en las últimas consultas de almohada, antes de salir al encuentro definitivo de la flor negra, ésta parece qeu sólo crece ya en nuestra mente y qeu sól oen nuestra mente está a salvo para qeu cuando decidamos qeu es el momento justo arrancarla para siempre. Sientes qeu la verdadera flor negra sigue a salvo, lejos, muy lejos, libre y muy atenta a su entorno. Mientras todo tu instinto y tu mente se retuerce cada vez más agitada entre los barrotes de su cárcel de silencio, vigilancia, espera e insomnio. Y cuando llega el momento decisivo, en el que debes de tomar contacto directo con la verdadera flor del mal, sabes que lo primero es expulsar tú tu flor falsa, liberarla, dejarla a un lado, porque ha llegado el momento de actuar muy rápido y de memoria. Ha llegado el momento de que respires tú en la cima y arrojes a la flor del mal a los abismos del silencio y el insomnio perennes y a condenarla a que ella sea su propio vigilante y verdugo por siempre. Amaral y yo sabemos que si la complicación o la fataldiad del caso acumula tras de sí demasiados días de poco sueño, nuestras mentes y la percepción de nuestro entorno puede sentirse invadidas por una sombra excesiva e inexplicable, com osi a un campo de trigo lo asolara uan plaga de amapolas negras. Y en esos momentos llegas hasta a sentir que eres tú quien habita y crece en el abismo y no la flor del mal, la flor negra. Y no te ilumina el sol, ni la sonrisa inocente de un niño, a quien su madre lleva al colegio y te saluda alegre sin conocerte, y el beso de quien te ama se te antoja un ofrecimiento casi ininteligible y extraño. Son abismos que como mucho pueden durar tal vez tres, cuatro horas, hasta que con el reposo, el sueño o el ensimismamiento absolutos te recuperas. Son abismos que en la hora de un reloj terrenal no pasa de durar unas pocas horas. Pero la experiencia te ha demostrado que no hay abismo en realidad que no sea infinito, que no sea eterno y del que puedas salir si no luchas con todas tus fuerzas para arracancar todas la flores del mal que puedas.
Algunas de aquellas horas del final del día en Sevilla me parecía que sintiese yo un extraño alivio con mi mirada suspendida en algún lugar ausente en la pared del café, mientras sentado descansaba a la mesa entre sorbo y sorbo, dejándome adormecer con mi whisky con hielo en la mano. En alguna de aquellas horas del final del día llegué a sentir de forma muy nítida que yo era Martins, mi amigo Martins apenas hacía una semana asesinado. Sentía que yo era Martins y que mi yo de siempre en realidad estaba en ese momento habitando en un mundo casi inexistente, demasiado ignaro como para intentar explicármelo o siquiera contemplarlo. Otras veces era muy feliz porque disfrutaba de una paz repentina e inaudita, una paz en la que sentía muy cerca de mí a Martins y como si este estuviera más feliz que nunca, porque sabía que yo estaba con él en aquel momento, en aquella hora en la que me creía poseído por un sentimiento demasiado apacible para que pudiera ser de este mundo.
Me acuerdo también como una de las últimas tardes antes de resolver el caso Amaral paró en seco con su brazo a varios de sus compañeros más jóvenes quienes pretendieron acercarse por atrás a mi mesa. Yo vi sus reflejos en la lamina acristalada que tenía enfrente a mí y yo sabía que en ese justo momento no podría apenas ni mirar a la cara a nadie ni pronunciar una sola palabra. No me inmuté ni hice nada, pero los reflejos de Amaral me resolvieron la papeleta. Los chicos de Gonçalo se acercaban a mí una vez más con su pócima de admiración y buenos deseos, aparte de eu todos ya habíamos dado por hecho qeu el caso estaba a punto de caramelo y se resolvería sin mayores problemas por fin al día siguiente. Estaba casi seguro de que esa pócima milagrosa, que tantas veces me había salvado, los compañeros la habían estado destilando para mí muy dentro suyo desde las primeras horas de la jornada de trabajo. Pero Amaral supo ver a tiempo que yo estaba ya muy bien acompañado y que no era nada conveniente interrumpirme. En cualquier momento volverían a ser para mí todas la amapolas rojas. La suerte estaba echada. Al día siguiente habría una flor negra menos en los abismos y daría por concluido mi viaje a éstos para poder arrancarla. El día siguiente sería un gran día de fiesta y flores rojas. Como será también un gran día de fiesta y flores rojas el día que consiga demostrar Gonçalo Amaral con pruebas definitivas que unos padres que dejan a unos niños pequeños solos en la noche y también de llegarse hasta el mismísimo Papa de Roma una vez que su niña pequeña ha desaparecido, unos padres así son más que capaces de cualquier cosa.
21/09/2007
De William B. Yeats para todos los millones de héroes solitarios
"Yo sé que encontraré mi suerte
En un lugar, arriba, entre las nubes
Aquél con quien me bato, yo no odio,
Aquél a quien custodio, yo no amo
Soy de Kiltartan Cross.
Y son los míos los pobres de Kiltartan.
Ningún posible fin arruinarles podría,
O tornarlos un poco más felices.
Ningún deber ni ley ordenó que luchara,
Ni hombres públicos ni vítores de multitudes.
Un solitario impulso de deleite
Me trajo a este tumulto entre las nubes
Lo pesé todo, todo fue valorado,
Los años por venir sin objeto ni aliento,
Sin objeto ni aliento los años que quedaron.
En pago de esta vida
Está bien esta muerte."
("Un piloto irlandés prevé su muerte", de William B. Yeats)
.
A un niño que baila en el viento
"Danza allá en la costa;
¿Por qué te ha de importar
El rugido del agua y el viento?
Y que caiga tu pelo
Que las gotas de agua empapan;
Siendo joven no has conocido
El triunfo del necio ni tampoco
Has perdido el amor tan pronto lo ganaste,
No viste muerto al mejor trabajador
Con todas las gavillas por hacer.
¿Por qué has de temer
Ese clamor terrible en los vientos?"
("A un niño que baila en el viento", de William B. Yeats)
.
23/09/2007
Tío Eladio
Tío Eladio apareció una mañana de otoño en una de ls bocacalles de la zona céntrica y peatonal por donde entonces pasaba varias veces al día para ir y volver de mi trabajo. Estaba sentado en el suelo con desinhibida y casi obscena naturalidad y con cierto aire mustio y ausente en la mirada. Su imagen relampagueó en los ojos de mi memoria como una exhalación demasiado estrafalaria e inexplicable como para doderla dar crédito. No podía ser cierto que le hubiese visto a apenas un metro de mí cuando caminaba muy presuroso hacia mi oficina.
Volví con cierta zozobrae inquietud sobre mis pasos y utilicé el parapeto de una estratégica esqueina cercana para poder cerciorarme a discreción sobre el verdadero cariz real de aquella imagen o percepción estupefaciente. Sí, no cabía duda, era tío Eladio que había emergido de aquella traza harapienta y lamentable como de un antiguo y oscuro pozo del tiempo ya pocas veces recordado, después de tantos años sin saber nada de él. Años qeu parecía qeu le huberan dado aquel extraño halo tumefacto a su expresión casi mineral de su cara, años eu parecían haber surcado por su vida con la garra ensañada y enceguecida de un vendaval implacable. Ahora aquella especie de cascajo o vaina residual de lo que alguna vez fue mi tío Eladio comparecía con los párpados caídos, en lasitud temeraria, ante la riada e peatones, que tenía que bifurcrse de súbito,, muy perpleja y sorprendida, en dos atropellados borbotones para transitar sin llevárselo por delante. "genio y figura", me dije, "tío Eladio aun en su último hálito de vida seguro que sabría cómo saber interferir en los afanes de su prójimo más inmediato con su sempiterno delirio protagonista, siempre a que haya que tenérselo en cuenta." Presté especial atención a cómo arrastraba su mirada cerca a su alrededor por el suelo, una mirada como de simio melancólico y aturdido, como si buscara perezocísimo y descreído, entre la pisoteada suciedad de las baldosas, algún germen misterioso que explicase su demencial derrota.Unos minutos después partí raudo, y bastante perturbado por el encuentro, hacia mi oficina.
Cuando volví de mi trabajo a las primeras horas de la tarde no vi a tío Eladio en el mismo lugar ni en ningún otro sitio, pero me acuerdo que estimé muy robable la posibilidad de volver a verle. y al oscurecer de aquel mismo día salí a pasear con la intención de poder volver a encontrarle y, cuando aun estaba a varias decenas de metros del lugar en el qeu la había visto aquella misma mañana, me dió el corazón un respingo al observar como en ese presico punto de la calle se formaba un aturullado salto y bifurcación en la tromba de paseantes que por allí pasaban. "¡Tío eladio, rompeolas del todo Madrid y de todas las españas!", exclamé para mí, henchido por la emoción y el ataque de risa que me produjo el hallazgo. volví a acordarme por tercera o cuarta vez en aquel día cómo en un tiempo lejano, hacía más de veinte años, tío eladio había partido de su costa natal hacia la capital del Reino con la intención de romper en ella el cascarón de sus ambiciones y sueños.
Al llegar a su altura le observé de reojo con mucha precaución. Pero no había cuidado, tío Eladio seguía sumido con mucha parsimonia en sus abúlicas investigaciones sobre el polvoriento suelo. Se conocía que t6odavía no había encontrado los ocultos vestigios qeu dieran razón o explicción alguna a su impresentable fracaso. Merodeé unos minutos por el lugar, ansioso y desconcertado, sin saber qué hacer o donde situarme., pero de pronto una ráfaga de aire de aqeul anochecer ventoso de otoño pareció inspirarme y entré por la pueta de una cafetería que estaba justo al lado. Una vez dentro me senté con mi café junto a una mesa pegada a una ventana desde más cómodo y a mi sbor podría contemplarle. "¡Qué barbaridad, pero cómo se le ha ocurrido colocarse precisamente ahí , justo en medio de esta enorme cascada de autómatas que irrumpe desde la plaza! Parece qeu la desgracia le haya arruinado también la última calderilla de sentido práctico qeu le qeudase. Señor, Señor... Qué vergüenza, qué vergüenza... Jam´s hubiese sospechado qeu un López-tardáguila en un estado tal de perentoria necesidad diese tan poco y tan mal de sí...¿Pero es posible que éste sea todo su ingenio ante tamña adversidad como se le ha declarado?"", pensé espantado. Luego me detuve a observar, inquieto y desazonado, la hendidura vertical de sus mejillas, uno de los distintivos hereditarios de la fisonomía facial, que pasada cierta edad, luce la rama cántabra de nuestra familia. los López-tardáguila, es justo dar a conocer o recordar aquí, ya dese lso albores dde nuestras infancias siempre damos muestras de ser gentes dadas, con gran excitación y denuedo, a la risa más gallarda y triunfante que pueda encontrase. Pero ahora aquella prestigiosa huella genética nuestra, que siempre denotaba de forma magistral nuestro talante natural feliz y muy altivo, aqeulla misma huella, aqeulla marca laudatoria que siempre pareció distinguir como un respetabilísimo emblema de dominio y entereza a nuestra estirpe, aquella señal familiar se estaba exhibiendo en la actualdiad al mundo, como por fatal y miserable paradoja, aun más remarcada y profunda en las flacas y desasistidas mejillas de mi tío Eladio. Ahora nuestramarca familiar se había convertido en un andrajoso estigma de oprobio y perdición vergonzantes y del todo inasumible parael orgullo de nuestra sangre. No pude evitar tapar mi mejilla con mi mano con súbita angustia por si una camarera o algún viandante, por alguna casualidad (o quizá por ninguna, porque ¿quién conocía en realidad los motivos de aquella actitud como interrogativa y curiosas en sus miradas?) , parecían fijarse en la extraña cercanía de nuestras presencias. tentaciones tuve por momentos, ante la inoperancia escandalosa con qeu mi tío afrontaba su indigente situación, de slir allí mismo a llamarle al orden y soltarle un par de sopapos. Pero en seguida tomé conciencia de la ridiculez e inconveniencia de mi enfado. Luego reparé más en el aire intranscendente y como simiesco de su mirada, mientras empecé a recordar las tardes ya muy remotas de los veranos que pasamos juntos en nuestra antigua granja familiar. Me recordé, por ejemplo, como en ciertas ocasiones se limitaba a contemplar pasar las tardes subido en un árbol hasta que el sol dejaba caer su velo púrpura que acababa por envolver su veraniega haraganería. "Sí, una especie de vocación vacacional es lo que siempre en realidad inspiró el ánimo a este malandrín, y de aquellos polvos ahora vienen estos lodos. Aquellas actitudes, contemplaciones y ensimismamientos no podían albergar dentro de sí un buen presagio." Pagué mi cuenta y con un suspiro, mezcla de malestar e indignación, di la espalda de inmediato a aquella cochambrosa presencia y puse paso muy ligero a mi vuelta a casa.
La mañana del día siguiente mi tío no compareció, en su calidad de trombo callejero imperturbable, a su cita con sus labores de lastre y obturación del miocardio de la ciudad. "Son los gajes de no tener oficio", me dije a modo de excusa del impresentable. "A lo mejor hoy se ha sentido un poco inútil o depreimido por no conseguir el infarto circulatorio definitivo, por no conseguir colapsar el meollo palpitante del centro de la capital. O quiz´s es qeu estos ambientes laboriosos y responsbles de las mañanas le estresen demasiado."
Pero, sin embargo, tío Eladio, por la tarde ya había ocupado su puesto y yo también había conseguido el mío junto a una mesa del café con un ventanal mucho mejor situado para poder con toda comodidad y a placer contemplarle. El tipo seguíacomo siempre absorto en su minicioso estudio del mapa de excrecencias desplegado sobre las baldosas de su alrededor. "A lo mejor, más que intentar excudriñar el trasfondo de sus malhadados pasos esté tratando de entrever su futuro, interpretando los dibujos qeu la inmundicia ha trazado con obstinación en torno a él. Claro, que en su caso tampoco hace falta ser para adivinarlo un Nostradamus o un Merlín... Apenas necesita para completar el vislumbre total de su destino más eu un certero rapaplovo tras la oreja, andrajo huero e infame, vergüenza de... Más le hubiera valido haber empleado ese minucioso tesón de contemplabaldosas en sus oposiciones a Registrador de la Propiedad hace ya más de veinte años, en lugar de andr con sus devaneos de trotamundos renacentista. Porqeu lo qeu es ahora... Para andar registrando propiedades anda éste... no sería capaz ni de oler una montaña de dinero qeu tuviese pegada a sus narices." Arrimé mi cara al cristal de la ventana para intentar averiguar qué tal andaba surtido de monedas su plato y apenas vi algún reflejo dorado entre la calderilla de monedas de cobre. Pero unos minutos más tarde casi me dio un escalofrío de orgullo y temor a la vea, cuando observé su intrepidez y pericia con que se guardó una moneda de níquel que acababa de echarle a la escudilla una señora. empecé a sentirme un tanto nerviosos y exaltado por lo qeu acababa de haber visto. Incluso por algún instante empecé a fantasear con la idea de darle una especie d pescozón de alegría dejando en su plato un billete de cien euros. Pero enseguida me alarmé ante la posibilidad de que semejante detalle de llamativa generosidad pudiera poner en riesgo la comodidad de mi anonimato. Fui reducuendo la cifra de dinero que ofrecerle hasta qeu llegara a un límite que me pareciera de razonable discreción. Pero al final y en aras de preservar con garantías el secreto de mi identidad me pareción qeu hasta una moneda de dos euros podría suponer un derroche de imprudencia necesaria para mí. Al final me levanté de mi mesa mucho más animado que la noche anterior. E. incluso, al pasar a su lado, estuve a punto de darle un espontáneo golpecito, cuando al desgaire pasé junto a él y le eché una resonante moneda de cincuenta céntimos sobre su plato.
En el atardecer del día siguiente, que también pasé desde mi mesa del café a pocos metros del puesto de indigente de mi tío Eladio, pude ver como en un momento sustraía del bolsillo de su abrigo un extraño despojo mugriento del que colgaba un cordel rojo, y en el qeu creí reconocer la tripa fosilizada de un chorizo decantilpalo. Se puso aroerlo con feroz ahínco y frenesí, y más tarde se dedicó a mordisqeuar, chupar y sorber el cordel, como si estuviera dando cuenta de uan exquisita angula a la plancha o algún plato suculento similar. A punto estuve de levantarme y dirigirme a él para pedirle explicaciones sobre el destino real de mis cincuenta céntimos y de cualqeuier otro dinero que, por su sola cara de membrillo y sin dar un palo al agua, allí se hubiera arrendado. Unos momentos despu&