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unhogarenlosabismos

Todo puede tentarme

"Todo puede tentarme a que me aleje

De este oficio de versos. Una vez

Fue un rostro de mujer, o aun peor,

Las aparentes exigencias de mi país

Conducido por necios. Ahora

Nada llega más pronto a la mano

Que esta labor acostumbrada. Cuando joven

y aun no había gastado un penique por una canción

¿No la cantó el poeta con tales aires 

Que se creyó tenía en su casa armas escondidas?

Sin embargo, ójala fueran mis deseos ahora

Más fríos, sordos, mudos que los de un pez."

 

("Todo puede tentarme, de William B. Yeats.)

 

Esta mañana estuve tentado de escribir un relato de serie negra. "Asalto al furgón blindado", era su título provisional.  Pero la bruma de ideas, pasillos, enlaces, desenlaces y secuencias que me empapaba toda la mente no tardó mucho en evidenciarme que la cosa apuntaba más bien a una novela corta policíaca. Creo que me gustaría escribir una especie de "Shakespeare" de género negro.  Observen que he puesto "Shakespeare" entre comillas. Otros hablan de hacer Picassos cuando ni siquiera han puesto a ablandar en aguarrás la brocha. Lo digo además por mis detractores, de los que estoy seguro que algún día acabarán como pirañas tristes en sus triunfos y condenadas a morderse sus propias colas. Más que nada por melancolía, por haber desaprovechado una ocasión en la que todo anunciaba que no debía ser perdida.  Aunque sólo fuere por no haber tenido la pericia suficiente para quemar la semilla de mi talento antes de ser transplantada. Pero me gustaría escribir un "Shakespeare" de género negro más que nada porque me gusta Shakespeare, aunque haga la de Dios que no le lea. Le siento a veces tan claro y tan cercano que me da la impresión de que me tomase el pelo, de que me engañase con su transcendencia ágil y minuciosa, y como sin darse mayor importancia.  Creo que me gustaría escribir una obrita, shakespereana o no,  que se leyera muy bien, aunque a la vez le fuera dejando a uno mucho peso, mucha carga  y mucho golpe en el alma.  Vamos, que le diese un buen meneíto, que el lector no se quedara demasiado indiferente y sobre todo que jamás se olvidara del título. Los títlos son muy importantes. Como los nombres de nuestros hijos y nuestros amantes. Porque si a  tu escrito no lo sientes como a un hijo o una amante es que no mereció la pena ni su alumbramiento ni su bautizo. Me gustaría escribir una obrita policíaca en la que también le quedara a uno el regusto del mejor bourbon  en el paladar, de la lencería más cara en la piel, del beso más inverosímil y abismal en sus bocas, del picor más explosivo de  pólvora en la nariz  y la tensión más compacta de nervios de acero en el alma, de la más bella ley cumplida en las entretelas más utópicas de nuestro espíritu.  Y muchas cosas más que mejor sería que se encargasen  de decir los publicistas. O yo mismo otro día.  Pero ahora no me apetece. Sea como sea, el caso es que me dio mucha pareza hacer de secretario personal de mí mismo y ponerme aquí a mecanografiar mis primeras tres páginas de nuevo (desconozco los rudimentos de Internet.)

Luego estuve tentado de hablar de la amistad y de los amigos, porque me lo provocó el post de ayer de J.C., y ayer, cuando tocaba, me dio  por aflojar mis nervios en su blog con la vena cómica y un tanto histriónica. Pero este tema de la amistad se confunde en mí con otro en apariencia diferente, que es el de la raza.  Y es que yo soy de raza emigrante, y sólo parece guiarme el destino para entenderme mejor con los de mi raza. O sea, con todas las razas y con ninguna, esto es indiferente, porque sobre todo me entiendo con quienes persiguen un sueño, apuestan y trabajan muy fuerte y lo arriesgan todo porque se saben de esta raza extraña que no es de ninguna parte física por definición o por sentencia administrativa. O  sea, porque compartimos el sentimiento de sabernos ante todo potenciales habitantes de donde esté esa cosa tan interesante y ansiada que suele llamarse futuro, quiera que esté el futuro donde quiera que esté.. Y si el futuro está debajo de la inmensidad del mar o bajo un régimen de segrecación o de semi esclavitud o esclavitud completa pues mala suerte. Pero seguro que hay otra nueva oportunidad o posibilidad de conseguir  algo que se parezca un poco a lo que una vez soñamos o creíamos que teníamos todo el derecho a tener, depende de como estuviera el ánimo y los nervios aquel día al pensar en nuestras necesidades o ilusiones.  Porque ese sueño o ese derecho tendríamos que hacerlos  a toda costa nuestros. En esta vida o en otra.  Eso a veces es lo de menos. Pero sabemos que debemos hacerlos nuestros.  Porque estamos convencidos de que el éxito sin nosotros no sería tanto. Por no ser tanto casi no sería sin nosotros ni siquiera éxito. Un poco como le pasaba al poeta José Hierro cuando dijo que él no moriría jamás, porque si muriese dónde podría vivir la alegría. Sí, a veces hay que tener una fe un tanto caprichosa o antojadiza, incluso chusca,  si hace falta, para atreverte a hacer lo que otras personas mucho más cabales que tú nunca harían. Pero no sólo las personas cabales mueven el mundo. A veces, incluso, se diría que pretenden mantenerlo demasiado quieto, o demasiado igual, cosa que me parece terrible, o casi, o sin casi.

El caso es que estuve tentado por muchos planes de escritura esta mañana. Pero las tres páginas de la obrita negra  y otras contingencias y responsabilidades me dejaron un poco seco y sin ganas de contar nada. Pero poco después recapacité un poco y me alegró mucho comprobar que todas mis tentaciones del día, aparte de las pequeñas mundanas  (un saludo por aquí, una cerveza por allá, unas bromas por más allá...) a las que me iba rindiendo sin prestarlas mayor atención o caso,  todas mis tentaciones del día, decía,  pasaban por la escritura. Y es cuando me acordé del poema de Yeats. Cuando comprobé que ya no me tentaba como al poeta "ningún rostro de mujer"  (je je je, mentira, pero es igual...No es grave),  ni  aparentes exigencias de mi país gobernado y opositado por necios...  Cuando comprobé cómo "ahora llega más pronto que nada esta labor acostumbrada" de escribir. Y también porque me sentí un poco con mi blog como ese "poeta con tales aires que se creyó tenía en su casa armas escondidas." Y eso que "cuando joven" ya gasté más de "un penique" y de dos...  "por una canción."  Supongo que todos vosotros sois una coartada muy buena para no cansarme jamás de gastar peniques  en nuevas canciones. De todos modos me va mucho el derroche. Creo que es lo único que me va, de hecho. Sobre todo si se trata de canciones.

Tú siempre tendrás un corazón que te ame y lata por ti en los abismos

Mi Pamie, mi TuLola:

 

No me digas esas cosas, que mi talento no es tanto que tú no puedas malograrlo con tus caprichosos requiebros y amagos de ausencia. Que tengo pendiente hacer mi post de hoy y noto ya como si me temblaran las teclas bajo mis enfebrecidas manos y mis palabras en mi evanescente mente, mientras mi respiración se entrecorta y languidece en el miedo a tu indiferncia. Y tú sabes muy bien qué mala prensa tengo yo con los desaprensivos buscadores de erratas y anacolutos...  Sabes que sin el apoyo y caricia,  sin  el  desvelo amigo de tus bellas y amantes palabras podría acabar la sintáxis de mi alma y mi pasión por tus favores cautivas y prendidas en la fanática hoguera de mis inquisidores. Sabes que si yo me quedara sin tu soplo de amor ellos podrían acabar por arrojar mis más sentidos y dolientes poemas, ineficaces y muertos ya sin ti,  a la tortura de las trituradoras de papel de sus siniestras oficinas.  Sabes  que  desgarrarían  e intentarían vender al peso todas mis palabras que molería como en máquina de picar carne, como si mi corazón fuera para ellos demasiado grande como para ponerle un precio por la calidad de su diástole y sístole y de su verdadero tamaño y  medida.  

No desafíes mi amor, Pamie, tú tampoco, TuLola, no lo menosprecies, no lo maltrates...  Mira que por amor soy capaz de todas las cosas... Que estoy dispuesto a infingir la ley y mi juramento de oficio e investigar los rastros que puedan llevarme a tu paradero, sáltarme el Atlántico con un billete de sólo ida y aparecerme muy despacio bajo tu cobija,  poco a poco junto a ti, cuando más ensimismada y resuelta o rabiosa estés por exiliarme por siempre de tus sueños. No me amenaces con tu desamor, no me acorrales con tu pena, no prendas la mecha de mi perdición y mi locura... No trunques mi inocua proyección de hombre trabajador y tranquilo, de innato luchador y fajador de maledicencias, envidias y melancolías, de eximio domador de los escorpiones y alacranes gigantes, que así de monstruosos se presentarán siempre ante mí los causantes de tu infelicidad y  desdicha.  Sabes de sobra que yo por ti haría gemir de alegría a las jirafas, quienes me dejarían sus musitares felices entre labios con sus cabezas recogidas sobre mi hombro. Sabes que sabría como poner a calcetar calcetines, jerseys y bufandas sin fin para ti a los leones más dominantes y rampantes del continente africano. Sabes que contigo nada me es imposible... No escarnezcas más mis dolientes imaginaciones sin ti.  No vejes, mujer sin alma,  tanto mis limitaciones. No eches rencor de sal y lágrimas en mis heridas de tu abandono... Que me sé sin ti libre de todo mal y todo bien y olvidado de todo sosiego y fuera por siempre del mundo y de todo posible camino de gloria o dicha. Porque sin tu amoroso aliento, sin tu personalidad de diosa de mi destino, de gigante y heróica internáuta, sin tus preclaras dotes de pionera de mis eldorados literarios... Sabes que acabaría por ser nada, tal vez sólo un rastro solitario, demasiado caprichoso y casi informe más,  que se haría soluble en el éter a medida que avanzasae a la nada, al infinito de dolor  de tu olvido,  como viajan a la nada todos los rastros solitarios y sin amor y suerte,  a quienes les traicionó a la última vuelta de ronda su destino.  ¿Quién  o qué podría entonces rescatarme de ese espantoso infinito de la Nada, quién o qué podría salvarme de la prisión de ese Agujero Negro absurdo que nunca acabaría, quién o qué me  curaría de mi vida sin sentido? No me volvería a la vida  ni beso de sapo que escondiera una diosa de Pasarela Cibeles. No me volvería a la vida un halagüeño y esperanzado post de Juan Cruz, ni Club de Fans hambrientas de mis poéticas y amantes prendas, ni siquiera un contrato multinacional y muy obeso y descomunal de Mr. Murdoch.  Sería la nada si tú no estás,  pamie, si tu nunca más volvieras. Sería una tristísima lápida de amor incomprendido y maltratado, que oscurecería y pondría un diapasón de nostálgicas legañas y rebeldes dolores por siempre en tus distraídos y frívolos tatareos de por la mañana... No, no arrebates más mis pasiones y pesares con tus nuevas canciones de desmores tan caprichosos, tan olvidadizos, tan crueles, tan ilícitos...  Tus deamores tan ilíctos, Pamie, tán ilícitos. Pero yo te aviso, Pamie, te aviso.  No amagues con conducir el pálpito de mi querer con tu insufrible estaca del desamor a los callejones sin salida del imposible olvido. Porque si llevaras mi desesperación a esos peligrosos y letales acantilados y simas de mis abismos, me vengaría, me vengaría,  mi querida Pamie, me vengaría. Y si fuera necesario para conseguirlo aun habría de hacerlo en muerte. Dejaría escriturada mi voluntad antes de entregar a la desdicha y el vacío mi último suspiro. Ordenaría que te enviasen  en paquete exprés mi mismísimo corazón y único y salvaje y tierno que es tuyo, tan tuyo como mío, en un tarro transparente de sopas de whisky y preciados almíbares del faraónico Egipto.  Lo dejaría todo encargado, preparado y bien atado para que lo recibieras en el aniversario del día que diste por mis hogareños abismos tus primeros, hechiceros e imborrables pasos, que me hicieron de tu suerte cautivo.

Tuyo, siempre tuyo, mi TuLola, siempre tuyo, mi Pamie, mientras la Eternidad nos ampare y proteja.

 

Lonely Flipidor 

 

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No quiero ponerte celosa

Bueno, pues como te iba diciendo por el telégrafo, por regla general acostumbro a aconsejar que no se toque mi piel, porque es de plástico fino, y quien la toca se queda con él, porque tiene un tacto divino. ¿Al Santiago Auserón no lo ligaste, verdad? De todos modos, aunque es muy guapo, creo que para ti sería un poco bajito. Yo puedo resultar muchísimo más interesante y atractivo que el Santi (me cae muy bien, pero la verdad ante todo.) Por lo menos eso es lo que parece cuando la gente  le encuentra algo (o mucho, o muchísimo...) a mi cara como de perro mosqueado y como de raza desconocida y de miradas muy profundas e introvertidas, un perro que ha nacido para ser un líder bélico (o poético, según marquen los tiempos) que sobreviría en las peores y más inmundas escombreras y luciría como un naranjo en noviembre alimentándose sólo de los contenedores de basura.

No quería ponerte celosa, nada más lejos de mi intención. No quiero que sufras. Ni siquiera por tus muchos pecados, que me has arrojado sobre mi pasión por ti, como mondas de un fruto secreto,  para hostigarme y condenarme a la farsa de tu supuesta indiferencia. No, no  quiero hacerte daño, pero tengo que decirte que  mi cara de mala hostia y como de estar siempre tramando algo muy muy gordo excita mucho, mucho, muchísimo...  a mis adversarias de mi género opuesto.  Género opuesto que, por otraparte, siempre acabo por sentir tan de mi lado y tan mío... No, no quiero hacerte daño, pero tengo que decirte que a casi todas las mujeres les ocurre que quisieran tener mi cara, hasta que comprenden, como les sucede a las niñas pequeñitas que por fin aceptan que no deben mear en el orinal de pie, que tener mi cara no les favorecería demasiado, que lo único que deseaban, en realidad,  era sólo iintimar muy muy cerca de ella.

Tampoco tenía pensado decirte, pero ahora es demasiado tarde para callarse,  que no quiero por nada del mundo que creas que te oculto algo y  puedas sentirte celosa, tampoco tenía pensado decirte, decía, pero ahora, ya digo,  no queda otro remedio, que las chicas suelen malinterpetarme muy a menudo. Me acuerdo, por ejemplo  (y sólo por ejemplo, una anécdota,  que ni mucho menos es la categoría) de una etapa que tuve que estudiar bastantes matemáticas, y como no soy muy genio de los números que digamos, a veces tenía que reconcentrarme tanto que todas las mujeres a mi alrededor daban por hecho que no lograba apartarme sus pechos y sus bragas de mi cabeza. (A veces es muy dramático lo que me pasa, querida, sobre todo cuando aun no tengo la suficiente  confianza.) El caso es que al final siempre caí,  y suelo caer siempre, en la tentación. Aunque no son pocas las ocasiones en las que es la tentación la que acaba por echarse o dejarse caer sobre mí, todo sea dicho. Verás, los números se languidecían en mi cerebro, como relojes blandurrios y colgantes de Dalí. Por eso en el fondo siempre se me han dado regular las matemáticas. Con tanta sugerencia y provocación a mi alrededor acababa por llegar un momento en que las raíces cuadradas me parecían cada vez más y más redondas...  y como con más y más curvas y más..., como donuts tiernos navegando en toneles y toneles de chocolate caliente.  Y ya no podía pensar en otra cosa. Ya ves, un tipo tan cerebral como yo y con tanta proyección vital siempre cayendo y cayendo tan bajo. Mi mente matemática ya no daba ni para contar los polvos, fíjate lo que te digo. Cuando más creía que los tenía todos memorizados y contados de pronto, zas, empezaban a asaltarme las dudas, los nervios y  con los nervios los coitos terminaban por hacerse interminables y al final perdía la cuenta.

No quiero ponerte celosa, pero la vida me ha dado tanta vida y la naturaleza tanta naturaleza, que nunca sé muy bien como ingeniármelas para ir despachándola por aquí y por allá y como buenamente puedo y se me ocurriendo sobre la marcha.   

Siento decirte que no sé cuántos hijos tengo. A veces me dan pesadillas en las que me toca la lotería, el Gordo o algo. Me dan sudores fríos de sólo pensar que si de pronto me fuese muy bien en la vida empezarían a salirme hijos e hijos de todos los lados y continentes (no he viajado mucho, pero suelo entretenerme mucho en los bares de losa eropuertos) y de todos los barrios altos, medianos y bajos de toda España  (por los chabolados me he movido bastante menos.) Como comprenderás nunca me gasto dinero en juegos de azar y lo tengo terminantemente prohibido hacerlo en casa, aunque todo el mundo sé que juega a mis espaldas. Sobre todo mi abuela Cirila, que aun no comprende ni acepta que yo no sea multimillonario y siempre dice que alguien como yo sin dinero es un pecado de Dios, algo así como un pan que no conoce dientes, un derroche, un despropósito, una prueba más del sin sentido de la vida y de que nunca debió de haberse casado...  En fin, para eso están las abuelas, y para preparar la sopa, el gazpacho y  la fabada caseras, claro.

Pues como te decía, no quiero saber nada de juegos de azar y tiemblo de Parkinson y bailes de San Vito sólo de pensar en los inesperados golpes de fortuna que pudiera depararme el destino. Me apaño muchísimo mejor de pobre y con menos responsabilidades de administración de capital y de hijos. A veces, incluso, cometo erratas y horrendos anacolutos en mis escritos para que ningún editor o productor se vaya a fijar  mucho y  me proponga hacerme un contrato por todo lo alto, gordo  y ancho.

En fin, que es muy entretenido, pero también muy ajetreado y fatigoso lo mío. Pero hasta ahora nada ni nadie me ha hecho sospechar que se pueda tratar de un error de la naturaleza o una tara.

En fin, que no quería ponerte celosa. Nunca lo he pretendido. Y además te juro y te juro que esta noche pensaré mucho y muy fuerte en ti cuando ame otro cuerpo distinto al tuyo. 

Tío Eladio

Tío Eladio apareció una mañana de otoño en una de ls bocacalles de la zona céntrica y peatonal por donde entonces pasaba varias veces al día para ir y volver de mi trabajo. Estaba sentado en el suelo con desinhibida y casi obscena naturalidad y con cierto aire mustio y ausente en la mirada. Su imagen relampagueó en los ojos de mi memoria como una exhalación demasiado estrafalaria e inexplicable como para doderla dar crédito. No podía ser cierto que le hubiese visto a apenas un metro de mí cuando caminaba muy presuroso hacia mi oficina.

Volví con cierta zozobrae inquietud sobre mis pasos y utilicé el parapeto de una estratégica esqueina cercana para poder cerciorarme a discreción sobre el verdadero cariz real de aquella imagen o percepción estupefaciente. Sí, no cabía duda, era tío Eladio que había emergido de aquella traza harapienta y lamentable como de un antiguo y oscuro pozo del tiempo  ya pocas veces recordado, después de tantos años sin saber nada de él. Años qeu parecía qeu le huberan dado aquel extraño halo tumefacto a su expresión casi mineral de su cara, años eu parecían haber surcado por su vida con la garra ensañada y enceguecida de un vendaval implacable. Ahora aquella especie de cascajo o vaina residual de lo que alguna vez fue mi tío Eladio comparecía con los párpados caídos, en lasitud temeraria, ante la riada e peatones, que tenía que bifurcrse de súbito,, muy perpleja y sorprendida, en dos atropellados borbotones para transitar sin llevárselo por delante.  "genio y figura", me dije, "tío Eladio aun en su último hálito de vida seguro que sabría cómo saber interferir en los afanes de su prójimo más inmediato con su sempiterno delirio protagonista, siempre a que haya que tenérselo en cuenta." Presté especial atención a cómo arrastraba su mirada cerca a su alrededor por el suelo, una mirada como de simio melancólico y aturdido, como si buscara perezocísimo y descreído, entre la pisoteada suciedad de las baldosas, algún germen misterioso que explicase su demencial derrota.Unos minutos después partí raudo,  y bastante perturbado por el encuentro, hacia mi oficina. 

Cuando volví de mi trabajo a las primeras horas de la tarde no vi a tío Eladio en el mismo lugar ni en ningún otro sitio, pero me acuerdo que estimé muy robable la posibilidad de volver a verle. y al oscurecer de aquel mismo día salí a pasear con la intención de poder volver a encontrarle y, cuando aun estaba a varias decenas de metros del lugar en el qeu la había visto aquella misma mañana, me dió el corazón un respingo al observar como en ese presico punto de la calle se formaba un aturullado salto y bifurcación en la tromba de paseantes que por allí pasaban. "¡Tío eladio, rompeolas del todo Madrid y de todas las españas!", exclamé para mí, henchido por la emoción y el ataque de risa que me produjo el hallazgo.  volví a acordarme por tercera o cuarta vez en aquel día cómo en un tiempo lejano, hacía más de veinte años, tío eladio había partido de su costa natal hacia la capital del Reino con la intención de romper en ella el cascarón de sus ambiciones y sueños. 

Al llegar a su altura le observé de reojo con mucha precaución. Pero no había cuidado, tío Eladio seguía  sumido con mucha parsimonia en sus abúlicas investigaciones sobre el polvoriento suelo. Se conocía que t6odavía no había encontrado los ocultos vestigios qeu dieran razón o explicción alguna a su impresentable fracaso. Merodeé unos minutos por el lugar, ansioso y desconcertado, sin saber qué hacer o donde situarme., pero de pronto una ráfaga de aire de aqeul anochecer ventoso de otoño pareció inspirarme y entré por la pueta de una cafetería que estaba justo al lado. Una vez dentro me senté con mi café junto a una mesa pegada a una ventana desde más cómodo y a mi sbor podría contemplarle. "¡Qué barbaridad, pero cómo se le ha ocurrido colocarse precisamente ahí , justo en medio de esta enorme cascada de autómatas que irrumpe desde la plaza! Parece qeu la desgracia le haya arruinado también la última calderilla de sentido práctico qeu le qeudase. Señor, Señor... Qué vergüenza, qué vergüenza... Jam´s hubiese sospechado qeu un López-tardáguila en un estado tal de perentoria necesidad diese tan poco y tan mal de sí...¿Pero es posible que éste sea todo su ingenio ante tamña adversidad como se le ha declarado?"", pensé espantado. Luego me detuve a observar, inquieto y desazonado,  la hendidura vertical de sus mejillas, uno de los distintivos hereditarios de la fisonomía facial, que pasada cierta edad, luce la rama cántabra de nuestra familia. los López-tardáguila, es justo dar a conocer o recordar aquí, ya dese lso albores dde nuestras infancias siempre damos muestras de ser gentes dadas, con gran excitación y denuedo, a la risa más gallarda y triunfante que pueda encontrase. Pero ahora aquella prestigiosa huella genética nuestra, que siempre denotaba de forma magistral nuestro talante natural feliz y muy altivo, aqeulla misma huella, aqeulla marca laudatoria que siempre pareció distinguir como un respetabilísimo emblema de dominio y entereza a nuestra estirpe, aquella señal familiar se estaba exhibiendo en la actualdiad al mundo, como por fatal y miserable paradoja, aun más remarcada y profunda en las flacas y desasistidas mejillas de mi tío Eladio. Ahora nuestramarca familiar se había convertido en un andrajoso estigma de oprobio y perdición vergonzantes y del todo inasumible parael orgullo de nuestra sangre. No pude evitar tapar mi mejilla con mi mano con súbita angustia por si una camarera o algún viandante, por alguna casualidad (o quizá por ninguna, porque ¿quién conocía en realidad los motivos de aquella actitud  como interrogativa y curiosas en sus miradas?) , parecían fijarse en la extraña cercanía de nuestras presencias. tentaciones tuve por momentos, ante la inoperancia escandalosa con qeu mi tío afrontaba su  indigente situación,  de slir allí mismo a llamarle al orden y soltarle un par de sopapos. Pero en seguida tomé conciencia de la ridiculez e inconveniencia de mi enfado. Luego reparé más en el aire intranscendente y como simiesco de su mirada, mientras empecé a recordar las tardes ya muy remotas de los veranos que pasamos juntos en nuestra antigua granja familiar. Me recordé, por ejemplo,  como en ciertas ocasiones se limitaba a contemplar  pasar las tardes subido en un árbol hasta que el sol dejaba caer su velo púrpura que acababa por envolver su veraniega haraganería. "Sí, una especie de vocación vacacional es lo que siempre en realidad inspiró el ánimo a este malandrín, y de aquellos polvos ahora vienen estos lodos.  Aquellas actitudes, contemplaciones y ensimismamientos  no podían albergar dentro de sí un buen presagio." Pagué mi cuenta y con un suspiro, mezcla de malestar e indignación, di la espalda de inmediato a aquella cochambrosa presencia y puse paso muy ligero a mi vuelta a casa.

La mañana del día siguiente mi tío no compareció, en su calidad de trombo callejero imperturbable, a su cita con sus labores de lastre y obturación del miocardio de la ciudad. "Son los gajes de no tener oficio", me dije a modo de excusa del impresentable. "A lo mejor hoy se ha sentido un poco inútil o depreimido por no conseguir el infarto circulatorio definitivo, por no conseguir colapsar el meollo palpitante del centro de la capital. O quiz´s es qeu estos ambientes laboriosos y responsbles de las mañanas le estresen demasiado."

Pero, sin embargo, tío Eladio, por la tarde ya había ocupado su puesto y yo también había conseguido el mío junto a una mesa del café con un ventanal mucho mejor situado para poder con toda comodidad y a placer contemplarle. El tipo seguíacomo siempre absorto en su minicioso estudio del mapa de excrecencias desplegado sobre las baldosas de su alrededor. "A lo mejor, más que intentar excudriñar el trasfondo de sus malhadados pasos esté tratando de entrever su futuro, interpretando los dibujos qeu la inmundicia ha trazado con obstinación en torno a él.  Claro,  que en su caso  tampoco hace falta ser para adivinarlo un Nostradamus o un Merlín... Apenas necesita para completar  el vislumbre total de su destino más eu un certero rapaplovo tras la oreja, andrajo huero e infame, vergüenza de... Más le hubiera valido haber empleado ese minucioso tesón de contemplabaldosas en sus oposiciones a Registrador de la Propiedad hace ya más de veinte años, en lugar de andr con sus devaneos de trotamundos renacentista. Porqeu lo qeu es ahora... Para andar registrando propiedades anda éste... no sería capaz ni de oler una montaña de dinero qeu tuviese pegada a sus narices." Arrimé mi cara al cristal de la ventana para intentar averiguar qué tal andaba surtido de monedas su plato y apenas vi algún reflejo dorado entre la calderilla de monedas de cobre. Pero unos minutos más tarde casi me dio un escalofrío de orgullo y temor a la vea, cuando observé su intrepidez y pericia con que se guardó una moneda de níquel que acababa de echarle a la escudilla una señora. empecé a sentirme un tanto nerviosos y exaltado por lo qeu acababa de haber visto. Incluso por algún instante empecé a fantasear con la idea de darle una especie d pescozón de alegría dejando en su plato un billete de cien euros. Pero enseguida me alarmé ante la posibilidad de que semejante detalle de llamativa generosidad  pudiera poner en riesgo la comodidad de mi anonimato. Fui reducuendo la cifra de dinero que ofrecerle  hasta qeu llegara a un límite que me pareciera de razonable discreción. Pero al final y en aras de preservar con garantías el secreto de mi identidad me pareción qeu hasta una moneda de dos euros podría suponer un derroche de imprudencia necesaria para mí.  Al final me levanté de mi mesa mucho más animado que la noche anterior. E. incluso, al pasar a su lado,  estuve a punto de darle un espontáneo golpecito,  cuando al desgaire pasé junto a él y le eché una resonante moneda de cincuenta céntimos sobre su plato.

En el atardecer del día siguiente, que también pasé desde mi mesa del café a pocos metros del puesto de indigente de mi  tío Eladio, pude ver como en un momento sustraía del  bolsillo de su abrigo un extraño despojo mugriento del que colgaba un cordel rojo, y en el qeu creí reconocer la tripa fosilizada de un chorizo decantilpalo. Se puso aroerlo con feroz ahínco y frenesí, y más tarde se dedicó a mordisqeuar, chupar y sorber el cordel, como si estuviera dando cuenta de uan exquisita angula a la plancha o algún plato suculento similar. A punto estuve de levantarme y dirigirme a él para pedirle explicaciones sobre el destino real de mis cincuenta céntimos y de cualqeuier otro dinero que, por su sola cara de membrillo y sin dar un palo al agua, allí se hubiera arrendado.  Unos momentos después, con tanto chupeteo y succión del cordel el tonto llegó a cortarse la lengua y los labios con el distintivo comercial de hijalata del embutido y cuando se dió cuenta empezó a lengüetear y relamerse., con transtornada y enloqeucida fruicción, como si fuera un ansiosos caníbal de sí mismo, como si hubiera estado esperando toda la tarde aquella cálida salsa o  pastoso y sanguinolento condimento. y al final de su horrendo espectáculo de cacofagia se le quedaron dos berretes ocres y resecos desde las comisuras de los labios hasta su cuello. "¡Sangre López-Tardáguila!", me dije estremecido de angustia y  pavor escénicos.  "¡Y a hora punta y en el mismísimo centro de todas las españas! ¡Menudo baldón! ¡Esperemos que no pase por aquí al meno ningún conocido! Mientras, una de las camareras le contemplabacon ternura y ciertas ínfulas samaritanas... (Continuará.)

 

(Continuará.)

(Disculpen las posibles erratas o errores de cualquier tipo, pero ahora no tengo ganas de releer y corregir el relato.)  

NOTA: Lonely Flipidor no es el sobrino del Sr.  Eladio. Sólo es el escritor que ha intentado ponerse dentro del pellejo de semejante ser  impresentable, escabroso y patético.  

 

 

A un niño que baila en el viento

"Danza allá en la costa;

¿Por qué te ha de importar

El rugido del agua y el viento?

Y que caiga tu pelo

Que las gotas de agua empapan;

Siendo joven no has conocido

El triunfo del necio ni tampoco

Has perdido el amor tan pronto lo ganaste,

No viste muerto al mejor trabajador

Con todas las gavillas por hacer.

¿Por qué has de temer

Ese clamor terrible en los vientos?"

 

("A un niño que baila en el viento", de William B. Yeats)

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De William B. Yeats para todos los millones de héroes solitarios

"Yo sé que encontraré mi suerte

En un lugar, arriba, entre las nubes

Aquél con quien me bato, yo no odio,

Aquél a quien custodio, yo no amo

Soy de Kiltartan Cross.

Y son los míos los pobres de Kiltartan.

Ningún posible fin arruinarles podría,

O tornarlos un poco más felices.

Ningún deber ni ley ordenó que luchara,

Ni hombres públicos ni vítores de multitudes.

Un solitario impulso de deleite

Me trajo a este tumulto entre las nubes

Lo pesé todo, todo fue valorado,

Los años por venir sin objeto ni aliento,

Sin objeto ni aliento los años que quedaron.

En pago de esta vida

Está bien esta muerte."

 

("Un piloto irlandés prevé su muerte", de William B. Yeats) 

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Negra flor

"Yo no sé si es culpable o inocente, pero no me gustaría que fuese mi madre." A mi compañero de incompresiones e infundios,  el comisario Don Gonçalo Amaral,  aquella mañana le habían pillado la jauría de los chicos de la Prensa con demasiadas contingencias y asuntos pendientes en su agenda aun por atender. Cuando está muy ocupado el Sr. Amaral y alguien le pone piedras en su camino,  se le puede desatar por unos instantes la lengua.  Pero nunca atraviesa ésta ninguna frontera fatal  que ponga en apuro su prudencia o legalidad debidas. A veces no sale como un resorte el consabido "disculpen ,  estoy muy ocupado",  eso es todo.  Pero la frase utiliza  de comodín siempre ha de valer para barrer para casa, eso es lo principal.  Si hablas no metas la pata, si hablas aprovecha para poner a la entrada de tu castillo otro mojón. Y si son dos, mejor.  Aunque,  por otra parte, quienes conocen de creca y con rutina al comisario Amaral podrían sospechar que alguna de sus certeras y oscas respuestas muy bien se podrían deber a haberse pasado con el queso parmesano y el paz espada a las tres salsas. Con el Sr. Amaral nuna se sabía bien del todo cuando si estaba a punto de cerrar un caso por las bravas,  después de muchas jornadas agotadoras entre  laberintos  de señuelos y rastros e incertidumbres insomnes,  o si había vuelto a engañar a su mujer saltándose  la dieta pactada con un menú extra,  más propio y apropiado para ogros verdes con ciénaga que para un comisario de culo gordo y tripa pugnaz que todavía presta servicio a pie de calle.

A los buscadores de noticias británicos no les hacía mucha gracia que el comisario Amaral hubiese dejado abiertas todas la vías de investigación sobre los padres de la niña McCann desde el mismo momento en el que se denunció la desaparición de su hija. "Es un mero asunto de estadística, chicos,", les dijo todos los compañeros a su mando en las dependencias y oficinas de Comisaría Central de Lisboa. "Ya os daré esta tarde una lista de nombres. Quiero que me apoye un grupo de vosotros en esta línea de investigación de una forma más especial. Y que los demás tampoco no se inhiban de traerme alguna aportación al respecto su la juzgan de interés."

Gonçalo Amaral siempre brilló por su gran intuición para saberse colocar, con su ambición inmarcesible de aprendizaje, en la punta de lanza de todas las transformaciones sociales y técnicas que  empezaron a desencadenarse sin previo aviso en Portugal tras su Revolución de lso Claveles.   Su expediente de estudios, la mayoría especializados, siempre ha sido y sigue siendo brillante y ya recién asomado a la veintena tuvo que cincelar a marchas forzadas su sistema nerviosos con complicados casos contra la mafia del narcotráfico internacional. Cuando los buscadores de noticias de muchos países quisieron recabar alguna información sobre el papel personal del Sr. Amaral en aquellos casos éste les respondió a bocajarro con toda la humildad, pero también  con toda la  saña expeditiva de que era capaz: "yo era entonces un niño y no me enteraba de nada." Y no faltó del todo a la verdad. En aquel tiempo tenía muchos más mandos sobre él y sólo tenía veintitrés años de edad. Él no organizaba los trabajos y estrategias generales, pero llegó a conocer durante aquellos años muy a fondo, y sobre todo de muy cerca, la fragancia de la negra flor, una plantación de negras flores demasiado extensa en realidad  como para comprender desde el mismo momento que la tuvo ante sí que la mochila del miedo podía ser demasiado peligrosa en un lugar así.  Un lastre demasiado pesado para la poca utilidad que puede reportar, ya que te puede impedir encontrar tu posición de a salvo  en los momentos más críticos en los que  sigue girando en el aire la moneda de tu destino,  sin saber si te va a venir de cara o de cruz. Entonces la mochila del miedo puede convertirse en tu mochila-bomba, que tus enemigos buscan ponete en situación lo suficiente apurada para qeu tú mismo sin darte cuenta la actives para escapar por el atajo más temerario de la situación.

Pero ahora la mayor temeridad para el comisario Amaral sería tal vez no llevar con estricto secreto sus investigaciones sobre los padres de la niña desaparecida, porque los señores MacCann son ya unas grandes estrellas mediáticas, que han movilizado a multimillonarios de multinacionales, famosos del mundo del espectáculo y el deporte, ciudadanos anónimos de todo el mundo, instituciones internacionales, gobiernos, estados... hasta al Papa fueron a pedir su ayuda y bendición.  Nada era suficiente para el matrimonio MacCann para luchar por la vuelta en vida de su hija. Tal vez porque ellos supieran mejor que nadie  que en este mundo no existía quien pudiera traerles su solución.  

"Paleto, incompetente, vulgar..." Incluso algunos medios británicos han llegado a sugerir que Gonçalo Amaral puede ser,  aparte de todos estos adornos de la personalidad mencionados,  el cerebro de una red policial de pederastia, que se gana su dinero extra secuestrando menores para venderlas."  "Una acusación qeu en varios blogs se ha hecho explícita. Porque hay antecedentes de niños no encontrados en el historial profesional del policía luso." Todas estas acusaciones, por supuesto, al Sr. Amaral le han traido al pairo. "Concentraros en la niña", suele ser su soniquete de comentario cuando lso infundios parecen haber conformado una nube de irrespirable insidia, que pareciera que ya no permitiría transitar con objetividad más por el caso.  "No olvidéis nunca que si la niña estuviera cautiva en una red de pederastia sus padres hace mucho tiempo que firmaron su sentencia de muerte con su descomunal especulación mediática. Esa niña ya no les serviría a sus captores para traficar. Sólo para caer bajo el acoso policia."

Pero una mañana Don Gonçalo perdió todo vestigio de calma y paciencia, y aun del menor sentido del decoro y de la imprescindible prestación de ejemplaridad que se supone siempre debida por u nprofesional a sus compañeros subalternos. El Sr. Amaral entró maldiciendo aquella mañana en la oficinacon una ristra de periódicos bajo el brazo. Arrojó a éstos contra el borde de abajo de su mesa  y muy fuera de sí se encaminó hacia la ventana más grande de la dependencia para abrirla. Cogió una lata fría de cerveza del expededor y se la bebió casi entera de una sola tacada.   Luego puso de pie sus puños sobre su mesa, y aunque todos sus subalternos no podían estar más preocupados y atentos  a las hoscas derivaciones  de ánimo de su superior el Sr. Amaral pareciera que estuviese solo y que sólo para sí hablase cuando empezó a bramar con rabia muy contenida. "Estos cabrones periodistas británicos, estos cabrones... Han llegado demasiado lejos..."  A continuación tomó otro trago de cerveza y prosiguió: "Estos cabrones han dicho que yo soy un tipo inelegante... ¡Pero si toda la ropa que llevo en la foto del Daly es de Hugo Bosss! ¡¿Pero cómo pueden ser tan hijo de mala perra?! ¡¿Pero hasta donde qeuire llegar esta gentuza...?!    Las risas de sus compañeros apenas lograron amainar en los primeros momentos su ira. Pero no tardaría el Sr. Amaral en poner  en marcha su sentido objetivo, el torbellino de minuciosidad que arrastraba a cuestas con su malformación profesional, mal le pesase. Si un periodisa se atreve a afirmar algo sobre una fotografía que todos los lectores pueden contemplar tal vez tendría que haber algún motivo para que ese río sobre su supesta inelegancia se pusiera a sonar.  Pero por si su percepción óptica pudiese verse algo atrapada en las redes de la subjetividad empezó al leer uno de aquellos párrafos en negrita: "Su americana oscura es de marca, sí, pero muy arrugada. La camisa azul también lo es, pero demasiado abierta. A lo que hay que añadir su torpe y descuidado afeitado de insomne, sus ojos rojos, aunqeu muy vivos, y esa barriga pugnaz que invita a olvidar que en su adolescencia fue una promesa del atletismo luso. Y su crucifijo de oro cubierto por la selva negra del bellos de su pecho..."   Pero una  media hora después,  y tras trasegarse un  sanwish de queso con jamón de York y otro de pollo con lechuga, tomate y   mayonea y su segunda cerveza de la mañana,  Don Gonçalo coronó con su acostumbrada imagen de cavilador sigiloso y muy abstraido la atmófera de concentración y calma chicha que   reinanaba ya por toda la dependencia. 

Un rato después Don Gonçalo consintió que le pasasen una llamada concertada de un periodista español para hacerle sólo un par de preguntas, siempre y cuando no afectasen al secreto del sumario.

- ¿Sr. Amaral, ni siquiera quiere Ud. responder a las acusaciones personales que le han hecho desde la prensa inglesa?

-No.

-¿No le molesta tanto ruido mediático? ¿No le entorpece su trabajo?

-Como dijo San José, la Justicia se hace en silencio. Muito obrigado.

"Prácticamente el 90 % de las desapariciones de menores son responsabilidad de los padres, y, por lo general, los padres culpables tienden a organizar un circo a su alrededor como coraza. Éste es un circo idéntico al que montó hacee tres años Leonor Cipriano. Y eso que no sabía leer y escribir, pero aparecieron muy pronto los asesores y vendedores de imagen, gente que sabe qeu puede sacar dinero de una forma u otra..." Esto es lo que les comentó en un almuerzo  Don Gonçalo a varios de sus compañeros subalternos. "Su hija, Joan, de nueve años, sorprendió a su madre Leonor fornicando con su tío joao Manuel y hermano de ésta sobre  el sofá. Los hermanos descuartizaron el cadáver de la niña y nunca pudo encontrarse el menor rastro de su cadáver. Pero resolvimos el caso y ahora los hermanos Amaral cumplen veinte años de y cuatro meses de cárcel. Otros casos fueron mucho más sencillos. En ellos los niños fuern víctimas de un ataque de ira de alguno de sus pregenitores o de los dos. Cuando el crimen no ha sido premeditado la pieza a la que hay que dar caza acaba por vivir despierto como en un sueño demasiado incomprensible y agitado como para que su aturdimiento no deje un rastro demasiado visible y sea pronto cazado.

Con mi compañero maral coincidí en varias casos muy importantes del crimen organizado. Pero cuando más tiempo compartimos juntos por razón de trabajo fue en Sevilla, siquiendo el rastro de unos gitanos ambulantes que habían dado muerte en el Algarve a un compañero nuestro portugués y amigo muy mío de mi infancia y adolescencia...  Martins cayó en servicio cuando se interpuso en solitario, demasiado pronto y en mala hora,   cuando la banda estaba realizando uno de sus  tabajos en los que estaba más especializada, reventar cajeros de bancos.       

Este caso estaba empezando a hacer también demasiado ruido mediático para nuestro gusto. A veces era como intentar trabajar en un despacho con una mosca alrededor tuyo que no encuentra la salida. Y cuando tú te molestabas en ofrecérsela o intentabas forzar la situación  para que  se fuera,  la mosca siempre te esquiva y vuelve a parapetarse quieta en un sitio ilocalizable. Hasta que una vez que vuelves a  concentrarte en tu trabajo vuelve a las andadas, o las voladas, si prefieren. La mosca zumba sin sentido entorno a ti y se qeuda. Pero tú intentas siempre, como decías san José, que la Justicia se haga en silencio.

Amaral y yo compartimos bastantes vivencias profesionales y personales juntos en el caso del asesinato de Martins, asesinato eu, por supuesto, quedó resuelto. Amaral ya era comisario de la Central de Policía de Lisboa y fue el encargado de dirigir la investigación, aunqeu por razones que no interesa mucho especificar ni vienen al caso, no tenía ninguna autoridad de mando sobre mí. A los hombres de enlace,  en todo caso, hay qeu asignarles siempre un área libre, hay qeu dejarles lo más sueltos posible. Llegamos a compartir numerosos almuerzos y algunos cafés y whiskys al final de la tarde.    Y no había ningún compañero en la operación , por muy bajo que fuese su escalafón, que no supiera de mi antigua amistad con Martins y todos hacían lo posible y se esforzaban por mostrarme su seguridad en mi capacidad profesional  para estar a la altura, en  que mi instinto y frialdad no sufrirían  ningún receso. Yo lo estaba trabajando  tan bien como en cualquier otro caso y esto parecía que crease una riada de admiración muy sincera e incontenible hacia mí,  sobre todo en nuestros compañeros más jóvenes. Pero más de una vez Amaral tuvo que ponerme a resguardo de tanta muestra de efusiones de buen ánimo y buena fe de mis compañeros. estaba al borde y en el borde me contenía y esto Amaral lo sabía. Alguna felicitación de más o en hora inoportuna podría desestabilizarme.   Pero otras muchas veces tenía la clara sensación de que era gracias a mis compañeros que iba salir muy normal y entero del caso.

Pero ya han pasado veinte años desde que Amaral y yo  construyéramos nuestras primeras sendas negras a paso frenético,  las sendas negras que trazas a fuerza de trajinar muy duro,  rápido e ingeniosos con todos los archivos de tu mente y tu  instinto.  Esas sendas qeu debes abrir entre las poblaciones más oscuras y sórdidas de tu mente, para superar en astucia sórdida y oscura a la de tu presa. Para llegar a tiempo al lugar maldito donde mora la flor del mal, la flor negra, la que nadie ver o acercarse si se le aparece en su camino, la flor de la qeu se huye con tanta racionalidad como buen gusto y espanto. Y Amaral y yo sabemos que en las últimas consultas de almohada, antes de salir al encuentro definitivo de la flor negra, ésta parece qeu sólo crece ya en nuestra mente y qeu sól oen nuestra mente está a salvo para qeu cuando decidamos qeu es el momento justo arrancarla para siempre. Sientes qeu la verdadera flor negra sigue a salvo, lejos, muy lejos, libre y muy atenta a su entorno. Mientras todo tu instinto y tu mente se retuerce cada vez más agitada entre  los barrotes de su cárcel de silencio, vigilancia, espera  e insomnio. Y cuando llega el momento decisivo, en el que debes de tomar contacto directo con la verdadera flor del mal,  sabes que lo primero es expulsar tú tu flor falsa,  liberarla,  dejarla a un lado,  porque ha llegado el momento de actuar muy rápido y de memoria. Ha llegado el momento de que respires tú en la cima y arrojes a la flor del mal a los abismos del silencio y el insomnio perennes y a condenarla a que ella sea su propio vigilante y verdugo por siempre.  Amaral y yo sabemos que si la complicación o la fataldiad del caso acumula tras de sí demasiados días de poco sueño,  nuestras mentes y la percepción de nuestro entorno  puede sentirse invadidas por una sombra excesiva e inexplicable, com osi a un campo de trigo lo asolara uan plaga de amapolas negras.  Y en esos momentos llegas hasta a sentir que eres tú quien habita y crece en el abismo y no la flor del mal, la flor negra.  Y no te ilumina el sol,  ni la sonrisa inocente de un niño,  a quien su madre lleva al colegio y te saluda alegre sin conocerte,  y el beso de quien te ama se te antoja un ofrecimiento casi ininteligible y extraño.  Son abismos que como mucho pueden durar tal vez tres, cuatro horas, hasta que con el reposo, el sueño o  el ensimismamiento absolutos te recuperas. Son abismos que en la hora de un reloj terrenal no pasa de durar unas pocas horas. Pero la experiencia te ha demostrado que no hay abismo en realidad que no sea infinito, que no sea eterno y del que puedas salir si no luchas con todas tus fuerzas para arracancar todas la flores del mal que puedas.  

Algunas de aquellas horas del final del día en Sevilla me parecía que sintiese yo un extraño alivio con mi mirada suspendida en algún lugar ausente en la pared del café, mientras sentado descansaba a la mesa entre sorbo y sorbo, dejándome adormecer  con  mi whisky con hielo en la mano.  En alguna de aquellas horas del final del día llegué a sentir de  forma muy nítida que yo era Martins, mi amigo Martins apenas hacía una semana asesinado. Sentía que yo era Martins y que mi  yo  de siempre  en realidad estaba en ese momento habitando en un mundo casi inexistente,  demasiado ignaro como para intentar explicármelo o siquiera contemplarlo.  Otras veces era muy feliz porque disfrutaba de una paz repentina e inaudita, una paz en  la que sentía muy cerca de mí a Martins y como si este estuviera más feliz que nunca,  porque sabía que yo estaba con él en aquel momento, en aquella hora en la que me creía poseído por un sentimiento demasiado apacible para que pudiera ser de este mundo. 

Me acuerdo también como una de las últimas tardes antes de resolver el caso Amaral paró en seco con su brazo a varios de sus compañeros más jóvenes quienes pretendieron acercarse por atrás a mi mesa. Yo vi sus reflejos en la lamina acristalada que tenía enfrente a mí y yo sabía que en ese justo momento no podría apenas ni mirar a la cara a nadie  ni pronunciar una sola palabra.  No me inmuté ni hice nada, pero los reflejos de Amaral me resolvieron la papeleta.  Los chicos de Gonçalo se acercaban a mí una vez más con su pócima de admiración y buenos deseos, aparte de eu todos ya habíamos dado por hecho qeu el caso estaba a punto de caramelo y se resolvería sin mayores problemas por fin al día siguiente.   Estaba casi seguro de que esa pócima milagrosa,  que tantas veces me había salvado,  los compañeros la habían estado destilando para mí muy dentro suyo desde las primeras horas de la jornada de trabajo. Pero Amaral supo ver a tiempo que yo estaba ya muy bien acompañado y que no era nada conveniente interrumpirme. En cualquier momento volverían a ser para mí todas la amapolas rojas. La suerte estaba echada. Al día siguiente habría una flor negra menos en los abismos y daría por concluido mi viaje a éstos  para poder arrancarla. El día siguiente sería un gran día de fiesta y flores rojas.  Como será también un gran día de fiesta y flores rojas el día que consiga demostrar Gonçalo Amaral con pruebas definitivas que unos padres que dejan a unos niños pequeños solos en la noche y también de llegarse  hasta el mismísimo Papa de Roma una vez que su niña pequeña ha desaparecido, unos padres así son más que capaces de cualquier cosa. 

 

 

Por ahora

Tengo que felicitarme de veras,  porque no esperaba hoy el amanecer de esta mañana tan pacífica. Siempre se ha dicho por estas españas castizas que Dios aprieta pero no ahoga.  Pero quienes hemos  jugado con despreocupada y desbordada temeridad en sus sus abismos,  bien sabemos y sentimos, y  nuestras cicatrices  lo atestiguan,  que el Creador o Mr. Destino o Mister X sabe también fulminar a sus seres aun más preciados y dotados,  y  sin apretar apenas nada,  o directamente nada.  No lo necesita.  Él es El Más.,  Mr. Tiempo,  Mister X,  Mr. Infinito.  Y ante él me postro y le chillo en lo alto de las colinas para que me reconozca como su hijo, para que no me abandone cuando todos sus demás hijos lo hacen o me denigran y calumnian.  "¿Mr. Destino, por qué me has creado, en esta hora tan amarga? Sabes que sin mi rock and roll, mi JB, mi revolcón de hembra y el túnel onírico por el que escapo de Tus Horrores sin Tacha no valgo nada. Y mis ojos os podrían hablar de cuántos testimonios en carne viva y mente irrecuperable  sobre muertes en vida han tenido que contemplar ya desde sus electificantes años de su primera juventud este flipidor que os  envía y suscribe todas y cada una de estas  palabras.  No  me ha hecho falta nacer en un país y en un tiempo de guerra para conocer las tragedias y terrores, las pestes que deja todo este trasiego de hombres que vendieron sus almas, su cordura y hasta su estilo que sus voluntades nunca reclamaron demasiado. No  ha hecho falta que mis ojos contemplen profusos manantiales de sangre y plags de vísceras al viento para que mis horas fatales me recuerden que estoy rodeado de muertos con exceso. Pero para sobreponerme al acoso del caos perfecto de Mr. destino nunca me ha fallado en el último momento el respeto y comprensión garantizados de los seres más salvajes de este planeta tierra, la soberana aquiescencia de la bóveda celeste y mi JB que enciende con su magia de oro mi lengua de fuego.  

Ayer estuve gritando en la cima de la colinas, por encima de los valles endemoniados de tanta molicie y domingo. Grité  tal vez para nada (pero en el fondo no lo creo) maldiciendo lo ya maldito, maldiciendo a los seres que te hacen responsable de su derrota de Ley que les has dado,  y siguiendo  siempre,  con nobleza imperdonable, y  en el espíritu y la letra,  todas las reglas más sagradas del juego. Si había que pelear yo pelee como uno más.  Si había que matar yo maté como uno más. Pero como de pelear y matar se tratraba,  los muertos vivientes que fatalherí  siempre ahora me persiguen y  han ingeniado una Constitución que proclama que es de nuevo reglamento de orden e higiene sepultar a quien dejó tantos muertos y ego aullidor y maltresco en el combate. Que es de nuevo reglamento de orden e higiene  enterrar a quien hizo de la victoria su rutina y divertimento, enterrarle  al abrazo de sus talentos en vida, como si éstos fueran gatos faraónicos disecados, ya muertos. Enterrarle  bajo un talud de excreciones maledicentes,   porque ellos, sus adversarios,  en realidad sólo aceptaban las reglas decisivas y primeras si resultaban vencedores del juego. 

Ayer en la cúspide de la tarde estuve gritando  por los montes y  las colinas. Grité hacia el cielo. Grité hacia el suelo, por si éste creía que había en mí gesto traición,  falta de respeto o muestra de excesivo orgullo.  En algún momento me atravesó algún temblor parecido a la inseguridad o al miedo, por si alguien vendría del valle a mi encuento a pretender envolverme con su no sé cuál lamento no solicitado.  Grité a Mr. Destino.  Grité a Mr. Tiempo.  Grité a Ingmar Bergman. No me importó que pudiese molestarles, que pudiese arrancarles con mis voces  de su pacífico lecho de muerte. Y además era domingo. Que Mr. Destino y el Sr. Bergman me perdonen. Pero grité. Y mi garganta nunca daba visos de resentirse. A veces no hay garganta más fuerte que la que arroja y echa a brotar,  con humilde arrojo y valentía,  todo su  miedo. Sólo temí  asustar a las criaturas del bosque, que permanecían muy calladas.  Que yo me las imaginaba por mi egoismo, por mi falta de educación, por mi culpa,  en atorado silencio.  ¿Estaría atormentado  el domingo de una pacífica y dulce familia de gamos?    ¿Se sentiría algún macho de jabalí con colmillos de más de una cuarta deprimido, insignificante,  ante el nuevo invasor de su imperio de regatos y frondas? ¿Temerían las criaturas del bosque que yo  improvisara imposibles sendas? Porque yo era muy consciente que de mi garganta brotaba más misterio de fuego y sangre que del pacato y estruendoso estallido de una escopeta que se desbravara. Por fin callé y la cima exhaló,  a borbotones de silencio,  un misterio de fraternidad y paz que repicaba feliz en nuestros corazones. Un misterio de silencio y luz que todos compartimos  con dulce sumisión,  como si fuera la caricia más anhelada y bendita.

Luego bajé hacia el valle. Habían desaparecido todas las miserias y temores de un alma amiga que me salía al encuentro. Se habían puesto en fuga de mi espíritu todos los fantasmas y hombres muertos, quienes me acosaban y maldecían  desde las trincheras de su rencor,  tras mil y una batallas que perdieron de mi mano sobre todo por no respetar la principal regla de etiqueta: ofrece tu mano a quien te vence, devuélvele así tu orgullo debido de haber sabido perder, de saber estar a su nivel incluso desde la derrota, devuélveselo, incluso aunque siempre te haya vencido. 

Desaparecieron de mí todos los fantasmas y hombres muertos sin dejar siquiera ningún rastro o estela de prodigio. Mi mente sólo la poblaba un solo hombre. Sólo latía un hombre en mi pecho. El único que estaba vivo y  me conocía. Y me merecía la total confianza.