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Marus in the train

Aquella vez sí que supe, cuando vi como irrumpía la avalancha humana por las puertas del tren, que era ya demasiado tarde para mí. No existía ninguna posibilidad de huida o maniobra, al menos ninguna que no me pusiera en ridícula o violenta evidencia, o terminase por dejarme trastabillado o arrastrado a merced de la tromba de usuarios,  que arreciaba en aquella primera parada  que hacía en mi itinirario diario el ferrocarril. Tome aire con secreto arrojo, decidido a sobrellevar,  con heróica templanza, el abordaje.  Luego me escabullí como pude de todo aquel revuelo de voces,  codazos y  miradas curiosas zambulléndome hasta el fondo de las páginas de mi periódico, que sostenía en lo alto como si fuera un improvisado biombo de papel. Ellas, por supuesto, iban en la avanzadilla de aquel regimiento de estresados insomnes,  con cara de haber pasado una tormentosa  noche con el paciente del Dr. Frankeinstein.  O de llegar siempre fatal y presas del rencor más atrabiliario e indiscriminado a fin de mes.  "Es sólo que han tenido que madrugar mucho", me decía a mí mismo una y otra vez,  por ver si volvía la serenidad y el sosiego de nuevo a mí.  Pero todo esto,  en realidad,  formaba parte de mi laborable y liviano rito de aceptación cotidiana de la Humanidad, en general y en el fondo tendía a parecerse mucho a un tierno cuento de Mr. Disney por comparación,  si aquellas mujeres estaban cerca del lugar.   De hecho, lo primero que se oyó nada más abrirse las puertas fue su estallido afanoso y guerrero de su diaria y marcial arenga. Y  un instante después pude ver   como asomaba enhiesto un energético brazo de quien debía ser su capitana  apuntando con su afiladísima uña muy roja en mi dirección.  Y  al instante todo el colectivo entero se vino hacia mí,  compacto y decidido en una sola y muy bien organizada arremetida, como si fuera el cuerpo de una sola mujer, como si fuera la embestida mortal de una extraña,  y algo descoyuntada,  bestia de cinco pares de pies. Una  gigantesca y furibunda bestia que se encontrara  en la época de disputarse a muerte con sus enemigos la propiedad de un territorio imprescindible para poder sobrevivir. Por supuesto disponían de por lo menos treinta metros más de vagón,  con las mismas o mejores posibilidades de acomodo que a mi lado,  para celebrar su matutina asamblea pública.  Pero debería flotar en el aire aquel día cierta atmósfera propicia a la telepatía más instintiva y despiadada.  De esta forma sólo se puede entender que pudieran  olfatear al unísono conmigo desde el primer segundo mi nula capacidad de escapatoria. Recordé con nostalgia casi plañidera como una mañana de hacía un par de semanas, en la que el tren respiraba mucho más desahogado, yo tuve tiempo y reflejos para levantarme de mi asiento y desplazarme, casi sin que nadie se diera cuenta,  como si fuera un vertiginoso resorte de feria,  al  otro extremo del vagón, incluso una decima de segundo antes de que las marus se enfilasen en mi dirección.  Pero  ahora recordaba con melancolía como  aunque  en mis anteriores trayectos  me había acompañado también el horrísono sonsonete  de sus tertulias, que  perforaba todos los rincones del aire con posesiva y amenazante avidez, éste  llegaba a mí ya con cierta sordina, como un rumor   amortiguado por su lejanía y la proverbial aglomeración del pasaje,  que yo utilizaba como muro protector, como  si fueran sacos terreros de barricada o trinchera indispensables para poder yo continuar con la lectura de mi diario y de paso sobrevivir.  

Pero aquella mañana se habían acomodado justo en torno a mí, que  viajaba sentado, adjudicándome las marus,  por espontánea y muy soterrada unanimidad,  cierta función, no sabía bien si de piedra de toque,  donde ellas pudiesen experimentar y pulir,  muy a flor de mi piel,  los efectos descarnados de sus corrosivos comentarios, o adjudicar cierta función a mi presencia, decía, de mera mesa camilla,  que hacía a la vez los servicios de florero y velador.  El caso es que parecía que estuvieran muy dispuestas a aprovechar que aquella mañana había comparecido  su auditorio especialmente muy recargado y sumiso por la agobiante falta de espacio y el ambiente como de naufragio absurdo e insomne que destilaba el pasaje en general. Y  sin hacerse de rogar nada entraron todas de golpe y a destajo en materia.  De esta forma,  una mañana  más,  los oídos de la concurrencia empezaron a ser regalados con el popurrí de sus minuciosos análisis sobre las últimas crónicas fucsias y carmesíes recién desbragadas en el Reino, entreveradas siempre, por aquí y por allá, de los más oscurísimos y renegridos sucesos de las crónicas negras del horror y la calamidad,  que habían escupido las televisiones la tarde anterior.  Pero aquella mañana, no sé por qué, parecía que subiesen de todas las estaciones en las que paraba el tren viajeros con inaudita profusión y  el aire y el espacio desparecían  a velocidades infernales a nuestro alrededor. Pero aquellas mujeres, muy lejos de arredrarse,  o de comedir lo más mínimo el tono sórdido, rijoso y vocinglero de su serial, parecía qeu recibiesen cada vez más exultantes, como si fuera un exito personal suyo de su convocatoria, a las ingentes riadas de usuarios, que por allí se iban colocando a medida que llegaban, como buenamente podían y al inevitable alcance de su radio de influencia, o de conferencia, tal vez debería decir. Yo por mi parte me escurría en mi asiento con toda mi arte contorsionista del que soy capaz, intentando aislarme con la misma desesperación, tanto del espanto que me causaban sus sórdidos cotilleos, como del feroz ardor que parecía imanar de aquella enorme mama que llevaba ya un cuarto de hora amenazándome,  haciendo  amagos cada vez más contundentes y cercanos, con  incrustrarme hasta el fondo de mi oreja (hasta la Trompa de Eustaquio, por lo menos)  su pezón.  Miré para arriba de refilón por uns instante a su dueña, quien con sus mejillas muy recargadas de colorete y mostrándose muy exaltada y atrevida en la compañía de su camarilla, se sonreía para dentro tras sus enormes gafas y con la mirada perdida en un ensimismamiento que a mí se me antojó un tanto trasnochado y obsceno, al menos para la hora demasiado temprana que era y el lugar. También podía percibir como de forma paulatina, pero sin pausa,  se inflamaba cada vez más cerca de mí su respiración.  El caso es que la Maru por momentos, y supongo que mi asediada susceptibilidad algo tendría que ver,  empezó a recordarme mucho una visita que le hice en el zoo a un búfalo que debería estar en su época de apareo con toda seguridad. Parecerá muy exagerado o bestial, pero en las emociones y los sentidos no podemos mandar, y además entre la Maru y yo no había ningún foso de seguridad.  Luego sucedió que,  ante la inminente parada en la siguiente estación,  una vez más el tren empezó a descender de forma muy suave su velocidad.  Pero  no sé cómo se las arregló la maru  para atribuirle al convoy, y  con toda campechana naturalidad del mundo, un vaivén inhóspito y brutal. El caso es  que dio de pronto  un tremendo y obelisco meneo,  que acabó estampándome sobre mi cara  aquella mantecosa lava volcánica de sus pechos con la que en ningun momento me había dejado de apuntar. Un   estampamiento mamario demasiado irreductible y prolongado  como para que,  desde el primer momento,  no hubiese sabido que ya no podría emerger de él  con naturalidad y como si no hubiera pasado nada y continuaando  mi resto del viaje con un mínimo  de tranquilidad y pundonor.            

-Pero aquí en esta estación se bajará mucha gente, porque aquí ha habido como un corrimiento en el pasillo- dije de pronto, y como si mi comentario formara parte de una conversación,  de paso que me levanté de súbito, haciendo una suerte de virtuoso tirabuzón hacia arriba para no chocarme con nadie, y volviendo de inmediato a tomar asiento. Pero en la retina se me había grabado a la perfección la estampa de sus maliciosas sonrisas y de la  hipócrita inadvertencia que simularon todas ante el nuevo y prodigioso escorzo que tuve que ensayar al sentarme  para ponerme a salvo del cerco mamario y marujil en general.  El caso es que no parecía que estuvieran mucho por la labor de querer darle a mi reciente pingaleta una interpretación distinta a que se tratase de una especie de presentación de mis respetos y saludarlas con aquella extraña, espontánea y alocada jovialidad. Y para colmo de agobios  del atestado pasillo al final no se bajó nadie en aquella nueva estación.  Pero de pronto sentí como si recorriese un soplo de aire fresco y misterioso por mi ánimo.  Acababa de vislumbrar entre el coro de marujas,  y a unos pocos metros enfrente de mí,  a una muchacha espigada con traje negro, que me observaba absorta en un místico ensimismamiento,  mientras parecía penetrar,  con extrañísima placidez,  todo mi ser  con sus diminutas y afiladas pupilas de ave. Su efecto sobre mí fue tan tonificante que de inmediato me sentí revivir y,  muy animado,  me dispuse a darle un urgente y despreocupado estiramiento y planchado a mi muy arrugada y encogida dignidad.

-¿Y no podría usted, por favor, procurar eharse un poco menos sobre mi asiento?- le inquerí,  con un tono muy educado y despreocupada naturalidad,  a la maru que seguía golpeteándome  mi oreja con sus mega mamas volcánicas cada vez con mayor destreza y familiaridad.

"¡¿Qué pasa, qué dice?!"   "¡El caballero, que parece que le ha entrado de pronto miedo a quedarse sin aire!"   "¡Respire,  respire tranquilo,  no vaya a quedarse sin aire, caballero!"   "¡Uy,  cuidado,  que le da yuyu,  que le da yuyu,  al caballero!"    "¡Hay que ver... Cómo venimos todos aquí...  y ahora el caballero ahí sentadito,  parece que le va a dar  miedo de que la gente se le vaya a arrimar!"   "¡Uy, que se le corta la respiración!"   "¡Claro, es que como nos echamos  todas sobre él!"   "¡Yo flipo,  yo es que flipo con el tío este!"

Había un adolescente  delante de mí,  que en lugar de solidarizarse conmigo, o siquiera comprender lo injusto e inexcusable de mi situación,  se sonreía mucho de medio lado, regodeándose en el  burlesco escarnio  que  aquellas  mujeres hacían sobre mí. Ni siquiera me miraba,  como si diera por hecho que sólo sobre un mindundi,  o especie vergonzante e inmunda de usuario de tren se podría desescombrar tamaño cachondeo y desdén.      

Abundaban mucho las mujeres en el aglomerado de gentes que se hacinaba en el pasillo del vagón.  Y de este aglomerado de pasajeros me llegaba su  risa coral sin cesar, y no sin  ciertos acompasamientos encrespados, que parecían fluctuar por momentos entre el rugido asesino y el más atroz rencor.  En cualquier  caso todo el mundo parecía celebrabar en el pasillo con salvaje sorna cada una de aquellas  chanzas y soflamas de las marus que me ridiculizaban.  Por un minúsculo resquicio que encontré entre los apéndices mamarios de la maru,  volví mi mirada hacia ese emplasto de gente del pasillo y me pareció contemplar que todas sus dentaduras se batían en un estruendo  de risa e insoportable ferocidad. Otras mujeres sentadas a mi alrededor permanecían  con sus rostros sumidos en un hieratismo pétreo, impenetrable, casi  abisal.  Parecía que de pronto existían dos corrientes sociales  o razas que no  se pudieran entender, la masa del pueblo que iba de pie y la minoritaria aristocracia que iba sentada.  Por lo demás, la joven del misticismo de ave parecía contemplarme ahora abstraída,  como si yo fuera un animal extraño que fuese trasnportado en aquel tren  por algún incomprensible  ensañamiento de los dioses o algún fatídico y mortal error. Pero yo me reanimé de inmediato con sólo verla y me desentendí de todas las burlas y  puyas de aquel quinteto de la muerte con mucho coraje y determinación.

Unos minutos después aquel cubil rodante llegó a la siguiente estación y empezó a aligerarse de forma ostensible de humanidad.  Y cuando aun no había empezado a resoplar de alivio al ver desaparecer por la puerta a las marus ante mí,  se asomó de pronto una de ellas muy enrabietada , intentando intimidarme con el filo terrible y rampante de sus enormes uñas rojas y el salvaje temolar de sus rubias mechas de tigresa.  "¡¿Ya se ha quedado tranquilo, caballero?!   ¡Aproveche para respirar bien, aproveche!   ¡Eso, ande, lea, lea, el periódico!   ¡Cómase las letras!   ¡Ustred coma, coma letras!"        

Poco después al bajarme en mi parada,  creí percibir cierto atisbo de interés y curiosidad en la chica del traje negro,  cuando se cruzaron por unos instantes nuestros ojos al caminar  uno al lado del otro por el andén.  Y otra vez me sentí de súbito muy animado al  verme ya fuera de peligros mayores y regodeándome en la jornada que,  felizmente aburrida y rutinaria,  se brindaba ante mí.

Naturalmente a la mañana siguiente tomé mis precauciones. Decidí llevar el asunto todo lo lejos que hiciese alta. Y hubiese ido más lejos aun si hubiera tenido más vagones el tren. Con cierta medrosa excitación, y mi dignidad aun un tanto temblorosa y malherida, opté por darle la vuelta por completo al asunto, por así decir. De tal forma que en lugar de subir al primer vagón del convoy,  como era mi costumbre, intenté exorcizar todas mis aprensiones buscando mejor suerte en el último.  ¿Qué suponía gastar una pequeña calderilla de mi dignidad cuando estaba en juego que la perdiese toda a raudales,  o quién sabe si hasta librarme de un linchamiento o,  incluso, algo mucho  peor? 

Ocupé pues mi asiento en el último vagón y comprobé con mucha satisfacción que éste aun se llenaba de menos viajeros en esta estación inicial de mi diario itinerario. Y por si fuera poco, en la siguiente parada, en lugar de subirse las marus como eracostumbre, lo hizo la chica de la mirada de ave.  quien se sentó bastante cerca de mí.  A mitad del viaje se puso a mirarme  con mucha calma y seguridad.  Y entonces comprendí. ¿Cómo podía ser tan tonto que no me di cuenta antes? La chica del traje negro también había llevado el asunto muy lejos. También le había dado  la vuelta a la situación.  Ella también había cambiado aquella mañana de vagón, eligiendo  justo el de cola como había hecho yo.  Muy probablemente para evitarse tener que volver a verme sufrir tanto como ocurrió la mañana anterior, pensé.  Entonces sentí tal emoción por mi descubrimiento que me pasé todo el viaje musitando un alegre tarareo,  mientras no dejaba de comer letras en mi periódico, una tras otra,  letras y más letras, como si fuera un bulímico adicto a la tinta que ya no se pudiese contener más. 

Pero la mañana siguiente vino acompañada de no pocas y ajetreadas sorpresas . Uno no puede apearse cuando lo desea de este mundo a lo Groucho.  Entre otra cosas porque nunca parece que haya nadie lo suficiente amable o importante como para querer o poder  pararte  el mundo para ti.  Por no poder,  ni siquiera a veces parece posible que uno pueda apearse de un simple tren de cercanías cuando más necesitas hacerlo.  Pero si lo intentas con todas las fuerzas tal vez si lo puedas conseguir. 

Sí, las marus volvieron a irrumpir en mi vida otra vez. Y lo hicieron detrás de mí por una puerta no demasiado alejada de mi asiento y con esa rencorosa euforia y ansia de devastación  que sólo los seres más desalmados y contumaces pueden albergar en su enfermo corazón.

-¡Aquí, aquí! ¡Chicas, aquí! ¡Vamos, vamos! ¡Aquí, rápido!

Muy sobresaltado me asomé por encima de mi periódico sin poder dar crédito. Pero la situación no parecía muy halagüeña, que digamos.  Vamos,  que todo parecía indicar que no me podía andar precisamente con demasiados escepticismos sobre la cuestión.

Sólo entraron dos marus en el vagón. Se conoce  que,  tras su fracaso en localizarme la mañana del día anterior,  y en aras una mejor eficacia en su  misión, se dispersaron en varios comandos. Y  muy eficientes y exitosos,  por lo que acababa de comprobar. Así que sin perder ni na instante se precipitaron con inusitado ardor bucanero hacia donde estaba yo.  Por supuesto que a continuación pretendieron trivializar o disimular su abordaje como podían, supongo qeu  con la excusa de que estaban libres los asientos de mi alrededor. Pero este detalle circunstancial, el que hubiese espacio libre a mi alrededor,  no era más que una insultante y vejatoria pamplina de muy mal gusto para mí.  Pues no sería porque no hubiese un buen número de asientos libres aquel día en otros lugares del vagón. Y en todo caso,  aquellos intentos trasnochados y absurdos de hacer pasar por natural  o casual nuestra situación,  sólo conseguían acentuar el carácter perverso y sádico  del calculado asedio que habían tramado contra mí.  Así que,  no bien se acababan de sentar junto a mí las dos marus, yo me levanté con muchos reflejos y  rapidez.  Yo por mi parte también intenté darle el mayor aire casual e impersonal posible a mi estampida.  Pero tampoco tuve demasiado éxito, como comprenderán.

-Gracias, caballero- aun le dio tiempo de soltarme a la maru de los coloretes y las ubres vacunas,  con toda la resentida y venenosa sorna  de que era capaz. Que era muchísima, la verdad.

Yo por mi parte recorrí mi camino hacia alguna de las  puertas de salida del vagón a toda velocidad.  No sin dejar de lado mis  simulaciones de  ser presa de algún  olvido o despiste.  Sólo por fastidiar a las marus, claro está.  Bueno, y también, supongo,  porque alguna vergüenza torera también me daba huir de una forma tan despavorida  y  atropellada.  Después de todo sólo eran un par de  marus. O sea, que también puse  mucho cuidado y mano izquierda ala vez, para que no se sintiesen demasiado aludidos aquellos ojos que yo sentía con toda nitidez clavados en mi espalda inyectados de rencorosa ferocidad.  No convenía nada en absoluto exacerbar o azuzar demasiado en las marus sus naturales instintos de jauría, que ya de por sí estaban muy desatados, porque nunca se sabía cuando la cosa se podría poner fatal.   Por de pronto me observé,  con mucho asombro,  una gracilidad y un dinamismo en mi desconocidos. O que al menos  no recordaba haber tenido desde que tenía trece años de edad y caminaba por las ramas de los árboles como si éstas  fueran baldosas de un paseo marítimo,  o yo fuera  un mono muy ágil y apañadito de Madagascar.  El miedo no es que sea libre, pensé, además es que practicamente puede volar. Al menos si eres lo suficiente decidido o valiente como para echarte a correr como un loco delante de todo el mundo, sin ninguna vergüenza y pudor, ni miedo por el qué dirán.   Y yo creo que hasta  me llegué a sentir en algún momento levitar por el pasillo del tren. O que,   incluso,  no formase siquiera parte de la materia orgánica ya.  Y un instante antes de que se cerrara la puerta  logré salir del tren.  Aunque la verdad es que  todo fue tan rápido, tan efervescente y extraño que siempre he tenido dudas de si no la atravesé.  Pero tuve tiempo aun así de ver muy de soslayo a la chica de los ojos místicos, pero me pareció que volviese su cara al verme hacia el cristal de su ventana de al lado, como si estuviera muy indignada y dolida por lo sucedido. Y esta actitud suya, una vez ya a salvo en el andén, me llenó de entusiasmo y esperanza y alejó de mí todo susto y preocupación. Y, desde luego, no me importó nada tener que viajar de pie en el siguiente tren, que me llevó con cierto retraso a mi oficina, por lo demás.    

Ya en casa por la noche,  después de la cena, hice un concienzudo estudio de mi grave situación creada con las marus. Decidí  probar suerte en un vagón que estuviese situado a la mitad del convoy.  Me situaría en el lado opuesto al de embarque de los pasajeros,  para controlar mejor.  Me escondería además  detrás de toda la abertura que mi periódcio pudiera dar de sí.   Lo cierto es que a aquellas alturas de mi nueva vida de furtivo de las marus,  la antigua comodidad de mis treinta minutos de viaje en ferrocarril antes de que ls hubiese visto por primera vez, se me antojaba como el preciadísimo recuerdo de unas lujosas vacaciones en el Orient Exprés.

Aquella mañana todo en mi  viaje hacia la oficina transcurría  de maravilla. Yo iba muy cómodo en mi asiento leyendo mi periódico y no dejaba de celebrar,  aunque aun  con cierta temblorosa moderación, el gran éxito que había tenido mi nueva estrategia de subirme en un vagón a la mitad del tren. Pero a mitad de mi trayecto, y con el tren a toda velocidad,  de pronto aparecieron todas las marus por la puerta del extremo de enfrente  del vagón.  Me descubrieron enseguida, porque  yo creo que me conocían ya hasta por la forma en que me tapaba por completo mi periódico. Así que, como no podía ser de otra forma,  de inmediato todas las marus empezaron a dirigirse muy decididas hacia mí.  Y lo cierto es que en esta ocasión las marus exhibían un aire de bambolenate y temeraria intrepidez demasiado impresinonante para mí.  Yo creo que si las marus se hubieran bebido al desayuno varias botellas de whisky no hubiesen conseguido aparentar semejante melopea demente y brutal,  como era aquella a la que parecía inducirlas el constante vaivén del tren.  El arrojo y decisión, en cualquier caso,  con el que se dirigían las marus a mi encuentro eran de  tales magnitudes,  que aunque yo juraría que apenas me moví,  ni que dije nada,  me dio la sensación de que al menos ya medio pasaje se había enterado  de  mi ataque de pavor. 

(Continuará.)     

Amores lagartos

¡Ah, aquella serie de los lagartos extraterrestres...!  En muchas ocasiones me pillaba su transmisión en ciertos garitos a la otra orilla del río, en el lado más difamado, inexplorado y laberíntico de esta milenaria y monumental ciudad. Garitos que parecían flotar en perennes nubes azules de humo de tabaco y estar transidos de sensual melancolía,  tal vez a causa de  los vahos centenarios que despedían , como si fuera un aliento de eterna embriaguez adormecida,  sus enormes y cercanas bodegas de cerveza y de ron. Por no hablar, por supuesto,  de las fragancias de bourbon y del sexo más selvático y fortuito, casi marítimo, que yo haya conocido jamás. Quizás demasiado marítimo y selvático  para mí, pero en fin... No precipitemos los eventos y el desenlace del relato  nada más empezar.

Aquellos antros tenían fama además de preparar las mejores sopas de whisky caseras de todo el continente, incluida la sorprendente Albión,  y de destilar el más soberbio y flamígero sexo de toda la ciudad. Y una vez que ponías tu primer pie sobre el suelo de algún local de aquellos pasabas de forma inmediata a formar parte muy importante e indispensable del lugar también, como si fueras una pieza necesaria más para que toda aquella turbadora destilería de lujuria exquisita   y de deslumbradores pensamientos oscuros no se resintiese en su mecanismo y no dejase nunca de girar.  Todo allí, en fin, rezumaba una atmósfera tan out sider, tan fuera del sistema, el orden, y las leyes del mercado y la demanda del contribuyente cumplidor y responsable, como pudiera rezumar todo esto antes dicho yo mismo, al menos  en mis más apuradas y brutales turbulencias de desasosiego metafísico y existencial.  Turbulencias que siempre aparentarán  ser más sugerentes y profundas si las titulamos así, como metafísicas y existenciales,  siempre que nos referimos  al  caos en que subyace, o directamente desaparece,  nuestro pobre y amedrentado espíritu,  cuando se cierne sobre él las inexpugnables fiebres del sábado noche con su rutinario tsunami hormonal. En definitiva y para resumir, hablo de sexo pirata, sexo aleatorio, sexo a la ruleta del rojo y el negro, sexo casi caníbal, sexo para las élites más vanguardistas y la créme de la créme más condenada y marginal de mi ciudad.  Sï, yo en aquellos palacios incendiados de depredación humana y sexual tenía también todos los sábados mi correspondiente y reservado lugar.    

La enorme pantalla de televisión constituía siempre una magnífica coartada para hacer como que me interesaba mucho mirar como se despellejaba su última pátina de supuesta piel humana alguno de aquellos lagartos extraterrestres, quien de pronto se había cansado de tanto paripé en el que se hacía  pasar por humano,  y reivindicaba ya sin menor disimulo y a las claras,  incluso con desafiante desfachatez y orgulloso furor,  su naturaleza extraterrestre y reptil.

Gracias a la magnífica representación de mi papel de televidente enfrascado en lo que sucedía en la pantalla de televisión conseguía darle cierto pretexto natural a mi exhibicionista soledad en el lugar. Y cada vez que asomaba un trozo de pellejo de reptil bajo la piel de un personaje que hasta ese momento todos creíamos que se trataba de un terrícola muy patriota y planetario a carta cabal y ejemplar, aprovechaba para reirme con toda la ostentosa y feroz obscenidad de la que era capaz,  poniendo en marcha toda mi estudiada y ensayada mecánica de coquetería y seducción, pero sobre todo concentrándome en exhibir  mi poderosa y reluciente dentadura en todo su depredador esplendor. Mi boca,  ya desnuda de todo rastro de arrobo y timidez,  se abría  entonces como  un fruto rojísimo y salvaje, protegido,  como si fueran una especie de bellísimas espinas de marfil,  por una hilera muy blanca de incisivos y caninos muy moldeados y regulares, que eran objeto de miradas muy intensas y sensitivas por parte de las mujeres que habían oído mi salvaje  risa a mi alrededor.  Los hombres, por contra,  muy epatados por el impacto de la visión,  no sabían después muy bien donde posar sus ojos, si no es que caían en un medroso y muy acomplejado ensimismamiento circunstancial.

Pero a medida que los extraterrestres lagartos empezaban a pavonearse con mayor descaro y despreocupación, dejando al descubierto sus rugosas y verdes pieles de reptil,  como si se aprovecharan  de su  parapeto inabordable en la  pantalla de televisión para ponerse a salvo, el ambiente en el mega bar se iba caldeando cada vez más,  y parecía que todos los presentes nos sublevásemos en una especie de arrebato de rijosa y enaltecida marcialidad, en una especie de orgullo de especie y denominación de origen galáctica y planetaria. Parecía que hubiese que poner a salvo a todos los ejemplares humanos del sexo contrario que en ese momento estuviésemos reunidos  en el local. Había que poner en marcha muy rápido nuestra improvisada celada   de solidaridad terrícola y sensual a la que yo estaba invitado como un participante más.  De hecho, mi oferta personal de desgarro emocional y psicisomático, que lucía como si fuera un blanquísimo cartel de venta o alquiler entre mis abiertos y sonrientes labios, no solía tener competencia  a esa hora, como entre dudosa y muy proscrita de la anochecida del sábado.  Al menos no la tenía en todo aquel distrito,  tan calumniado y maldito,  situado en la misma  ribera del turbulento río,  que atravesaba sigiloso el extremo más oscuro de la ciudad. Y era uno de mis mayores placeres entonces aspirar con parsimoniosa y oculta delectación los aromas de temblor hormonal y sanguíneo de toda hembra que se preciase de serlo, cuando caía atrapada  su febril mirada por unos eternos momentos en el cepo incendiado y abismal de mi sonrisa, coronada siempre por el misterio glacial de mi impenetrable mirada gris.

Mientras, por supuesto, permanecía al tanto de si, por fin, alguna macizorra de turno se daba por enterada de que lo más interesante del local le tenía echada la mano al cuello de mi botella de birra de importación. Una botella de cerveza que agonizaba en realidad ya en mi mano, sin burbujas ni asomo del menor pálpito de vida, como un caldo absurdo y extemporáneo, como un biberón etílico de un monstruoso y libidinoso bebé sin cita ni compromiso alguno y que no supiese nada sobre todo lo que sucedía  delante de sus narices allí.

Pero había que aparentar rutina, naturalidad. Yo tenía que saber estar a la altura y demostrar que era un cliente más que estaba adaptado a la perfección a aquel festivo y excitante ritual de todos los anocheceres del sábado en aquel  lado más brumoso y oscuro de mi ciudad.

Poco a poco las mujeres de caderas más voluptuosas, labios más dulces y carnosos  y pechos más amables y gentiles iban desapareciendo tras las cortinas de los reservados más cucos y lujosos del local. Caminaban sobre sus mayestáticos zapatos de aguja muy concentradas y seguras, como si atravesaran  algún  precipicio que les resultase muy conocido,  pero del que,  sin embargo,  no se fiasen demasiado, como si detrás de cada paso les pudiera acechar una muy dolorosa y familiar traición. Eran mujeres abismadas en los humedales ondeantes de su ingobernable pasión y,  por lo común, muy bien  cimbreadas por su talle por el musculoso brazo de algún muchachote empalmado y cimarrón, que seguramente habitaba en ese lado emboscado, oculto  y huidizo de la ciudad.  

El cotarro empezaba entonces a animarse,  y  una especie de misteriosa vaharada de salvaje y libidinosa esperanza parecía haber empapado,  hasta los mismos huesos,  las ardorosas carnes en celo de todos los clientes del local. Y todo el mundo,  muy embriagado ya por aquella intuida y preclara sensación de buena suerte inminente que se  avecinaba,  parecía haberse puesto a competir en un concurso de  elegancia y discreción, porque era indispensable saber guardar un tenso equilibrio de muy excitante y contagiosa hipocresía,  para allegarse con mayor empuje y éxito  a la siguiente oleada de lujuriosa emancipación.      

Entonces no debía pasar demasiado tiempo para que Rosaura se pusiera en marcha para salvarme de aquella situación,  que siempre podría resultar demasiado azarosa e imprevisible para mí.  Unas veces era ella misma quien creía que había llegado el momento.  En otras ocasiones era yo mismo quien le hacía desde la barra del mega bar alguna señal muy discreta y convenida con mi mano,  rascándome, por ejemplo,  mi cabeza con cierta desesperación y avidez.  Rosaura,  mi dulce y fiel Rosaura, mi enfermera eslava y amantísima compañera, siempre tan atenta al menor de mis gestos y ademanes, no tardaba entonces, desde el extremo más lejano del local,  en acercárseme sin apartar ni un instante su fogosa mirada de  mí.  Ya a mi lado,  se colocaba sin mayores demoras a mi espalda, y como si fuera el gélido almirante del más soberbio y poderoso barco rompehielos, abría un surco en medio de aquella lasciva aglomeración de carne encelada,  conduciendo mi silla de ruedas hacia la salida del local con  vertiginoso aplomo y resolución.  Rosaura siempre permanecía incólume a las miradas de curiosidad o estupefacción que pudiera suscitar a su alrededor.  Con su mentón  en todo momento distante y altivo y su temple enaltecido y acerado de zarina de la noche, parece que en todo momento  quienes se le ponen por delante  deban darle sobre sus molestas presencias algún tipo de explicación.  Mi amantísima Rosaura no pierde ni por un instante entonces su maestría matemática de mariscal de campo,  que marca el rumbo fijo a mi descarnada y aterida excitación, el rumbo fijo e inexpugnable de mi infinita y feroz ansia de pecado intergaláctico y cuerpo de humana mujer. Entonces yo  ya no puedo  apenas soportar ni un instante más de demora para dejarme desbocar muy abrazado a ella por los acantilados de sus pechos enfebrecidos y mi desesperación carnal. Y siempre parece que,  en esos momentos de nuestra despedida del local,  hubiese una miríada de caballeros que hubieran  puesto en almoneda sus almas, y hasta sus cuerpos,  para intentar cambiarlos por el aparente despojo del mío, por ocupar mi privilegiado lugar de ser archi mimado y protegido a muerte por aquella despampanante mujer, por mi fiel y amantísima  Rosaura. Porque Rosaura,  todo hay que decirlo, aunque no debiera hacer mucha falta ya,  está como un bombón vienés, o sea, con mucha sorpresa de licores y  jugos silvestres arremolinados muy al fondo de su inabarcable y escurridizo sabor.  Todo esto es verdad, lo de su inabarcable y escurridizo sabor a bombón vienés, digo,  que son ya innúmeras e inolvidables experiencias,  al respecto del sabor de Rosaura,  de las que podría dar fe,  pero ¿qué sabrían aquellos tipos sobre cuál podría ser mi verdadera suerte y situación  en esta vida,  en realidad...?  ¿Acaso tendrían ellos la cuarta parte de la imaginación requerida para saber estar bajo mi piel?  ¿Acaso siquiera sabían ellos cuál era mi  verdadera piel?  ¿Lo sabes tú acaso, lector?

Ya en la calle,  nos dirigíamos con paso muy precipitado acera adelante,  presos de un frenesí de deseo que,  de continuo, suele estar muy salpimentado de trompicones y sobresaltos que incendian aun más nuestra terrible e insufrible ansiedad.  Luego entramos en el primer portal envejecido y medio abandonado cuya puerta podemos franquear sin mayor peligro o indiscreción,  y,  ya dentro,  Rosaura  se sienta frente a mí sobre mis pantalones medio desvencijados y abiertos por la entrepierna, que parece una atroz y mortal herida de  abrupto deseo y horrenda soledad.  Una herida descarnada que empieza poco a poco a hacer muy sentida y enternecida amistad, desde su oscuro e insondable fondo, con la balsámica y dulce vulva de su amor, de mi amor, de mi Rosaura amantísima. Y Rosaura prosigue, con sus casi imperceptibles balanceos sobre mis pantalones,  vilmente acartonados y casi vacíos,  de engandro hombre lagarto. Un hombre lagarto que empieza a sentir,  de forma muy paulatina,  como toda su sensualidad imposible,  o sea, la mía,  de criatura de dos mundos separados por una distancia casi infinita en el firmamento,  empieza a ser atravesada por un candencioso e inexplicable ondeo, como de  pluma de ángel caído,  de ángel amoroso,   de ángel secreto y terriblemente humano,  de dulce ángel  guardián de mi placer más indómito y sobrenatural.

Sí, lo he escrito bien, y hay que entenderlo tal como suena y se puede leer, sí, yo soy un extraño e inédito engendro de hombre lagarto, un híbrido de ser humano y extraterrestre reptil,  que fue despreciado el mismo día de su nacimiento por todos los ejemplares de su media genealogía de sangre fría y escamosa y que habita en un lejanísimo lugar,  casi en el otro confín del Universo. Sí, soy un híbrido intergaláctico que fue abandonado en la Tierra por sus primos hermanos de especie extraterreste y reptil,  en el momento de regresar a sus ignaros mundos que se encuentran al otro lado de la bóveda celeste.  Y no me cabe ninguna duda de que hubiese sido abandonado por mis medio congéneres humanos también en aquellos misteriosos mundos reptiles de insondables lejanías, a los que pertenece la mitad de mi ser,  si hubiesen sido los humanos quienes después de visitarlos, partiesen,  de vuelta de aquellas ignaras galaxias,  a éste su terrícola hogar. A no ser, supongo,  que figurase entre la tripulación de la nave algún doctor chiflado,  ansioso de un nuevo conejillo de indias con el que experimentatar las monstruosidades que su razón científica soñó. O algún sacerdote a la antigua, tal vez, de aquellos que dicen que todas las criaturas con vida son de Dios, aunque todas el Demonio se las pretenda arrebatar. Pero los hechos fueron que una vez aquí, en el planeta Tierra, y abandonado por mi familia reptil en la calle,  a las puertas de un convento de clausura teresiano,  como si yo fuera un bebé humano no deseado más,  la suerte estaba ya echa para mí: no hay hijo, por extraño, incomprensible o inconcebible que nos resulte,  que no sea querido a los ojos de Dios,  y, por tanto, que no sea también querido a los ojos de sus fieles siervas del Corazón de Jesús. No cabe duda de que mis parientes lagartos sabían lo que se hacían. No sé cuánto tiempo habrían permanecido en la Tierra, pero,  por lo que respecta al arreglo que encontraron conmigo,  parece que no andaban muy mal de documentación.  Seguro que eran demasiado inteligentes para este mundo y encontraron en un periquete la solución, dejándome así a salvo, y sin complicarse lo más mínimo la vida. Al pensar en el convento teresiano de clausura como mi lugar de adopción me salvaron, por ejemplo,  de ser carne de revista de ciencia y de  laboratorio de experimentación. Por no hablar de la televisión basura y la prensa canalla y del chismorreo, o los telediarios de Antena 3,  que pondrían a millones de famosillas y busconas en órbita para conseguir conmigo a toda costa algún lío o affair, y que pretenderían luego vender como unos amores intergalácticos e indestructibles de proyección eterna y universal,  que al día de hoy sólo son capaces o están interesadas en  vivir en secreto con su perro de aguas, su senegalés de saldo o su favorito consolador de titanio, sólo es un suponer. Y tampoco podrían los humanos hacer ninguna de estas barbaridades mencionadas, decía,  porque, entre otras cosas, no son lo suficientemente intuitivos e inteligentes como para impedir que les haya tenido toda mi vida engañados.  Y por lo que se refiere a mis matronas y patrocinadoras circunstanciales, las madres teresianas de clausura, como sólo cabía esperar,  sólo vieron en mi estrafalaria singularidad orgánica el típico fruto mortal e inocente del humano pecado, un fruto, el del humano pecado, nunca  demasiado absurdo o surrealista para quien está muy bien pertrechado de la verdadera Fe. Vamos, que mi caso era para mis monjas adoptantes de manual, no les ofreciía mayor misterio o complicación, y, como tal,  como fruto inocente del humano pecado que las madres me sabían, había que librarme a toda costa de todo peso de ajena inmoralidad,  o  carga de culpa,  de los que yo era inocente de toda solemnidad. 

De otro lado, también hay unas leyes que cumplir y un respeto mínimo a la dignidad de la persona que es de preceptivo cumplimiento en un Estado de Derecho, aunque de persona, ya digo, apenas se llegue en mi caso, en su sentido más literal y objetivo, ni  al cuarto y mitad. Y por si necesitase más ayuda para sobrevivir en este planeta medio extraño para mí, lo cierto es que a medida que  crecía y me desarrollaba como un niño más,  hasta pasaba por  resultón al lado de muchos discapacitados humanos. No  olvidemos que yo era un híbrido de ser humano y extraterrestre reptil de lo más sano y normal. Vamos, que en mi adolescencia y juventud  tampoco era muy extraño que casi necesitase hacer uso del agua hirviendo para apartarme a mis admiradoras de alrededor.  Admiradoras que confesaban,  sin ningún tapujo, encontrarme un no sé qué muy especial. Y es que hasta al lado de muchos humanos  normales no dejaba uno de tener también su sex appeal, su cosa y su aquél. Incluso para las mujeres más experimentadas y maduras, había algo en su gran bagaje vital que  les avisaba de que anidaba un misterio muy singular dentro de mí,  y que siempre les ha  resultado muy interesante de descifrar. Y en lo que a mi seguridad y discreción se refiere,  una vez criado de niño por mis matronas teresianas,  fue muy fácil para mí camuflarme entre los humanos como un humano más, ayudándome siempre de este séptimo sentido que los hombres muy lagartos solemos tener y nunca nos suele fallar. Y ni los mismísimos animales se han dado  cuenta jamás de que laten en mí dos dimensiones de especies diametralmente excluyentes la una de la otra, don universos, en teoría, inencontrables... Dos universos inencontrables...  pero atrapados, muy atrapados,  en un solo destino dentro de mí.  Un destino, que, por lo demás, confieso que ni como humano, ni como lagarto, nunca he logrado atisbar con un mínimo de claridad por ninguna parte.

Sí, soy un híbrido interplanetario de ser humano y reptil, quien ha tenido que camuflarse o disfrazarse de una especie de parapléjico poliemelítico,  aunque con mucha marcha e indudable sex appeal, ya digo, para poder pasar mejor desapercibido en esta hostil sociedad humana, que mira con tanta extrañeza y desdén, en muchas ocasiones,  a las otras especies, en este monolítico y despiadado desierto de humanos.

Rosaura, como, por lo demás, hacen también mis parientes lagartos, siempre acaba por columpiarse cada vez más alto y más fuerte sobre mis pantalones abiertos y desvalijados de casi todo rastro humano, sobre mis pantalones casi esquilmados de todo canon humano de armonía y belleza,  a causa de  un atroz y voraz capricho  que los dioses de la sensualidad y de lo efímero siempre tuvieron conmigo, desde el mismo instante en que la vida me alumbró en este extraño mundo, en este planeta Tierra, a la vez tan espantoso y bello como para poderlo soportar  sin la medicina preventiva de  mi amor sobrenatural, sin la poción milagrosa de amor  de mi Rosaura amantísima.

Una vez acomodados y relajados en el apenumbrado y olvidado portal,  Rosaura deja que me despeñe con toda mi pasión por los tiernos y altivos acantilados de sus pechos, que siempre me ofrecen  a temperatura ambiente mi cuartillo de tibia leche maternal, que yo succiono muy ansioso y aterido de vértigos y desamparos inefables. Una tibia leche maternal  mezclada con la convulsa y placentera  secreción de mis lágrimas de amor. Una mezcla de sabores que termina siempre por dejarme en la garganta un extraño regusto a elixir, que nunca sé muy bien si es de vida o de muerte,  pero su inconfundible sensación a milagro no se aparta en todo el resto de  la noche ya de mí.  De paso, Rosaura, sin perder ni por un instante el ritmo de nuestra serenata nocturna de amor, alivia con el bambolenate hervor de sus desnudas nalgas el tormentoso trasiego de placer sin límite que electrifica la inflamada punta de mi cimbreante cola de hombre lagarto. Y todo se convierte entonces en  una eclosión de amor interplanetario  y abismal, salpicado por nuestra frenética y extraña zarabanda de compulsivos  y sinfónicos gemidos de amor, que parecen correr  entre dos torrentes paralelos de placer, entre dos mundos nacidos y destinados a no conocerse jamás, programados a conciencia,  tal vez,  para ignorarse el uno al otro durante toda la eternidad.  Y un aura como demasiado sagrada parece que empieza a empapar hasta el fondo nuestros cuerpos y nuestros espíritus, como si hubiéramos desmontado el último tabú o secreto que le quedase en pie a nuestro común Creador, como si todo en nosotros fuera una suerte de  prodigio de furia cristiana y caridad sensual bien entendida, y nunca mejor recompensada  por el inmenso amor y placer  que sabe siempre devolvernos con creces nuestro receptor. Y  más tarde,  tras todos aquellos  aludes de pasión intergaláctica y carnal,  muy poco a poco vuelve a mí, en muy dulces remansos, mi proverbial templanza de ánimo, mi confortable lucidez de témpano cartesiano, pero, sobre todo, y por encima de todas la cosas, mi flemático orgullo de Eximio Presidente del Ilustre Colegio de Registradores de la Propiedad del Estado. Y torna a adornar de nuevo mi semblante mi acostumbrado brillo de serenidad y virtud, mientras Rosalía y yo, de vuelta ya a nuestro hogar, cruzamos las primeras sombras de la noche por el centro de la ciudad. Y siempre procuramos coincdir en nuestro itinerario con las iglesias, parroquias y sedes de partidos y de ONGs, que a esa hora es muy frecuente que abran sus puertas de par en par  para dar salida a sus feligreses o afiliados que acaben de celebrar su última misa, reunión o comité.     

Es entonces un verdadero éxtasis de comunión y paz indecribtibles el que me proporcionan estas elegantes y singulares damas,  que acaban de terminar sus reuniones y ceremonias religiosas y sociales, cuando me saludan y me conceden de muy buen grado su más selecta y entregada atención.  No en vano son las mujeres del mayor  y más exquisito prestigio solidario y cristiano de toda la ciudad.  Mujeres que,  con sus misales,  o folletos de su asociación política o no gubernamental, aun bajo sus brazos, cogen mi mano entre las suyas y requieren mi opinión sobre alguno de sus asuntos espirituales o políticos,  o sobre cualquier menudencia mundana, y siempre  con la más humilde y sincera adoración.  Y qué decir cuando,  con cierta frecuencia, algunas de estas damas besan mi mano y la demoran  durante minutos enteros entres sus musitadores y aturdidores labios... Entonces,  al recordar el bálsamo milagroso de flujos salvajes y abismales que aun envuelve con su misterio de electricidad reptil  mi extremidad, al recordar todo aquel bálsamo de leche materna y  semen de hombre lagarto, al recordar aquel bálsamo de lágrimas intergalácticas y de ecos y susurros que dejaron por toda mi piel aquella bendita resaca de prodigio reptil y sobrenatural...  Entonces siento como mi placer alcanza cumbres divinas y celestiales de genuina y transcendental espiritualidad.  Y una última caricia o carantoña excitada sobre mi rostro, que como contagiada por mi propio éxtasis  me prodiga,  muy jadeante y  ardiente,  alguna de estas distinguidas damas, parece concederme el definitivo visto bueno,  o asentimiento humano y oficial, de que ya no queda sobre mí ni un solo vestigio de posible sospecha, o gélida escama,   ni un solo vestigio o huella de mi naturaleza secreta y oculta de hombre lagarto. Yo soy para estas excelentes mujeres de la mejor y más caritativa y generosa  sociedad, el paradigma viviente del buen cristiano o del mejor  socialista carismático y solidario. Soy la prueba humana irrefutable de que cualquier utopía,  o sentimiento genuino de bondad, es de este mundo y,  por tanto,  posible.  Yo soy la mejor prueba de  que la utopía es posible porque siempre habita en el corazón del ser humano puro, que acepta, como tal,  las limitaciones,  pero también los desafíos,  siempre superables,  de su especie.  Y yo me gozo  lo indecible de sólo pensar que ya no queda ni una sola huella o reminiscencia de mi insaciable, y siempre  traumática, codicia reptil de carne humana, de mi insaciable voracidad de sanguinaria y sobornable selva humana,  de mi desbocada pulsión de pecador de intergaláctica bestialidad con ejemplares de una especie diferente a la mía, que en el caso de Rosaura se abisma en un amor que no aceptaba ninguna frontera de humildad y se pierde con inaudita pasión en insondables sentimientos megalómanos de infinita universalidad.  Siento, en fin, con infinita serenidad, que no queda ningún rastro identificble de mi dolor sin fondo de hijo de madre demediada, de madre huida y siempre ausente,  y ya desde mi nacimiento convertida en la criatura más repudiadora de mi ser, del mismo ser que ella engendró.  De madre fugitiva del recuerdo de mi existencia en los inalcanzables e invisibles horizontes de otras galaxias, que muy probablemente el ser humano jamás conocerá. Todos los males  y los crueles pesares se disuelven entonces al qeudar conjurados al calor y cercanía de estas eximias y admirables damas queson la flor y la nata de la solidaridad.  Y por momentos, creo, e,   incluso,  juraría, que recibo, a través del milagro de sus tiernos cuidados y atenciones,  un mensaje de paz divina y universal concebido para mí  por el Mismísimo Señor Jesucristo en persona,  o  por el  Presidente de la Internacional Socialista,  o por  toda la cúpula de la Logia Masónica  Mundial más universal.  Un mensaje en apariencia algo implícito o críptico, para una persona que desconociera los antecedentes reales y su importancia y ecuanimidad, pero un mensaje muy específico  y personal, en realidad, para quien esté sobre aviso y al cabo de la calle sobre la cuestión.   Un mensaje que pone en mi conocimiento,  a través de estas inteligentísimas y perspicaces mujeres,   que  me lo hacen  llegar con la mayor de las solvencias y estricta confidencialidad,  que  ya estoy  a salvo, que ya no queda el menor atisbo a la vista de mi muy temeroso y escondido estigma, que  mi tranquila y respetable vida de Registrador de la Propiedad y de las hogareñas voluptuosidades de Rosaura, mi enfermera eslava y amantísima, vuelve a seguir su curso natural.  Que mi vida vuelve a ser de nuevo confiada y complaciente. Al menos hasta el nuevo sábado noche, por supuesto,  en el que,  tras una esporádica y brutal crisis de interplanetaria identidad,  todo volverá,  de su mano de nuevo,  a comenzar para mí amparado por su muy humana y comprensiva solidaridad.    

    

 

  

 

 

 

   

Si yo me enfado

Hoy he pasado por La Marea del periodista y escritor Antonio Pérez Henares y la brutal experiencia me ha dejado, para qué nos vamos a engañar, la víscera muy altiva y el espíritu muy desencajado.  Sé que otros prefirirían mejor decir el  "espíritu enajenado",  porque les suena muy parecido y les rima mejor con la enemistad estulta y tan asquerosilla que me profesan, y que yo no quiero ser ahora tan desalmado como para no dejar aquí constancia de todo el agradecimiento que siento que tanto les debo.

El hilo de marras del blogger en cuestión me ha irritado en lo más profundo, insisto.  Y además reitero. Qué quieren qué les diga. Si lo sé no lo leo. ¡Menuda forma de empezar mis lecturas del día! ¿Para esto jugué yo durante meses enteros tan duro hace veinte años para ganarme un sueldo Nescafé para toda la vida?  ¿Para luego proporcionarme a mí mismo estos disgustos  inexcusables en  mi tiempo libre e ir por la vida de torpe y auténtico canelo? ¿Para esto envié yo a la marca de café mencionada más de veinte envoltorios de sus tarros y con sobres y sellos que corrían, como todos los demás gastos, de  mi cuenta?

A lo que iba. Parece que ahora el afamado periodista, escritor y blogger se ha puesto de pronto muy tierno y le ha dado por una especie de ñoñera mariconería en plan Mr. Disney, o algo demasiado parecido. Así empezó Antonio Gala, con su Troylo y las lágrimas de Boabdil y tal, y ha acabado por salirle del armario del alma el mahometano liberticida y repulsivo, que por lo visto llevaba latente muy dentro, aunque bastante dormido, pero que se le despertó muy envalentonado con la rentrée sanguinaria y carnicera de sus supuestos colegas de morerías y Alianza de Civilizaciones del 11-M.  

El caso es que el citado blogger apareció por su blog a mediados de agosto bastante sonado por una sobredosis de westers y guisos de caracoles pirenáicos, disparando hasta contra el  canario de la jaula, la pestaña de la melindrosa, las moscas del nabo del caballo y todo lo que se movía y aun lo que se estaba quieto, e, incluso, muy atemorizado y escondido.  Pero ahora el pusilánime y cursi converso, como les decía,  nos viene con  que enfadarse es malo para el colesterol y además produce muchos escozores inútiles y arrugas aun más innecesarias y ningún royalty.  Acabáramos.  Nos encontramos con el caso de que quien fue iracundo fustigador, con látigo y borrador automático en mano, de los mercaderes de su propio nick en el templo sagrado de su blog, ahora ha amanecido como una suerte de preclaro apóstol  y promotor de la paz de los blogs y de la Alianza de las Mejores Intenciones. Así empezó a amagar ZP con su discurso de la Paz y de milagro no acabó de un bombazo de realidad fuera de Palacio y con las patitas en la calle, o en su casoplón en las marismas nudistas de Cádiz, por defecto. Pero está visto que hay quien no aprende en cabeza ajena, aunque ésta sea de alcornoque. Porque además, niego la mayor de que este asunto del enfado sea de naturaleza tan democrática y fácil de elucidar y clasificar como pretenden algunos.  Porque, amigos, hay enfados que son para echarles de comer aparte. O para que coman todos del mismo plato. Yo me entiendo. Y espero que  todos ustedes también entiendan al leer las siguientes líneas y en la medida de sus capacidades humanas e intelectivas, que  doy por hecho que no deben ser demasiado elevadas, teniendo en cuenta de las que son merecedoras mi modesta escritura.       

Pues verán, cuando yo me enfado, lo normal es que todas la mujeres, y aun el personal más macho, y, por supuesto, también el neutro,  se aneguen en un extraño éxtasis de perversión jovial, que les impide renunciar a mi presencia a partir de mis primeras exteriorizaciones de malestar y rechazo, hasta tal punto que  ni siquiera esta posibilidad de olvidarse por un momento de mi persona se les pasa un instante por sus cabezas.

Es un hecho evidente, y mil y una veces contrastado, que mi mala leche en carne mortal y en vivo y directo es siempre sobrenatural manantial, o imán, si ustedes lo prefieren, de todos los más asilvestrados y exquisitos placeres animales de mi entorno más inmediato. Esta es mi tragedia  biográfica por excelencia,  y desde nacimiento, que ya reventó en risas el hospital en el que tuvo lugar mi alumbramiento, ante la visión de mis primeros terrores, moratones y zozobradas y ateridas lágrimas. 

Estos  terribles enfados, en los que irrumpe tan a menudo mi espantoso carácter,  producen glamourosa y cariñosa hilaridad hasta en los mendigos más cadavéricos y desauhuciados, que no reciben, ni esperan ya,  ninguna atención de Asuntos Sociales, el barrendero del barrio o del mismo demonio, y que sus memorias han olvidado por completo cuándo se produjo su última risa, y hasta en qué consistía semejante milagro inexplicable y que no venía nada a cuento en sus misérrimas y dolientes vidas. 

Esta misma horrible tonalidad y  textura de mi mala leche son también muy del gusto de los criminales y genocidas más sanguinarios y más acérrimamente enemigos de mi raza, mi  cultura y mi estilo de vida.  De hecho, soy víctima rutinaria de sus regalos y presentes, y de toda suerte de homenajes y concesiones  que sólo están en  la mano de poder proporcionarlos personajes de gran talla e importancia universal, como el Sr. Slim, Mr. Gates... y los asesinos y desfalcadores más prestigiosos del mundo. Para mí, como ustedes comprenderán, esta situación me ocasiona no pocos transtornos en mi fe en la maldad humana, con las correspondientes desagradables sorpresas y aturdimientos continuos que me ocasiona, cuando más desprevenido o despistado estoy , la gente honrada y decente, por así decir, de toda la vida, que nunca sabes bien qué es lo que te pretende vender o a qué aspira endosándote su normalita y  corrientucha mercancía. Porque si no crees en el Mal, o se resiente  tu fe en éste más de la cuenta,  lo cierto es que en esta vida pintas poco, o estás siempre a punto de no pintar nada,  porque el Mal siempre   puede estar  dentro y oculto en un respetable registrador de la propiedad,  o de un lector a primera vista muy halagador y obsequioso, por ejemplo,   quien puede tratarse del más siniestro de los desaprensivos.  Es muy triste no creer en el Mal,  porque luego, si se te presenta por sorpresa, ya digo, a lo mejor ya no tiene remedio, que el Mal suele ser muy rencoroso y no le gusta nada que le ninguneen.  

Como es también natural y lógico, estos problemas cotidianos para mi percepción y supervivencia, que me ocasionan con su generosidad  y desprendimiento hacia mí estos mafiosos, quienes suelen ser los seguidores más fieles y adictos a mi mala leche, se los he recriminado a los interesados en multitud de ocasiones.  Pero, claro, el roce ha hecho ya mucho cariño entre nosotros, y suelen responderme con gracietas del tenor de "¿y quién eres tú para recriminar nada a unos criminales? No nos habías dicho que eras magistrado..."  Y, logicamente,  me dejan desarmado.  Aparte de que no me permiten llevarlas, las armas,  digo,  porque una cosa es que disfruten como locos con mis enfados y cabreos y otra que pueda disponer yo en esos momentos de un arma al lado.  Vamos, que no son tontos.  Y, por lo demás, ni siquiera he hecho Derecho, o sea, que no puedo presentarme a unas oposiciones a magistrado.  Y así con todo. Siempre me pillan. Me dan unos cortes que me dejan mudo. Menos mal que poco a poco  reacciono y se me empieza a hervir mi mala leche, pero que cosa mala, oigan.  Ya  lo creo que hacen bien...  En lo de no permitirme que lleve armas en mis galas y artisteos, me refiero.  Son unos apasionados admiradores de mi autencidad y mi genio, les pirra, de acuerdo,  pero, como es lógico,  siempre hay que poner en todo un orden y unas mínimas normas de juego. Y además, ese tipo de triquñuelas dialécticas y otras burlas y chanzas, que aquí no voy a explicitar más por un mínimo de decoro personal y ciudadano que aun conservo, esos rutinarios cachondeos, decía, demasiado amistosos para mi gusto, la verdad, y con los que tanto gustan en aturdirme  con salvaje  escarnio para ver si consiguen enervarme aun más por todo lo alto, de sobra saben los condenados que suelen tener muchísimo éxito y que acaban por poner siempre, ya les digo,  toda mi mala leche a hervir y al borde del disparadero.  Y es cierto que les monto cada vez un número más original, violento  y terrible.  Yo mismo me sorprendo en muchas ocasiones  con la amplitud y versatilidad de mis registros del cabreo.  Pero todo  al final siempre acaba,  y como es de rigor, con las recompensas de  sus presentes y obsequios, cada vez de mayor lujo y despendolado dispendio.       

Pero, como decía, el público, en general, suele entregarse a una afición desmedida a mi mala uva y despreciable talante,  que en la mayor parte de los casos bordea lo adictivo o patológico. Incluso he llegado a plantearme alguna vez si no debería crear un holding de clínicas de desintoxicación con los ahorros que he hecho gracias al generoso derroche que hacen conmidgo mis fans mafiosos, para mis admiradores más enfermos y deteriorados.  No en vano hay quienes han llegado a llamarme el Velázquez del improperio o el Antonio López de la descalificación y la adjetivación insultiva. Donde pongo el insulto pongo la diana. Y es que sé hacerlos a medida,  por encargo, listos para servir o para llevarse para casa.  Y esto el público más sensible y cultivado lo valora mucho y suele quedarse,  por la emoción y el espectáculo en sí,  demudado.  En otras palabras, mi palabra es la muerte y a la vez la redención.  El placer sutil que proporciona la venenosa melodía de mis descalificaciones e improperios, o, para resumir,   mi corrosiva y deletérea  mala baba, acaba siempre por alumbrar un Fénix de egos renovados y revitalizados en mis víctimas, que jamás ha habido relación íntima, de parentesco directo o profesional de la Seguridad Social que haya podido proporcionárselo, según su propios testimonios y confesiones, que son la mayoría de mis entusiastas seguidores quienes viven con la convicción profunda de que nunca vivirán  tanto como para poder agradecérmelo lo suficiente, según sus propias palabras.   

En multitud de ocasiones estos acosos de irreprimible y empalagosa simpatía a que me somete el público más inmediato y cercano que es víctima directa de mi tremebunda cólera y peor mala leche, decía,  me impelen a recurrir a la fuerza física para intentar escabullirme de sus repugnantes y atosigadores hechizos y adoraciones en los que mi despreciable falta de compostura y educación los deja inmersos, ya que se muestran cada vez más y más encendidos e insoportables a medida que aumenta  también mi cabreo y sentimiento de rechazo. De este modo, y cuando me siento ya muy acorralado y no me queda otra salida,  no escatimo la patada ocular ni el puñetazo genital directo y resuelto, ni hago tampoco ascos y melindres a los restos de cueros cabelludos y de otras partes de la anatomía de mis perseguidores que puedan quedarse apresados entre mis uñas y que me chupo con mucha delectación en cuanto me pongo un poco a salvo o me dan un respiro.  No puedo permitírmelo.  El andar con economías y ahorros con mi violentísimo instinto de autodefensa, digo.  Mis más entusiastas admiradores me lo reclaman, mi espantoso talante antisocial, digo, y cada vez con más siniestra admiración y horrible despligue de simpatía, según se van desarrollando los infernales hechos.  Lo  más frecuente es que toda esa jauría de abducidos y deglutidores fanáticos de mi mala baba  me sometan a una persecución sin tregua por la calle. Por ejemplo, los martes, jueves y viernes, Carrera de San Jerónimo abajo, porque esos días almuerzo en la zona. Entonces me persigue a lo largo de toda esta calle todo ese estridente y horrísono zumbido de pisadas ansiosas, desquiciadas carcajadas, que se  interrumpen,  de cuando en cuando, sólo  para expeler sobre mis carnes desasogadas,  a las que a duras penas les llega ya el aliento,  sus tenebrosas y malsanas obscenidades, que gracias a Dios, las profieren tan  jadeantes que apenas  se las entiende nada.  Pero lo que se entiende es ignominioso, terrible, inefable ...  La carrera suele acabar en la Plaza de Neptuno si el semáforo está en rojo. Si está en verde,  o consigo hacerme un hueco entre los veloces coches que pasan, puede prolongarse hasta enfrente de la emisora La Cope o la Bolsa Madrileña, e incluso, si ese día el pánico y las calorías me alcanzan lo suficiente, hasta el mismísimo Parque de El Retiro.

Menos mal que al final, cuando ya me dan  todos alcance y no tengo ninguna posibilidad de escapatoria, los ánimos van sosegándose poco a poco y de forma natural, y,  sin otra solución de  continuidad, solemos acabar tuteándonos e intimando de forma muy dicharachera, excitada y tumultuosa. De suerte que todos acabamos, más pronto o más tardee, y de la forma lo más prolongada y demorada posible,  en una especie de frenética marea multiorgásmica o rompeolas de éxatsis sensual  tumultuario. E , incluso, en  más de una ocasión, también se produjo alguna exhalación mariana de alguna novicia que le pilló todo con muy poco hábito en el asunto y como demasiado a trasmano.  Y a  la postre todo concluye con fraternales achuchones y algún intercambio de comentarios sobre el entretenido suceso o de números de telefono. También suele ocurrir que alguien pretenda volver a mosquearme por sorpresa, por ver si puede prenderse de nuevo esa espiral de mala leche tan mía y el consiguiente entregado fervor lascivo y mitómano, que por parte de mis más fieles seguidores les corresponde responderme.  Pero para entonces yo ya soy sólo un pedazo de pan sonriente, que sabe que podrá irse por fin a su casa de forma normal y tranquila.  Podrían meterme un cigarrillo encendido en el zapato o decirme que la tengo demasiado pequeña para el tamaño de mis orejas...  Ya nadie podría sacarme en las próximas doce horas de mi feliz estado de saludable estulticia pasajera y gentil abandono.

Y decía que menos mal que suelen acabar de forma tan pacífica y placentera estos malentendidos y conflictividaes  tan asiduas en las que nos vemos, cada dos por tres,  involucrados   los mayores degustadores espontáneos de mis cabreos y enfados y mi acosada y perseguida persona, que no les soporta, insisto,  y siempre creo morirme en un infarto de malas leches hervidas en las fases previas de sus contumaces  persecuciones de jauría humana enloquecida.  Menos mal, porque lo que es la Policía Municipal y la Autonómica,  en su mayor parte al menos, están al cabo de la calle sobre todos estos escándalos callejeros míos, aunque no están muy por la labor de ponerles remedio precisamente. Para ser más claro,  en su mayoría todos los miembros de la Policía y de los agentes del orden están mucho más pendientes de si otean en el horizonte urbano ese revuelo y polvareda inefables que levantas a su paso siempre mis escándalos mundanos,  para apuntarse, por supuesto,  ellos los primeros a la juerga, que siempre la anteponen a  perseguir y odiar el delito y atender y amar al delincuente, que es el cometido primordial y obligado de su esquizofrénico oficio.  No en vano suelen ser las pivas más despampanantes quienes  más me soliviantan y enfurecen al percibir sus  impertinencias cretinas y altiveces caprichosas y sin cuento, y que luego, por consiguiente, caen más rendidas en número y color ante la evidencia irresistible y palamaria de mi pésimo talante y terrorífica mala baba. Pero en fin, también hay catedráticas, magistradas, médicos, ejemplares madres y amas de casa, maduras, jóvenes veinteañeras, treintañeras, cuarentañeras, cincuentañeras...  En fin, todo tiene un sesgo muy popular y democrático.  El índice de criminalidad y de inseguridad ciudadana  en Madrid como consecuencia de esta desidia laboral de las fuerzas del orden, en ocasiones,  y como era de esperar, y desde hace unos años,  es sencillamente tercermundista, estruendoso, insufrible.  Pero yo ya tengo bastante  con los cargos de conciencia que me causan tanto regalo y obsequiosidad que me brindan las mafias más importantes, y de todo origen geográfico, instaladas en este momento en toda España, como para preocuparme ahora de la inseguridad ciudadana que pueda crear la mala milk que me producen mis espontáneos fanáticos y promotres de ésta, en consecuencia.  Se ha corrido la voz de lo mío entre todos los criminales y nazionalistas genocidas de mayor influencia política y económica en España, y corre el dinero negro a raudales, que para eso tienen tanto y lo sacan y lo mueven con tanto brío y facilidad de un banco a otro y entre las distintas  instituciones estatales y de una caja de ahorra a otra, y como dice el refrán, porque me tiro a una tonadillera y me compro a un alcalde y vuelvo a tirar porque  me toca.  En definitiva,  yo soy para mis padrinos mafiosos como el Frank Sinatra del cabreo y la mala hostia, que me protejen y tutelan,  y que,  a falta de casino en Las Vegas, me abonan una multimillonaria nómina todos los meses por mis esporádicos escándalos callejeros.  Aparte de otras recepciones privadas contra mi voluntad, y, por tanto,  con toda mi mala leche del mundo,  a que me someten, claro, que para eso son los jefes. A mí esto, que sean mis jefes, digo, me indigna y cabrea cada vez más, por lo que me temo que nuestro contrato será eterno, o si no se es creyente, al menos demasiado largo.  Sin embargo, y por otra parte, a mi favor  tengo que decir que en mis algaradas espontáneas, aparte de agentes de la autoridad siempre participa cierto número de delincuentes,  de no demasiada alta estofa, que todo hay que decirlo, lo cual, que mientras se distraen y disfrutan con mis espectaculares enfados y las grandes ventajas a nivel interrelacional que,  a la postre,  estos les proporcionan,  no están delinquiendo.  Y por si fuera poca mi beneficiosa influencia en estos seres,  un tanto asociales y descarríados,  además suelen permanecer,  tras la espectacular e inolvidable experiencia,  con muy buen ánimo y no peor predisposición gentil  y ciudadana durante cierto tiempo. Total, que ya están apalabrando mis padrinos mafiosos con el alcalde algún reconocimiento o condecoración para compensarme de alguna forma por los beneficios que ocasionan a la ciudad mis actividades y el despliegue de mi espantosa mala leche natural, y  por ver,  claro, si una vez ya institucionalizada y con registro legal, mi magistral mala baba, digo,  obtienen algún permiso para explotarla en ámbitos privados y de alto standing  previamente concertados.            

Y ahora quizás ustedes se pregunten por qué en un principio de mi relato valoraba tanto mis discretos ingresos de un sueldo Nescafé de por vida, al lado de los multimillonarios emolumentos que me proporciona la feliz y entusiasta adicción de los mafiosos a mi mala leche insoportable. Pues bien, confieso que no estaba en mis intenciones abrirles en este post hasta este punto mi  corazón y los secretos mejor guardados de mi vida privada.  Pero ahora que lo he hecho no me arrepiento, y no voy a escatimar ninguna exteriorización de mi legítimo orgullo,  tanto por mi premio de un sueldo  para toda la vida,  como por la enorme aceptación social que goza entre el público en general el  reconocido magisterio y maestría de mis enfados.  Y de la felicidad que aporta mi mala hostia y mis insoportables cabreos a la sociedad, no hablo. Las proporciones cuantitativas,  y su cualidad entrañable y espiritual, les confieso que sencillamente me emocionan.      

 

Para UN HOGAR EN LOS ABISMOS, 

Lonely Flipidor.      

 

Conmoción en el mundo de la cultura catalana

LA EX DIRECTORA DE LA BIBLIOTECA NACIONAL ROSA REGÁS ES DESCUBIERTA EN SU CAMA CON LA ESTATUA DE MENÉNDEZ PIDAL

Fuentes policiales creeen que esta relación permanecía en secreto desde hace ya dos años

Gran éxito policial de la operación "Salvad a don Ramón"

 

(Agencia Ele.) Tras varios meses de exhaustivas investigaciones, llevadas a cabo siempre desde la más estricta reserva, nuestras Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado por fin han podido dar con el paradero de la auténtica estatua del historiador y filólogo español Menéndez Pidal. Este lugar donde se encontraba esta auténtica estatua del eximio intelectual e historiador no ha sido otro que la residencia en Barcelona de la citada escritora catalana.  Más en concreto en la cama de su alcoba y en su compañía, según han declarado los testigos policiales que llevaron a cabo el registro, quienes comentaron también que en el momento de ser descubierta la autora de este hurto contra el Patrimonio Nacional y de más de una docena de libros de ensayos y de novelas,  presentaba todas las evidencias de  estar inmersa en una tórrida escena de sexo muy explícito con el monumento, lo que sin duda  pondrá a la escritora Premio Planeta de 1999 en una situación muy comprometida, tanto a efectos políticos y judiciales como con la propia familia y descendientes del personaje histórico interesado, o afectado, por mejor decir. Según estas mismas fuentes policiales las investigaciones se iniciaron tras una denuncia de un usuario de la Biblioteca, quien de forma fortuita al pretender encender una cerilla para su cigarrillo en la que creía, como todo el resto de los ciudadanos,  que era  la estatua de Menéndez Pidal de toda la vida y que fue presuntamente desalojada por la propia ex directora tiempo atrás en los jardines de la Biblioteca, se encontró con la sorpresa de que su fósforo no podía encenderse porque el material de las estatua era de plástico.

Parece ser que una de las primeras pesquisas que realizó la Policía tuvo como objeto intentar descifrar el mensaje críptico que pudiera encerrar la extraña respuesta que la Sra. Regás dio en una entrevista on line para el periódico El País en abril de 2006. Estas palabras por lo visto fueron en su textualidad "no pienso retirar la estatua... Simplemente voy a cambiarla de lugar y creo que el nuevo lugar es más importante que el anterior." Ante la evidencia de que en ningún caso podría considerarse para dicha estatua la intemperie de un pequeño jardín amurallado como "un lugar más importante" que la del vestíbulo de un egregio y monumental edificio centenario para cuyo interior  fue creada, la Policía siguió esta pista por si podrían contener estas palabras de la escritora algún doble sentido,  mensaje subliminal u oculto o lapsus delinqui. Puestos al corriente los peritos forenses sobre el caso hicieron éstos un estudio sobre la personalidad de la  entonces directora de la B.N., haciendo especial hincapié en su carácter megalómano, que ya es de muy dominio público, al haberse creído siempre la ex directora la musa principal, durante todo el último medio siglo, de la cultura y la política catalanas, y por extensión de la española y la mayor parte de todo el continente sudamericano.  En otras palabras, los psiquiatras forenses en ningún momento de la investigación descartaron que fuese la propia directora de la más alta institución bibliotecaria de nuestro  país la autora del cambiazo de la auténtica estatua del ilustre historiador por una fabricada con desechos de materiales plásticos, seguramente en un taller clandestino de inmigrantes ilegales chinos en un polígono industrial de la capital madrileña. Atados y bien atados todos los cabos, tanto los referidos a sus declaraciones epatantes y sin sentido como al rastro inextinguible que dejaba por donde pasare  su megalomanía compulsiva, se encendieron sin remedio todas las alarmas sobre la alta funcionaria y las sospechas sobre su autoría se cernían cada vez de forma más certera,  funesta y amarga. Confirmados todos los nuevos datos que arrojaban las investigaciones, tanto el ministerio de Interior como el ministerio de Cultura dieron estricta orden a las Fuerzas de Seguridad para que se obrase con el máximo secreto y cautela. 

Según avanzaban las investigaciones parecía que cada vez se confirmaban más los indicios que apuntaban a que la Sra. Regás ya venía teniendo una tormentosa relación de amor/odio con la figura del eminente historiador español desde su muy aburguesada y alocada adolescencia, que vivió en su mayor parte  internada en los más refinados y prestigiosos colegios suizos y catalanes, entre chocolatinas, relojes de cuco, catecismos y butifarras. Pero fue una vez ya septuagenaria y nombrada directora de la Biblioteca Nacional, cuando sintó despertarse con inusitada ferocidad muy dentro de  su ser sus pasiones más recónditas y adormecidas, auspiciadas ahora por una tumultuosa erótica del poder que le confería su nuevo y flamante cargo y que expoleaba sus impulsos sexuales más pedrestes y retroactivos. Fue una vez que accedió a tan alto y lucido cargo del ministerio  cuando decidió tomarse revancha con un pasado de frustración sensual  y de despiadados encierros monacales a qeu fue sometida en  carne viva y trémula de adolescente, cuando decidió que era ya tiempo de curarse antiguas heridas  mal cicatrizadas y resolver su pleito pendiente con el germen de su fracaso emocional y afectivo, o sea, con don Ramón, o Ramonito, como le susurraba en las estampas de sus libros y revistas que devoraba con insaciable voracidad afectiva y sensual en sus tristes horas de interna en colegios feos, tristes y sentimentales de la multinacional católica.  "Ramonito, Ramonito, mi españolito querido, ¿por qué me quieres más a mí, por pecosa, por burguesita  o por catalana? Ji, ji, ji..." Y así fueron pasando los años para la escritora catalana, entre negocios editoriales, viajes planetarios, revoluciones mega pijas, estiradas remuneraciones  de la ONU y otras  orfebrerías exquisitas del alma. Hasta que ya en su nuevo cargo de septuagenaria terrible y bárbara, fue consciente de que sólo le quedaba por sacarse una pequeña espinita del alma, de su corazón tierno de amapola adolescente que aún le palpitaba desde lo más profundo y sentido de su biografía. Y no iba a reparar en gastos, y aun menos en riesgos y peligros,  para salirse con la suya, aunque tuviera que raptar, o ejercer, desde la atalaya de su altivo y nuevo puesto funcionarial, el derecho de pernada sobre las estatuas de nuestro  Patrimonio. El amor es ciego, pero en ocasiones tiene mucho ojo para saber donde pone su mano muy larga. 

Mucho se escribió en fechas pasadas y no muy lejanas sobre si sus decisiones de poner la estatua de don Ramón de "patitas en la calle" por parte de la directora tenía como causa principal si consideraría al eximio historiador español un misógino empedernido o sólo un pésimo y tendencioso filólogo, de quien no le convencían nada, antes bien la sublebaban y enervaban, sus tesis sobre la evolución de las lenguas española y catalana. Pero lo que entonces nadie sospechaba, y menos que nadie su propia pareja o marido, es que toda su parafernalia y trajín de polémicas políticas y culturales,  eran sólo meros subterfugios y escaparates diseñados ex profeso para estimularse con su impudicia escénica y otorgar un carácter más clandestino y excitante a las pasiones escabrosas e inconfesables con que se entregaba a la estatua de nuestro eximio historiador y filólogo, relación que por su carácter e impronta proscrita y delictiva la ayudaba a permanecer en un perenne éxtasis o embriaguez de primera juventud revolucionaria, una etapa tan impregnada de nostalgias  como inexistente del todo por la escritora. ¿O tal vez sería más correcto hablar de éxtasis y embriagueces de penúltima adolescencia? Ay, Rosa, Rosae, Rosam, Rosas... ¿Alguna vez acabará por conjugarse tu inmortal y peregina alma...?

Pero el caso dio un definitivo avance cuando los peritos tuvieron conocimiento de la disfunción eréctil de la pareja o marido de la escritora. Entonces sí que no sólo se encendieron  todas las alarmas en la investigación que dejaban a doña Rosa con otro posible móvil del delito al aire, sino que su fulgor monocromo y preclaro de estas alarmas parecía conducir al desenlace del caso cual Faro de Alenjandría que anuncia un horizonte cada vez más inminente y cercano. En este sentido  declaró también uno de los peritos que "si el carácter pétreo y viril de cualquier estatua de por sí es en la práctica ya muy excitante para cualquier hembra de sexualidad sana, imagínense en el caso de la detenida, al corresponderse  el monumento por ella raptado con la representación del objeto de sus pasiones más obsesivas y libidinosas vividas con el más incandescente fuego de su sangre y de su imaginación en un lejano y feraz pasado adolescente. No sólo se puede considerar, dadas las peculiaridades del caso, que la autora del robo ha obrado dominada bajo un transtorno mental transitorio bastante lógico y normal, sino que me atrevería a decir, incluso, que muy saludable, aparte de los desórdenes o estropicios que haya podico causar,  por supuesto, a nuestro Patrimonio Nacional y en este caso concreto también a la familia y descendientes del ilustre finado", fueron las palabras de uno de los tres psiquiatras forenses que acudieron a la rueda de prensa. Los otros dos peritos hicieron durante estas declaraciones de su colega ostensibles muestras y gestos nerviosos de estar en algún momento muy a favor con las apreciaciones que emitía su compañero,  pero en otros instantes de su intervención parecian los dos estar  en absoluto desacuerdo con la misma.   

Por otra parte UN HOGAR EN LOS ABISMOS  ha tratado de ponerse en contacto con los familiares y descendientes de don Ramón Menéndez Pidal, pero éstos no han querido hacer ningún comentario. Sin embargo de personas muy cercanas y allegadas a la familia este periódico ha podido recabar que ésta se encuentra muy apesadumbrada por estos tristes y macabros hechos y que todo apunta a que  emprenderá acciones legales contra la ex directora por una serie de presuntos delitos contra la intimidad, honorablidad y buen nombre de las personas, sin que se descarte que en estos mismos momentos sus abogados tengan entre manos otras demandas y denuncias por delitos contra la libertad sexual de los personajes públicos ya fallecidos. Circunstancia esta última, la de no estar la víctima viva y de cuerpo presente para defender su memoria y tampoco poder soslayar sus agresiones recibidas, parece ser, según nos han confirmado algunos abogados especialistas a nuestro periódico,  podría constituir una agravante del orden de 15 o 20 años más de cárcel para la detenida si la condena por este delito se produjese por sentencia firme.    

Otra circunstancia que ha resultado extraña y curiosa en extremo sobre el desarrollo de la detención de la escritora catalana, aunque hasta el momento no ha sido confirmado por fuentes oficiales, es que uno de los números de la Policía que intervinieron en la operación "Salvad a don Ramón" ha sido ingresado en una clínica hospitalaria y está siendo sometido en estos momentos a una evaluación psicilógica. Miembros de la Policía en declaraciones oficiosas, aun sin confirmar, insistimos,  de modo oficial, han declarado a UN HOGAR EN LOS ABISMOS que su compañero ingresado asegura que, en el traslado de la estatua a su lugar correspondiente en la B.N., ha oído murmurar a aquélla varias veces "Regás, qué buena estás", algo que todos sus compañeros en la operación policial coinciden en afirmar que en ningún momento se ha producido. En este sentido también  el jefe de la operación, J.F.K., ha desmentido de forma categórica este extremo, ya que se inclinaba mucho más por la posibilidad de que si algo hubiera proferido la estatua sería más en la línea, por ejemplo, de "Regás, destituida estás" o "Regás, detenida estás", porque según sus propias palabras "lo otro, y aun tratándose de una estatua, no tendría ningún sentido, que ese tipo de cosas como "Regás, qué buena estás" se las dirían a doña Rosa sus compañeros de farra y revoluciones alto-burguesas  en sus lejanos tiempos de juventud por las barcelonetas, pero, sobre todo, dicho comentario no concuerda nada con el aspecto medroso y nervioso que presentaba la estatua de don Ramón después de un secuestro tan largo y ajetreado, por lo que considero dicha versión de los hechos inverosímil de toda inverosimilitud, y es más, como jefe de operaciones de este equipo policial pienso tomar medidas disciplinarias contra el miembro que ha vertido a la opinión pública semejante despropósito, que no puede sino considerarse como un acto de oprobio y escarnio contra la memoria de nuestro historiador insigne."   

UN HOGAR EN LOS ABISMOS ha intentado recabar algunas declaraciones de la Generalitat catalana sobre el suceso, pero parece permanecer inquebrantable la consigna entre todas las autoridades gubernamentales de que no tienen comentarios que hacer hasta que no esté confirmada y contrastada la  medida y transcendencia reales de los hechos, momento en el que el Govern de la Generalitat emitirá una nota oficial.

En lo que respecta al presidente de la Nación, éste ha declarado que "el suceso no es en absoluto materia de su competencia, ya que si una nación es un concepto discutido y discutible, aun lo será más si reducimos el ámbito de ésta a una simple biblioteca, por mucho que lleve el término "nacional" como calificativo o sobrenombre, porque España la componen muchas regiones, naciones y nacionalidades, todas ellas con raigambre democrática y europea, al menos hasta la fecha."  La vicepresidenta emitió a continuación un tenue, prolongado y muy hondo resoplido, con mucha resonancia bronquial y somática. "Fue un sonido traqueal y faringítico muy bien modulado y con una cadencia casi poética, casi milagrosa, como si le saliera de lo más profundo del alma, y sobre todo teniendo en cuenta la materia tan terrible y lo escabroso del asunto que allí a todos nos había reunido", nos comentó un compañero de una empresa de comunicación amiga. Por lo visto se produjo después del aserto fónico de la vicepresidenta más de un amago de aplauso por parte de algunos periodistas que allí se encontraban, pero fueron reprimidos e interrumpidos a tiempo por otros colegas que estaban mçás peocupados por concederle unos mínimos de credibilidad informativa al acto. Se produjeron algunos roces, pero al final se consiguió un acuerdo generalizado entre la mayoría de los profesionales presentes, quienes acabaron por concluir que "no hablaba muy bien de la discreción y el celo periodísticos el celebrar una intervención política con aplausos, o hip hip hurras, cuando ni siquiera su supuesto emisor  ha llegado a articular una sola palabra."  Resuelto el breve contencioso, y ya muy amenguados todos los desencuentros y disputas, se precipitó  hacia donde permanecía expectante  la vicepresidenta segunda del Gobierno su público periodístico más entregado, "haciendo uso y disfrute plenos de su libre y democrático derecho a expresar de propia voz lo que algunos compañeros no nos dejaron expresar con el calor de nuestros corazones y el restallar dialogante de las palmas de nuestras manos," comentó un portavoz de este grupo de periodistas. Poco después se arremolinó alrededor de la vicepresidenta  ya todos los profesionales presentes en una atmósfera muy solícita y animosa, sin reprimir ninguna muestra de satisfacción por el gran oficio, pragmatismo y objetividad con que se había desarrollado  el acto. Sólo rompió aquella armoniosa y aquiescente unanimidad un compañero rezagado que se quedó junto a un telefonillo de Palacio para preguntar por el presidente, que se había despidido de todos hacía apenas un cuarto de hora, por si "caía" un breve saludo de ánimo o una pequeña exclusiva, pero sus aúlicos ayudantes le dijeron que el presidente ya no estaba para nada ni nadie, aunque se encontraba muy bien,  de hecho en esos momentos ya se encontraba en la cama.  

UN HOGAR EN LOS ABISMOS  no paró de hacer intentos durante toda la tarde-noche de ayer para conseguir alguna información sobre cómo transcurrían estas primeras horas entre los miembros más señeros del Govern de la Generalitat, e, incluso, varios reporteros nuestros mantuvieron guardia a las puertas del domicilio particular de Carod-Rovira, pero no fue posible siquiera ver un momento en persona al citado político. Sin embargo todos los vecinos de la calle y del inmueble coincidían en que se encontraba dentro de su domicilio, pero aconsejaban a la vez a nuestros compañeros que se olvidaran de toda esperanza sobre la posibilidad de conseguir del celebérrimo político político declaración alguna. "Éste debe andar ahora muy ajetreado intentando hacer desaparecer alguna de sus estatuas. No me estrañaría nada tal como anda el patio... Si la otra se lo hacía con la estatua del Sr. Pidal, de este  fulano mejor ni le digo, que hace ya más de un año de lo del robo de la de Primo de Rivera, y aquí parece que ya nadie se acuerda."

Para UN HOGAR EN LOS ABISMOS, 

Lonely Flipidor     

  

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