Por ahora

Tengo que felicitarme de veras,  porque no esperaba hoy el amanecer de esta mañana tan pacífica. Siempre se ha dicho por estas españas castizas que Dios aprieta pero no ahoga.  Pero quienes hemos  jugado con despreocupada y desbordada temeridad en sus sus abismos,  bien sabemos y sentimos, y  nuestras cicatrices  lo atestiguan,  que el Creador o Mr. Destino o Mister X sabe también fulminar a sus seres aun más preciados y dotados,  y  sin apretar apenas nada,  o directamente nada.  No lo necesita.  Él es El Más.,  Mr. Tiempo,  Mister X,  Mr. Infinito.  Y ante él me postro y le chillo en lo alto de las colinas para que me reconozca como su hijo, para que no me abandone cuando todos sus demás hijos lo hacen o me denigran y calumnian.  "¿Mr. Destino, por qué me has creado, en esta hora tan amarga? Sabes que sin mi rock and roll, mi JB, mi revolcón de hembra y el túnel onírico por el que escapo de Tus Horrores sin Tacha no valgo nada. Y mis ojos os podrían hablar de cuántos testimonios en carne viva y mente irrecuperable  sobre muertes en vida han tenido que contemplar ya desde sus electificantes años de su primera juventud este flipidor que os  envía y suscribe todas y cada una de estas  palabras.  No  me ha hecho falta nacer en un país y en un tiempo de guerra para conocer las tragedias y terrores, las pestes que deja todo este trasiego de hombres que vendieron sus almas, su cordura y hasta su estilo que sus voluntades nunca reclamaron demasiado. No  ha hecho falta que mis ojos contemplen profusos manantiales de sangre y plags de vísceras al viento para que mis horas fatales me recuerden que estoy rodeado de muertos con exceso. Pero para sobreponerme al acoso del caos perfecto de Mr. destino nunca me ha fallado en el último momento el respeto y comprensión garantizados de los seres más salvajes de este planeta tierra, la soberana aquiescencia de la bóveda celeste y mi JB que enciende con su magia de oro mi lengua de fuego.  

Ayer estuve gritando en la cima de la colinas, por encima de los valles endemoniados de tanta molicie y domingo. Grité  tal vez para nada (pero en el fondo no lo creo) maldiciendo lo ya maldito, maldiciendo a los seres que te hacen responsable de su derrota de Ley que les has dado,  y siguiendo  siempre,  con nobleza imperdonable, y  en el espíritu y la letra,  todas las reglas más sagradas del juego. Si había que pelear yo pelee como uno más.  Si había que matar yo maté como uno más. Pero como de pelear y matar se tratraba,  los muertos vivientes que fatalherí  siempre ahora me persiguen y  han ingeniado una Constitución que proclama que es de nuevo reglamento de orden e higiene sepultar a quien dejó tantos muertos y ego aullidor y maltresco en el combate. Que es de nuevo reglamento de orden e higiene  enterrar a quien hizo de la victoria su rutina y divertimento, enterrarle  al abrazo de sus talentos en vida, como si éstos fueran gatos faraónicos disecados, ya muertos. Enterrarle  bajo un talud de excreciones maledicentes,   porque ellos, sus adversarios,  en realidad sólo aceptaban las reglas decisivas y primeras si resultaban vencedores del juego. 

Ayer en la cúspide de la tarde estuve gritando  por los montes y  las colinas. Grité hacia el cielo. Grité hacia el suelo, por si éste creía que había en mí gesto traición,  falta de respeto o muestra de excesivo orgullo.  En algún momento me atravesó algún temblor parecido a la inseguridad o al miedo, por si alguien vendría del valle a mi encuento a pretender envolverme con su no sé cuál lamento no solicitado.  Grité a Mr. Destino.  Grité a Mr. Tiempo.  Grité a Ingmar Bergman. No me importó que pudiese molestarles, que pudiese arrancarles con mis voces  de su pacífico lecho de muerte. Y además era domingo. Que Mr. Destino y el Sr. Bergman me perdonen. Pero grité. Y mi garganta nunca daba visos de resentirse. A veces no hay garganta más fuerte que la que arroja y echa a brotar,  con humilde arrojo y valentía,  todo su  miedo. Sólo temí  asustar a las criaturas del bosque, que permanecían muy calladas.  Que yo me las imaginaba por mi egoismo, por mi falta de educación, por mi culpa,  en atorado silencio.  ¿Estaría atormentado  el domingo de una pacífica y dulce familia de gamos?    ¿Se sentiría algún macho de jabalí con colmillos de más de una cuarta deprimido, insignificante,  ante el nuevo invasor de su imperio de regatos y frondas? ¿Temerían las criaturas del bosque que yo  improvisara imposibles sendas? Porque yo era muy consciente que de mi garganta brotaba más misterio de fuego y sangre que del pacato y estruendoso estallido de una escopeta que se desbravara. Por fin callé y la cima exhaló,  a borbotones de silencio,  un misterio de fraternidad y paz que repicaba feliz en nuestros corazones. Un misterio de silencio y luz que todos compartimos  con dulce sumisión,  como si fuera la caricia más anhelada y bendita.

Luego bajé hacia el valle. Habían desaparecido todas las miserias y temores de un alma amiga que me salía al encuentro. Se habían puesto en fuga de mi espíritu todos los fantasmas y hombres muertos, quienes me acosaban y maldecían  desde las trincheras de su rencor,  tras mil y una batallas que perdieron de mi mano sobre todo por no respetar la principal regla de etiqueta: ofrece tu mano a quien te vence, devuélvele así tu orgullo debido de haber sabido perder, de saber estar a su nivel incluso desde la derrota, devuélveselo, incluso aunque siempre te haya vencido. 

Desaparecieron de mí todos los fantasmas y hombres muertos sin dejar siquiera ningún rastro o estela de prodigio. Mi mente sólo la poblaba un solo hombre. Sólo latía un hombre en mi pecho. El único que estaba vivo y  me conocía. Y me merecía la total confianza. 

17/09/2007 12:23 Autor: unhogarenlosabismos. Enlace permanente.


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