Marus in the train

Aquella vez sí que supe, cuando vi como irrumpía la avalancha humana por las puertas del tren, que era ya demasiado tarde para mí. No existía ninguna posibilidad de huida o maniobra, al menos ninguna que no me pusiera en ridícula o violenta evidencia, o terminase por dejarme trastabillado o arrastrado a merced de la tromba de usuarios,  que arreciaba en aquella primera parada  que hacía en mi itinirario diario el ferrocarril. Tome aire con secreto arrojo, decidido a sobrellevar,  con heróica templanza, el abordaje.  Luego me escabullí como pude de todo aquel revuelo de voces,  codazos y  miradas curiosas zambulléndome hasta el fondo de las páginas de mi periódico, que sostenía en lo alto como si fuera un improvisado biombo de papel. Ellas, por supuesto, iban en la avanzadilla de aquel regimiento de estresados insomnes,  con cara de haber pasado una tormentosa  noche con el paciente del Dr. Frankeinstein.  O de llegar siempre fatal y presas del rencor más atrabiliario e indiscriminado a fin de mes.  "Es sólo que han tenido que madrugar mucho", me decía a mí mismo una y otra vez,  por ver si volvía la serenidad y el sosiego de nuevo a mí.  Pero todo esto,  en realidad,  formaba parte de mi laborable y liviano rito de aceptación cotidiana de la Humanidad, en general y en el fondo tendía a parecerse mucho a un tierno cuento de Mr. Disney por comparación,  si aquellas mujeres estaban cerca del lugar.   De hecho, lo primero que se oyó nada más abrirse las puertas fue su estallido afanoso y guerrero de su diaria y marcial arenga. Y  un instante después pude ver   como asomaba enhiesto un energético brazo de quien debía ser su capitana  apuntando con su afiladísima uña muy roja en mi dirección.  Y  al instante todo el colectivo entero se vino hacia mí,  compacto y decidido en una sola y muy bien organizada arremetida, como si fuera el cuerpo de una sola mujer, como si fuera la embestida mortal de una extraña,  y algo descoyuntada,  bestia de cinco pares de pies. Una  gigantesca y furibunda bestia que se encontrara  en la época de disputarse a muerte con sus enemigos la propiedad de un territorio imprescindible para poder sobrevivir. Por supuesto disponían de por lo menos treinta metros más de vagón,  con las mismas o mejores posibilidades de acomodo que a mi lado,  para celebrar su matutina asamblea pública.  Pero debería flotar en el aire aquel día cierta atmósfera propicia a la telepatía más instintiva y despiadada.  De esta forma sólo se puede entender que pudieran  olfatear al unísono conmigo desde el primer segundo mi nula capacidad de escapatoria. Recordé con nostalgia casi plañidera como una mañana de hacía un par de semanas, en la que el tren respiraba mucho más desahogado, yo tuve tiempo y reflejos para levantarme de mi asiento y desplazarme, casi sin que nadie se diera cuenta,  como si fuera un vertiginoso resorte de feria,  al  otro extremo del vagón, incluso una decima de segundo antes de que las marus se enfilasen en mi dirección.  Pero  ahora recordaba con melancolía como  aunque  en mis anteriores trayectos  me había acompañado también el horrísono sonsonete  de sus tertulias, que  perforaba todos los rincones del aire con posesiva y amenazante avidez, éste  llegaba a mí ya con cierta sordina, como un rumor   amortiguado por su lejanía y la proverbial aglomeración del pasaje,  que yo utilizaba como muro protector, como  si fueran sacos terreros de barricada o trinchera indispensables para poder yo continuar con la lectura de mi diario y de paso sobrevivir.  

Pero aquella mañana se habían acomodado justo en torno a mí, que  viajaba sentado, adjudicándome las marus,  por espontánea y muy soterrada unanimidad,  cierta función, no sabía bien si de piedra de toque,  donde ellas pudiesen experimentar y pulir,  muy a flor de mi piel,  los efectos descarnados de sus corrosivos comentarios, o adjudicar cierta función a mi presencia, decía, de mera mesa camilla,  que hacía a la vez los servicios de florero y velador.  El caso es que parecía que estuvieran muy dispuestas a aprovechar que aquella mañana había comparecido  su auditorio especialmente muy recargado y sumiso por la agobiante falta de espacio y el ambiente como de naufragio absurdo e insomne que destilaba el pasaje en general. Y  sin hacerse de rogar nada entraron todas de golpe y a destajo en materia.  De esta forma,  una mañana  más,  los oídos de la concurrencia empezaron a ser regalados con el popurrí de sus minuciosos análisis sobre las últimas crónicas fucsias y carmesíes recién desbragadas en el Reino, entreveradas siempre, por aquí y por allá, de los más oscurísimos y renegridos sucesos de las crónicas negras del horror y la calamidad,  que habían escupido las televisiones la tarde anterior.  Pero aquella mañana, no sé por qué, parecía que subiesen de todas las estaciones en las que paraba el tren viajeros con inaudita profusión y  el aire y el espacio desparecían  a velocidades infernales a nuestro alrededor. Pero aquellas mujeres, muy lejos de arredrarse,  o de comedir lo más mínimo el tono sórdido, rijoso y vocinglero de su serial, parecía qeu recibiesen cada vez más exultantes, como si fuera un exito personal suyo de su convocatoria, a las ingentes riadas de usuarios, que por allí se iban colocando a medida que llegaban, como buenamente podían y al inevitable alcance de su radio de influencia, o de conferencia, tal vez debería decir. Yo por mi parte me escurría en mi asiento con toda mi arte contorsionista del que soy capaz, intentando aislarme con la misma desesperación, tanto del espanto que me causaban sus sórdidos cotilleos, como del feroz ardor que parecía imanar de aquella enorme mama que llevaba ya un cuarto de hora amenazándome,  haciendo  amagos cada vez más contundentes y cercanos, con  incrustrarme hasta el fondo de mi oreja (hasta la Trompa de Eustaquio, por lo menos)  su pezón.  Miré para arriba de refilón por uns instante a su dueña, quien con sus mejillas muy recargadas de colorete y mostrándose muy exaltada y atrevida en la compañía de su camarilla, se sonreía para dentro tras sus enormes gafas y con la mirada perdida en un ensimismamiento que a mí se me antojó un tanto trasnochado y obsceno, al menos para la hora demasiado temprana que era y el lugar. También podía percibir como de forma paulatina, pero sin pausa,  se inflamaba cada vez más cerca de mí su respiración.  El caso es que la Maru por momentos, y supongo que mi asediada susceptibilidad algo tendría que ver,  empezó a recordarme mucho una visita que le hice en el zoo a un búfalo que debería estar en su época de apareo con toda seguridad. Parecerá muy exagerado o bestial, pero en las emociones y los sentidos no podemos mandar, y además entre la Maru y yo no había ningún foso de seguridad.  Luego sucedió que,  ante la inminente parada en la siguiente estación,  una vez más el tren empezó a descender de forma muy suave su velocidad.  Pero  no sé cómo se las arregló la maru  para atribuirle al convoy, y  con toda campechana naturalidad del mundo, un vaivén inhóspito y brutal. El caso es  que dio de pronto  un tremendo y obelisco meneo,  que acabó estampándome sobre mi cara  aquella mantecosa lava volcánica de sus pechos con la que en ningun momento me había dejado de apuntar. Un   estampamiento mamario demasiado irreductible y prolongado  como para que,  desde el primer momento,  no hubiese sabido que ya no podría emerger de él  con naturalidad y como si no hubiera pasado nada y continuaando  mi resto del viaje con un mínimo  de tranquilidad y pundonor.            

-Pero aquí en esta estación se bajará mucha gente, porque aquí ha habido como un corrimiento en el pasillo- dije de pronto, y como si mi comentario formara parte de una conversación,  de paso que me levanté de súbito, haciendo una suerte de virtuoso tirabuzón hacia arriba para no chocarme con nadie, y volviendo de inmediato a tomar asiento. Pero en la retina se me había grabado a la perfección la estampa de sus maliciosas sonrisas y de la  hipócrita inadvertencia que simularon todas ante el nuevo y prodigioso escorzo que tuve que ensayar al sentarme  para ponerme a salvo del cerco mamario y marujil en general.  El caso es que no parecía que estuvieran mucho por la labor de querer darle a mi reciente pingaleta una interpretación distinta a que se tratase de una especie de presentación de mis respetos y saludarlas con aquella extraña, espontánea y alocada jovialidad. Y para colmo de agobios  del atestado pasillo al final no se bajó nadie en aquella nueva estación.  Pero de pronto sentí como si recorriese un soplo de aire fresco y misterioso por mi ánimo.  Acababa de vislumbrar entre el coro de marujas,  y a unos pocos metros enfrente de mí,  a una muchacha espigada con traje negro, que me observaba absorta en un místico ensimismamiento,  mientras parecía penetrar,  con extrañísima placidez,  todo mi ser  con sus diminutas y afiladas pupilas de ave. Su efecto sobre mí fue tan tonificante que de inmediato me sentí revivir y,  muy animado,  me dispuse a darle un urgente y despreocupado estiramiento y planchado a mi muy arrugada y encogida dignidad.

-¿Y no podría usted, por favor, procurar eharse un poco menos sobre mi asiento?- le inquerí,  con un tono muy educado y despreocupada naturalidad,  a la maru que seguía golpeteándome  mi oreja con sus mega mamas volcánicas cada vez con mayor destreza y familiaridad.

"¡¿Qué pasa, qué dice?!"   "¡El caballero, que parece que le ha entrado de pronto miedo a quedarse sin aire!"   "¡Respire,  respire tranquilo,  no vaya a quedarse sin aire, caballero!"   "¡Uy,  cuidado,  que le da yuyu,  que le da yuyu,  al caballero!"    "¡Hay que ver... Cómo venimos todos aquí...  y ahora el caballero ahí sentadito,  parece que le va a dar  miedo de que la gente se le vaya a arrimar!"   "¡Uy, que se le corta la respiración!"   "¡Claro, es que como nos echamos  todas sobre él!"   "¡Yo flipo,  yo es que flipo con el tío este!"

Había un adolescente  delante de mí,  que en lugar de solidarizarse conmigo, o siquiera comprender lo injusto e inexcusable de mi situación,  se sonreía mucho de medio lado, regodeándose en el  burlesco escarnio  que  aquellas  mujeres hacían sobre mí. Ni siquiera me miraba,  como si diera por hecho que sólo sobre un mindundi,  o especie vergonzante e inmunda de usuario de tren se podría desescombrar tamaño cachondeo y desdén.      

Abundaban mucho las mujeres en el aglomerado de gentes que se hacinaba en el pasillo del vagón.  Y de este aglomerado de pasajeros me llegaba su  risa coral sin cesar, y no sin  ciertos acompasamientos encrespados, que parecían fluctuar por momentos entre el rugido asesino y el más atroz rencor.  En cualquier  caso todo el mundo parecía celebrabar en el pasillo con salvaje sorna cada una de aquellas  chanzas y soflamas de las marus que me ridiculizaban.  Por un minúsculo resquicio que encontré entre los apéndices mamarios de la maru,  volví mi mirada hacia ese emplasto de gente del pasillo y me pareció contemplar que todas sus dentaduras se batían en un estruendo  de risa e insoportable ferocidad. Otras mujeres sentadas a mi alrededor permanecían  con sus rostros sumidos en un hieratismo pétreo, impenetrable, casi  abisal.  Parecía que de pronto existían dos corrientes sociales  o razas que no  se pudieran entender, la masa del pueblo que iba de pie y la minoritaria aristocracia que iba sentada.  Por lo demás, la joven del misticismo de ave parecía contemplarme ahora abstraída,  como si yo fuera un animal extraño que fuese trasnportado en aquel tren  por algún incomprensible  ensañamiento de los dioses o algún fatídico y mortal error. Pero yo me reanimé de inmediato con sólo verla y me desentendí de todas las burlas y  puyas de aquel quinteto de la muerte con mucho coraje y determinación.

Unos minutos después aquel cubil rodante llegó a la siguiente estación y empezó a aligerarse de forma ostensible de humanidad.  Y cuando aun no había empezado a resoplar de alivio al ver desaparecer por la puerta a las marus ante mí,  se asomó de pronto una de ellas muy enrabietada , intentando intimidarme con el filo terrible y rampante de sus enormes uñas rojas y el salvaje temolar de sus rubias mechas de tigresa.  "¡¿Ya se ha quedado tranquilo, caballero?!   ¡Aproveche para respirar bien, aproveche!   ¡Eso, ande, lea, lea, el periódico!   ¡Cómase las letras!   ¡Ustred coma, coma letras!"        

Poco después al bajarme en mi parada,  creí percibir cierto atisbo de interés y curiosidad en la chica del traje negro,  cuando se cruzaron por unos instantes nuestros ojos al caminar  uno al lado del otro por el andén.  Y otra vez me sentí de súbito muy animado al  verme ya fuera de peligros mayores y regodeándome en la jornada que,  felizmente aburrida y rutinaria,  se brindaba ante mí.

Naturalmente a la mañana siguiente tomé mis precauciones. Decidí llevar el asunto todo lo lejos que hiciese alta. Y hubiese ido más lejos aun si hubiera tenido más vagones el tren. Con cierta medrosa excitación, y mi dignidad aun un tanto temblorosa y malherida, opté por darle la vuelta por completo al asunto, por así decir. De tal forma que en lugar de subir al primer vagón del convoy,  como era mi costumbre, intenté exorcizar todas mis aprensiones buscando mejor suerte en el último.  ¿Qué suponía gastar una pequeña calderilla de mi dignidad cuando estaba en juego que la perdiese toda a raudales,  o quién sabe si hasta librarme de un linchamiento o,  incluso, algo mucho  peor? 

Ocupé pues mi asiento en el último vagón y comprobé con mucha satisfacción que éste aun se llenaba de menos viajeros en esta estación inicial de mi diario itinerario. Y por si fuera poco, en la siguiente parada, en lugar de subirse las marus como eracostumbre, lo hizo la chica de la mirada de ave.  quien se sentó bastante cerca de mí.  A mitad del viaje se puso a mirarme  con mucha calma y seguridad.  Y entonces comprendí. ¿Cómo podía ser tan tonto que no me di cuenta antes? La chica del traje negro también había llevado el asunto muy lejos. También le había dado  la vuelta a la situación.  Ella también había cambiado aquella mañana de vagón, eligiendo  justo el de cola como había hecho yo.  Muy probablemente para evitarse tener que volver a verme sufrir tanto como ocurrió la mañana anterior, pensé.  Entonces sentí tal emoción por mi descubrimiento que me pasé todo el viaje musitando un alegre tarareo,  mientras no dejaba de comer letras en mi periódico, una tras otra,  letras y más letras, como si fuera un bulímico adicto a la tinta que ya no se pudiese contener más. 

Pero la mañana siguiente vino acompañada de no pocas y ajetreadas sorpresas . Uno no puede apearse cuando lo desea de este mundo a lo Groucho.  Entre otra cosas porque nunca parece que haya nadie lo suficiente amable o importante como para querer o poder  pararte  el mundo para ti.  Por no poder,  ni siquiera a veces parece posible que uno pueda apearse de un simple tren de cercanías cuando más necesitas hacerlo.  Pero si lo intentas con todas las fuerzas tal vez si lo puedas conseguir. 

Sí, las marus volvieron a irrumpir en mi vida otra vez. Y lo hicieron detrás de mí por una puerta no demasiado alejada de mi asiento y con esa rencorosa euforia y ansia de devastación  que sólo los seres más desalmados y contumaces pueden albergar en su enfermo corazón.

-¡Aquí, aquí! ¡Chicas, aquí! ¡Vamos, vamos! ¡Aquí, rápido!

Muy sobresaltado me asomé por encima de mi periódico sin poder dar crédito. Pero la situación no parecía muy halagüeña, que digamos.  Vamos,  que todo parecía indicar que no me podía andar precisamente con demasiados escepticismos sobre la cuestión.

Sólo entraron dos marus en el vagón. Se conoce  que,  tras su fracaso en localizarme la mañana del día anterior,  y en aras una mejor eficacia en su  misión, se dispersaron en varios comandos. Y  muy eficientes y exitosos,  por lo que acababa de comprobar. Así que sin perder ni na instante se precipitaron con inusitado ardor bucanero hacia donde estaba yo.  Por supuesto que a continuación pretendieron trivializar o disimular su abordaje como podían, supongo qeu  con la excusa de que estaban libres los asientos de mi alrededor. Pero este detalle circunstancial, el que hubiese espacio libre a mi alrededor,  no era más que una insultante y vejatoria pamplina de muy mal gusto para mí.  Pues no sería porque no hubiese un buen número de asientos libres aquel día en otros lugares del vagón. Y en todo caso,  aquellos intentos trasnochados y absurdos de hacer pasar por natural  o casual nuestra situación,  sólo conseguían acentuar el carácter perverso y sádico  del calculado asedio que habían tramado contra mí.  Así que,  no bien se acababan de sentar junto a mí las dos marus, yo me levanté con muchos reflejos y  rapidez.  Yo por mi parte también intenté darle el mayor aire casual e impersonal posible a mi estampida.  Pero tampoco tuve demasiado éxito, como comprenderán.

-Gracias, caballero- aun le dio tiempo de soltarme a la maru de los coloretes y las ubres vacunas,  con toda la resentida y venenosa sorna  de que era capaz. Que era muchísima, la verdad.

Yo por mi parte recorrí mi camino hacia alguna de las  puertas de salida del vagón a toda velocidad.  No sin dejar de lado mis  simulaciones de  ser presa de algún  olvido o despiste.  Sólo por fastidiar a las marus, claro está.  Bueno, y también, supongo,  porque alguna vergüenza torera también me daba huir de una forma tan despavorida  y  atropellada.  Después de todo sólo eran un par de  marus. O sea, que también puse  mucho cuidado y mano izquierda ala vez, para que no se sintiesen demasiado aludidos aquellos ojos que yo sentía con toda nitidez clavados en mi espalda inyectados de rencorosa ferocidad.  No convenía nada en absoluto exacerbar o azuzar demasiado en las marus sus naturales instintos de jauría, que ya de por sí estaban muy desatados, porque nunca se sabía cuando la cosa se podría poner fatal.   Por de pronto me observé,  con mucho asombro,  una gracilidad y un dinamismo en mi desconocidos. O que al menos  no recordaba haber tenido desde que tenía trece años de edad y caminaba por las ramas de los árboles como si éstas  fueran baldosas de un paseo marítimo,  o yo fuera  un mono muy ágil y apañadito de Madagascar.  El miedo no es que sea libre, pensé, además es que practicamente puede volar. Al menos si eres lo suficiente decidido o valiente como para echarte a correr como un loco delante de todo el mundo, sin ninguna vergüenza y pudor, ni miedo por el qué dirán.   Y yo creo que hasta  me llegué a sentir en algún momento levitar por el pasillo del tren. O que,   incluso,  no formase siquiera parte de la materia orgánica ya.  Y un instante antes de que se cerrara la puerta  logré salir del tren.  Aunque la verdad es que  todo fue tan rápido, tan efervescente y extraño que siempre he tenido dudas de si no la atravesé.  Pero tuve tiempo aun así de ver muy de soslayo a la chica de los ojos místicos, pero me pareció que volviese su cara al verme hacia el cristal de su ventana de al lado, como si estuviera muy indignada y dolida por lo sucedido. Y esta actitud suya, una vez ya a salvo en el andén, me llenó de entusiasmo y esperanza y alejó de mí todo susto y preocupación. Y, desde luego, no me importó nada tener que viajar de pie en el siguiente tren, que me llevó con cierto retraso a mi oficina, por lo demás.    

Ya en casa por la noche,  después de la cena, hice un concienzudo estudio de mi grave situación creada con las marus. Decidí  probar suerte en un vagón que estuviese situado a la mitad del convoy.  Me situaría en el lado opuesto al de embarque de los pasajeros,  para controlar mejor.  Me escondería además  detrás de toda la abertura que mi periódcio pudiera dar de sí.   Lo cierto es que a aquellas alturas de mi nueva vida de furtivo de las marus,  la antigua comodidad de mis treinta minutos de viaje en ferrocarril antes de que ls hubiese visto por primera vez, se me antojaba como el preciadísimo recuerdo de unas lujosas vacaciones en el Orient Exprés.

Aquella mañana todo en mi  viaje hacia la oficina transcurría  de maravilla. Yo iba muy cómodo en mi asiento leyendo mi periódico y no dejaba de celebrar,  aunque aun  con cierta temblorosa moderación, el gran éxito que había tenido mi nueva estrategia de subirme en un vagón a la mitad del tren. Pero a mitad de mi trayecto, y con el tren a toda velocidad,  de pronto aparecieron todas las marus por la puerta del extremo de enfrente  del vagón.  Me descubrieron enseguida, porque  yo creo que me conocían ya hasta por la forma en que me tapaba por completo mi periódico. Así que, como no podía ser de otra forma,  de inmediato todas las marus empezaron a dirigirse muy decididas hacia mí.  Y lo cierto es que en esta ocasión las marus exhibían un aire de bambolenate y temeraria intrepidez demasiado impresinonante para mí.  Yo creo que si las marus se hubieran bebido al desayuno varias botellas de whisky no hubiesen conseguido aparentar semejante melopea demente y brutal,  como era aquella a la que parecía inducirlas el constante vaivén del tren.  El arrojo y decisión, en cualquier caso,  con el que se dirigían las marus a mi encuentro eran de  tales magnitudes,  que aunque yo juraría que apenas me moví,  ni que dije nada,  me dio la sensación de que al menos ya medio pasaje se había enterado  de  mi ataque de pavor. 

(Continuará.)     

13/09/2007 22:51 Autor: unhogarenlosabismos. Enlace permanente.


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