Amores lagartos

¡Ah, aquella serie de los lagartos extraterrestres...!  En muchas ocasiones me pillaba su transmisión en ciertos garitos a la otra orilla del río, en el lado más difamado, inexplorado y laberíntico de esta milenaria y monumental ciudad. Garitos que parecían flotar en perennes nubes azules de humo de tabaco y estar transidos de sensual melancolía,  tal vez a causa de  los vahos centenarios que despedían , como si fuera un aliento de eterna embriaguez adormecida,  sus enormes y cercanas bodegas de cerveza y de ron. Por no hablar, por supuesto,  de las fragancias de bourbon y del sexo más selvático y fortuito, casi marítimo, que yo haya conocido jamás. Quizás demasiado marítimo y selvático  para mí, pero en fin... No precipitemos los eventos y el desenlace del relato  nada más empezar.

Aquellos antros tenían fama además de preparar las mejores sopas de whisky caseras de todo el continente, incluida la sorprendente Albión,  y de destilar el más soberbio y flamígero sexo de toda la ciudad. Y una vez que ponías tu primer pie sobre el suelo de algún local de aquellos pasabas de forma inmediata a formar parte muy importante e indispensable del lugar también, como si fueras una pieza necesaria más para que toda aquella turbadora destilería de lujuria exquisita   y de deslumbradores pensamientos oscuros no se resintiese en su mecanismo y no dejase nunca de girar.  Todo allí, en fin, rezumaba una atmósfera tan out sider, tan fuera del sistema, el orden, y las leyes del mercado y la demanda del contribuyente cumplidor y responsable, como pudiera rezumar todo esto antes dicho yo mismo, al menos  en mis más apuradas y brutales turbulencias de desasosiego metafísico y existencial.  Turbulencias que siempre aparentarán  ser más sugerentes y profundas si las titulamos así, como metafísicas y existenciales,  siempre que nos referimos  al  caos en que subyace, o directamente desaparece,  nuestro pobre y amedrentado espíritu,  cuando se cierne sobre él las inexpugnables fiebres del sábado noche con su rutinario tsunami hormonal. En definitiva y para resumir, hablo de sexo pirata, sexo aleatorio, sexo a la ruleta del rojo y el negro, sexo casi caníbal, sexo para las élites más vanguardistas y la créme de la créme más condenada y marginal de mi ciudad.  Sï, yo en aquellos palacios incendiados de depredación humana y sexual tenía también todos los sábados mi correspondiente y reservado lugar.    

La enorme pantalla de televisión constituía siempre una magnífica coartada para hacer como que me interesaba mucho mirar como se despellejaba su última pátina de supuesta piel humana alguno de aquellos lagartos extraterrestres, quien de pronto se había cansado de tanto paripé en el que se hacía  pasar por humano,  y reivindicaba ya sin menor disimulo y a las claras,  incluso con desafiante desfachatez y orgulloso furor,  su naturaleza extraterrestre y reptil.

Gracias a la magnífica representación de mi papel de televidente enfrascado en lo que sucedía en la pantalla de televisión conseguía darle cierto pretexto natural a mi exhibicionista soledad en el lugar. Y cada vez que asomaba un trozo de pellejo de reptil bajo la piel de un personaje que hasta ese momento todos creíamos que se trataba de un terrícola muy patriota y planetario a carta cabal y ejemplar, aprovechaba para reirme con toda la ostentosa y feroz obscenidad de la que era capaz,  poniendo en marcha toda mi estudiada y ensayada mecánica de coquetería y seducción, pero sobre todo concentrándome en exhibir  mi poderosa y reluciente dentadura en todo su depredador esplendor. Mi boca,  ya desnuda de todo rastro de arrobo y timidez,  se abría  entonces como  un fruto rojísimo y salvaje, protegido,  como si fueran una especie de bellísimas espinas de marfil,  por una hilera muy blanca de incisivos y caninos muy moldeados y regulares, que eran objeto de miradas muy intensas y sensitivas por parte de las mujeres que habían oído mi salvaje  risa a mi alrededor.  Los hombres, por contra,  muy epatados por el impacto de la visión,  no sabían después muy bien donde posar sus ojos, si no es que caían en un medroso y muy acomplejado ensimismamiento circunstancial.

Pero a medida que los extraterrestres lagartos empezaban a pavonearse con mayor descaro y despreocupación, dejando al descubierto sus rugosas y verdes pieles de reptil,  como si se aprovecharan  de su  parapeto inabordable en la  pantalla de televisión para ponerse a salvo, el ambiente en el mega bar se iba caldeando cada vez más,  y parecía que todos los presentes nos sublevásemos en una especie de arrebato de rijosa y enaltecida marcialidad, en una especie de orgullo de especie y denominación de origen galáctica y planetaria. Parecía que hubiese que poner a salvo a todos los ejemplares humanos del sexo contrario que en ese momento estuviésemos reunidos  en el local. Había que poner en marcha muy rápido nuestra improvisada celada   de solidaridad terrícola y sensual a la que yo estaba invitado como un participante más.  De hecho, mi oferta personal de desgarro emocional y psicisomático, que lucía como si fuera un blanquísimo cartel de venta o alquiler entre mis abiertos y sonrientes labios, no solía tener competencia  a esa hora, como entre dudosa y muy proscrita de la anochecida del sábado.  Al menos no la tenía en todo aquel distrito,  tan calumniado y maldito,  situado en la misma  ribera del turbulento río,  que atravesaba sigiloso el extremo más oscuro de la ciudad. Y era uno de mis mayores placeres entonces aspirar con parsimoniosa y oculta delectación los aromas de temblor hormonal y sanguíneo de toda hembra que se preciase de serlo, cuando caía atrapada  su febril mirada por unos eternos momentos en el cepo incendiado y abismal de mi sonrisa, coronada siempre por el misterio glacial de mi impenetrable mirada gris.

Mientras, por supuesto, permanecía al tanto de si, por fin, alguna macizorra de turno se daba por enterada de que lo más interesante del local le tenía echada la mano al cuello de mi botella de birra de importación. Una botella de cerveza que agonizaba en realidad ya en mi mano, sin burbujas ni asomo del menor pálpito de vida, como un caldo absurdo y extemporáneo, como un biberón etílico de un monstruoso y libidinoso bebé sin cita ni compromiso alguno y que no supiese nada sobre todo lo que sucedía  delante de sus narices allí.

Pero había que aparentar rutina, naturalidad. Yo tenía que saber estar a la altura y demostrar que era un cliente más que estaba adaptado a la perfección a aquel festivo y excitante ritual de todos los anocheceres del sábado en aquel  lado más brumoso y oscuro de mi ciudad.

Poco a poco las mujeres de caderas más voluptuosas, labios más dulces y carnosos  y pechos más amables y gentiles iban desapareciendo tras las cortinas de los reservados más cucos y lujosos del local. Caminaban sobre sus mayestáticos zapatos de aguja muy concentradas y seguras, como si atravesaran  algún  precipicio que les resultase muy conocido,  pero del que,  sin embargo,  no se fiasen demasiado, como si detrás de cada paso les pudiera acechar una muy dolorosa y familiar traición. Eran mujeres abismadas en los humedales ondeantes de su ingobernable pasión y,  por lo común, muy bien  cimbreadas por su talle por el musculoso brazo de algún muchachote empalmado y cimarrón, que seguramente habitaba en ese lado emboscado, oculto  y huidizo de la ciudad.  

El cotarro empezaba entonces a animarse,  y  una especie de misteriosa vaharada de salvaje y libidinosa esperanza parecía haber empapado,  hasta los mismos huesos,  las ardorosas carnes en celo de todos los clientes del local. Y todo el mundo,  muy embriagado ya por aquella intuida y preclara sensación de buena suerte inminente que se  avecinaba,  parecía haberse puesto a competir en un concurso de  elegancia y discreción, porque era indispensable saber guardar un tenso equilibrio de muy excitante y contagiosa hipocresía,  para allegarse con mayor empuje y éxito  a la siguiente oleada de lujuriosa emancipación.      

Entonces no debía pasar demasiado tiempo para que Rosaura se pusiera en marcha para salvarme de aquella situación,  que siempre podría resultar demasiado azarosa e imprevisible para mí.  Unas veces era ella misma quien creía que había llegado el momento.  En otras ocasiones era yo mismo quien le hacía desde la barra del mega bar alguna señal muy discreta y convenida con mi mano,  rascándome, por ejemplo,  mi cabeza con cierta desesperación y avidez.  Rosaura,  mi dulce y fiel Rosaura, mi enfermera eslava y amantísima compañera, siempre tan atenta al menor de mis gestos y ademanes, no tardaba entonces, desde el extremo más lejano del local,  en acercárseme sin apartar ni un instante su fogosa mirada de  mí.  Ya a mi lado,  se colocaba sin mayores demoras a mi espalda, y como si fuera el gélido almirante del más soberbio y poderoso barco rompehielos, abría un surco en medio de aquella lasciva aglomeración de carne encelada,  conduciendo mi silla de ruedas hacia la salida del local con  vertiginoso aplomo y resolución.  Rosaura siempre permanecía incólume a las miradas de curiosidad o estupefacción que pudiera suscitar a su alrededor.  Con su mentón  en todo momento distante y altivo y su temple enaltecido y acerado de zarina de la noche, parece que en todo momento  quienes se le ponen por delante  deban darle sobre sus molestas presencias algún tipo de explicación.  Mi amantísima Rosaura no pierde ni por un instante entonces su maestría matemática de mariscal de campo,  que marca el rumbo fijo a mi descarnada y aterida excitación, el rumbo fijo e inexpugnable de mi infinita y feroz ansia de pecado intergaláctico y cuerpo de humana mujer. Entonces yo  ya no puedo  apenas soportar ni un instante más de demora para dejarme desbocar muy abrazado a ella por los acantilados de sus pechos enfebrecidos y mi desesperación carnal. Y siempre parece que,  en esos momentos de nuestra despedida del local,  hubiese una miríada de caballeros que hubieran  puesto en almoneda sus almas, y hasta sus cuerpos,  para intentar cambiarlos por el aparente despojo del mío, por ocupar mi privilegiado lugar de ser archi mimado y protegido a muerte por aquella despampanante mujer, por mi fiel y amantísima  Rosaura. Porque Rosaura,  todo hay que decirlo, aunque no debiera hacer mucha falta ya,  está como un bombón vienés, o sea, con mucha sorpresa de licores y  jugos silvestres arremolinados muy al fondo de su inabarcable y escurridizo sabor.  Todo esto es verdad, lo de su inabarcable y escurridizo sabor a bombón vienés, digo,  que son ya innúmeras e inolvidables experiencias,  al respecto del sabor de Rosaura,  de las que podría dar fe,  pero ¿qué sabrían aquellos tipos sobre cuál podría ser mi verdadera suerte y situación  en esta vida,  en realidad...?  ¿Acaso tendrían ellos la cuarta parte de la imaginación requerida para saber estar bajo mi piel?  ¿Acaso siquiera sabían ellos cuál era mi  verdadera piel?  ¿Lo sabes tú acaso, lector?

Ya en la calle,  nos dirigíamos con paso muy precipitado acera adelante,  presos de un frenesí de deseo que,  de continuo, suele estar muy salpimentado de trompicones y sobresaltos que incendian aun más nuestra terrible e insufrible ansiedad.  Luego entramos en el primer portal envejecido y medio abandonado cuya puerta podemos franquear sin mayor peligro o indiscreción,  y,  ya dentro,  Rosaura  se sienta frente a mí sobre mis pantalones medio desvencijados y abiertos por la entrepierna, que parece una atroz y mortal herida de  abrupto deseo y horrenda soledad.  Una herida descarnada que empieza poco a poco a hacer muy sentida y enternecida amistad, desde su oscuro e insondable fondo, con la balsámica y dulce vulva de su amor, de mi amor, de mi Rosaura amantísima. Y Rosaura prosigue, con sus casi imperceptibles balanceos sobre mis pantalones,  vilmente acartonados y casi vacíos,  de engandro hombre lagarto. Un hombre lagarto que empieza a sentir,  de forma muy paulatina,  como toda su sensualidad imposible,  o sea, la mía,  de criatura de dos mundos separados por una distancia casi infinita en el firmamento,  empieza a ser atravesada por un candencioso e inexplicable ondeo, como de  pluma de ángel caído,  de ángel amoroso,   de ángel secreto y terriblemente humano,  de dulce ángel  guardián de mi placer más indómito y sobrenatural.

Sí, lo he escrito bien, y hay que entenderlo tal como suena y se puede leer, sí, yo soy un extraño e inédito engendro de hombre lagarto, un híbrido de ser humano y extraterrestre reptil,  que fue despreciado el mismo día de su nacimiento por todos los ejemplares de su media genealogía de sangre fría y escamosa y que habita en un lejanísimo lugar,  casi en el otro confín del Universo. Sí, soy un híbrido intergaláctico que fue abandonado en la Tierra por sus primos hermanos de especie extraterreste y reptil,  en el momento de regresar a sus ignaros mundos que se encuentran al otro lado de la bóveda celeste.  Y no me cabe ninguna duda de que hubiese sido abandonado por mis medio congéneres humanos también en aquellos misteriosos mundos reptiles de insondables lejanías, a los que pertenece la mitad de mi ser,  si hubiesen sido los humanos quienes después de visitarlos, partiesen,  de vuelta de aquellas ignaras galaxias,  a éste su terrícola hogar. A no ser, supongo,  que figurase entre la tripulación de la nave algún doctor chiflado,  ansioso de un nuevo conejillo de indias con el que experimentatar las monstruosidades que su razón científica soñó. O algún sacerdote a la antigua, tal vez, de aquellos que dicen que todas las criaturas con vida son de Dios, aunque todas el Demonio se las pretenda arrebatar. Pero los hechos fueron que una vez aquí, en el planeta Tierra, y abandonado por mi familia reptil en la calle,  a las puertas de un convento de clausura teresiano,  como si yo fuera un bebé humano no deseado más,  la suerte estaba ya echa para mí: no hay hijo, por extraño, incomprensible o inconcebible que nos resulte,  que no sea querido a los ojos de Dios,  y, por tanto, que no sea también querido a los ojos de sus fieles siervas del Corazón de Jesús. No cabe duda de que mis parientes lagartos sabían lo que se hacían. No sé cuánto tiempo habrían permanecido en la Tierra, pero,  por lo que respecta al arreglo que encontraron conmigo,  parece que no andaban muy mal de documentación.  Seguro que eran demasiado inteligentes para este mundo y encontraron en un periquete la solución, dejándome así a salvo, y sin complicarse lo más mínimo la vida. Al pensar en el convento teresiano de clausura como mi lugar de adopción me salvaron, por ejemplo,  de ser carne de revista de ciencia y de  laboratorio de experimentación. Por no hablar de la televisión basura y la prensa canalla y del chismorreo, o los telediarios de Antena 3,  que pondrían a millones de famosillas y busconas en órbita para conseguir conmigo a toda costa algún lío o affair, y que pretenderían luego vender como unos amores intergalácticos e indestructibles de proyección eterna y universal,  que al día de hoy sólo son capaces o están interesadas en  vivir en secreto con su perro de aguas, su senegalés de saldo o su favorito consolador de titanio, sólo es un suponer. Y tampoco podrían los humanos hacer ninguna de estas barbaridades mencionadas, decía,  porque, entre otras cosas, no son lo suficientemente intuitivos e inteligentes como para impedir que les haya tenido toda mi vida engañados.  Y por lo que se refiere a mis matronas y patrocinadoras circunstanciales, las madres teresianas de clausura, como sólo cabía esperar,  sólo vieron en mi estrafalaria singularidad orgánica el típico fruto mortal e inocente del humano pecado, un fruto, el del humano pecado, nunca  demasiado absurdo o surrealista para quien está muy bien pertrechado de la verdadera Fe. Vamos, que mi caso era para mis monjas adoptantes de manual, no les ofreciía mayor misterio o complicación, y, como tal,  como fruto inocente del humano pecado que las madres me sabían, había que librarme a toda costa de todo peso de ajena inmoralidad,  o  carga de culpa,  de los que yo era inocente de toda solemnidad. 

De otro lado, también hay unas leyes que cumplir y un respeto mínimo a la dignidad de la persona que es de preceptivo cumplimiento en un Estado de Derecho, aunque de persona, ya digo, apenas se llegue en mi caso, en su sentido más literal y objetivo, ni  al cuarto y mitad. Y por si necesitase más ayuda para sobrevivir en este planeta medio extraño para mí, lo cierto es que a medida que  crecía y me desarrollaba como un niño más,  hasta pasaba por  resultón al lado de muchos discapacitados humanos. No  olvidemos que yo era un híbrido de ser humano y extraterrestre reptil de lo más sano y normal. Vamos, que en mi adolescencia y juventud  tampoco era muy extraño que casi necesitase hacer uso del agua hirviendo para apartarme a mis admiradoras de alrededor.  Admiradoras que confesaban,  sin ningún tapujo, encontrarme un no sé qué muy especial. Y es que hasta al lado de muchos humanos  normales no dejaba uno de tener también su sex appeal, su cosa y su aquél. Incluso para las mujeres más experimentadas y maduras, había algo en su gran bagaje vital que  les avisaba de que anidaba un misterio muy singular dentro de mí,  y que siempre les ha  resultado muy interesante de descifrar. Y en lo que a mi seguridad y discreción se refiere,  una vez criado de niño por mis matronas teresianas,  fue muy fácil para mí camuflarme entre los humanos como un humano más, ayudándome siempre de este séptimo sentido que los hombres muy lagartos solemos tener y nunca nos suele fallar. Y ni los mismísimos animales se han dado  cuenta jamás de que laten en mí dos dimensiones de especies diametralmente excluyentes la una de la otra, don universos, en teoría, inencontrables... Dos universos inencontrables...  pero atrapados, muy atrapados,  en un solo destino dentro de mí.  Un destino, que, por lo demás, confieso que ni como humano, ni como lagarto, nunca he logrado atisbar con un mínimo de claridad por ninguna parte.

Sí, soy un híbrido interplanetario de ser humano y reptil, quien ha tenido que camuflarse o disfrazarse de una especie de parapléjico poliemelítico,  aunque con mucha marcha e indudable sex appeal, ya digo, para poder pasar mejor desapercibido en esta hostil sociedad humana, que mira con tanta extrañeza y desdén, en muchas ocasiones,  a las otras especies, en este monolítico y despiadado desierto de humanos.

Rosaura, como, por lo demás, hacen también mis parientes lagartos, siempre acaba por columpiarse cada vez más alto y más fuerte sobre mis pantalones abiertos y desvalijados de casi todo rastro humano, sobre mis pantalones casi esquilmados de todo canon humano de armonía y belleza,  a causa de  un atroz y voraz capricho  que los dioses de la sensualidad y de lo efímero siempre tuvieron conmigo, desde el mismo instante en que la vida me alumbró en este extraño mundo, en este planeta Tierra, a la vez tan espantoso y bello como para poderlo soportar  sin la medicina preventiva de  mi amor sobrenatural, sin la poción milagrosa de amor  de mi Rosaura amantísima.

Una vez acomodados y relajados en el apenumbrado y olvidado portal,  Rosaura deja que me despeñe con toda mi pasión por los tiernos y altivos acantilados de sus pechos, que siempre me ofrecen  a temperatura ambiente mi cuartillo de tibia leche maternal, que yo succiono muy ansioso y aterido de vértigos y desamparos inefables. Una tibia leche maternal  mezclada con la convulsa y placentera  secreción de mis lágrimas de amor. Una mezcla de sabores que termina siempre por dejarme en la garganta un extraño regusto a elixir, que nunca sé muy bien si es de vida o de muerte,  pero su inconfundible sensación a milagro no se aparta en todo el resto de  la noche ya de mí.  De paso, Rosaura, sin perder ni por un instante el ritmo de nuestra serenata nocturna de amor, alivia con el bambolenate hervor de sus desnudas nalgas el tormentoso trasiego de placer sin límite que electrifica la inflamada punta de mi cimbreante cola de hombre lagarto. Y todo se convierte entonces en  una eclosión de amor interplanetario  y abismal, salpicado por nuestra frenética y extraña zarabanda de compulsivos  y sinfónicos gemidos de amor, que parecen correr  entre dos torrentes paralelos de placer, entre dos mundos nacidos y destinados a no conocerse jamás, programados a conciencia,  tal vez,  para ignorarse el uno al otro durante toda la eternidad.  Y un aura como demasiado sagrada parece que empieza a empapar hasta el fondo nuestros cuerpos y nuestros espíritus, como si hubiéramos desmontado el último tabú o secreto que le quedase en pie a nuestro común Creador, como si todo en nosotros fuera una suerte de  prodigio de furia cristiana y caridad sensual bien entendida, y nunca mejor recompensada  por el inmenso amor y placer  que sabe siempre devolvernos con creces nuestro receptor. Y  más tarde,  tras todos aquellos  aludes de pasión intergaláctica y carnal,  muy poco a poco vuelve a mí, en muy dulces remansos, mi proverbial templanza de ánimo, mi confortable lucidez de témpano cartesiano, pero, sobre todo, y por encima de todas la cosas, mi flemático orgullo de Eximio Presidente del Ilustre Colegio de Registradores de la Propiedad del Estado. Y torna a adornar de nuevo mi semblante mi acostumbrado brillo de serenidad y virtud, mientras Rosalía y yo, de vuelta ya a nuestro hogar, cruzamos las primeras sombras de la noche por el centro de la ciudad. Y siempre procuramos coincdir en nuestro itinerario con las iglesias, parroquias y sedes de partidos y de ONGs, que a esa hora es muy frecuente que abran sus puertas de par en par  para dar salida a sus feligreses o afiliados que acaben de celebrar su última misa, reunión o comité.     

Es entonces un verdadero éxtasis de comunión y paz indecribtibles el que me proporcionan estas elegantes y singulares damas,  que acaban de terminar sus reuniones y ceremonias religiosas y sociales, cuando me saludan y me conceden de muy buen grado su más selecta y entregada atención.  No en vano son las mujeres del mayor  y más exquisito prestigio solidario y cristiano de toda la ciudad.  Mujeres que,  con sus misales,  o folletos de su asociación política o no gubernamental, aun bajo sus brazos, cogen mi mano entre las suyas y requieren mi opinión sobre alguno de sus asuntos espirituales o políticos,  o sobre cualquier menudencia mundana, y siempre  con la más humilde y sincera adoración.  Y qué decir cuando,  con cierta frecuencia, algunas de estas damas besan mi mano y la demoran  durante minutos enteros entres sus musitadores y aturdidores labios... Entonces,  al recordar el bálsamo milagroso de flujos salvajes y abismales que aun envuelve con su misterio de electricidad reptil  mi extremidad, al recordar todo aquel bálsamo de leche materna y  semen de hombre lagarto, al recordar aquel bálsamo de lágrimas intergalácticas y de ecos y susurros que dejaron por toda mi piel aquella bendita resaca de prodigio reptil y sobrenatural...  Entonces siento como mi placer alcanza cumbres divinas y celestiales de genuina y transcendental espiritualidad.  Y una última caricia o carantoña excitada sobre mi rostro, que como contagiada por mi propio éxtasis  me prodiga,  muy jadeante y  ardiente,  alguna de estas distinguidas damas, parece concederme el definitivo visto bueno,  o asentimiento humano y oficial, de que ya no queda sobre mí ni un solo vestigio de posible sospecha, o gélida escama,   ni un solo vestigio o huella de mi naturaleza secreta y oculta de hombre lagarto. Yo soy para estas excelentes mujeres de la mejor y más caritativa y generosa  sociedad, el paradigma viviente del buen cristiano o del mejor  socialista carismático y solidario. Soy la prueba humana irrefutable de que cualquier utopía,  o sentimiento genuino de bondad, es de este mundo y,  por tanto,  posible.  Yo soy la mejor prueba de  que la utopía es posible porque siempre habita en el corazón del ser humano puro, que acepta, como tal,  las limitaciones,  pero también los desafíos,  siempre superables,  de su especie.  Y yo me gozo  lo indecible de sólo pensar que ya no queda ni una sola huella o reminiscencia de mi insaciable, y siempre  traumática, codicia reptil de carne humana, de mi insaciable voracidad de sanguinaria y sobornable selva humana,  de mi desbocada pulsión de pecador de intergaláctica bestialidad con ejemplares de una especie diferente a la mía, que en el caso de Rosaura se abisma en un amor que no aceptaba ninguna frontera de humildad y se pierde con inaudita pasión en insondables sentimientos megalómanos de infinita universalidad.  Siento, en fin, con infinita serenidad, que no queda ningún rastro identificble de mi dolor sin fondo de hijo de madre demediada, de madre huida y siempre ausente,  y ya desde mi nacimiento convertida en la criatura más repudiadora de mi ser, del mismo ser que ella engendró.  De madre fugitiva del recuerdo de mi existencia en los inalcanzables e invisibles horizontes de otras galaxias, que muy probablemente el ser humano jamás conocerá. Todos los males  y los crueles pesares se disuelven entonces al qeudar conjurados al calor y cercanía de estas eximias y admirables damas queson la flor y la nata de la solidaridad.  Y por momentos, creo, e,   incluso,  juraría, que recibo, a través del milagro de sus tiernos cuidados y atenciones,  un mensaje de paz divina y universal concebido para mí  por el Mismísimo Señor Jesucristo en persona,  o  por el  Presidente de la Internacional Socialista,  o por  toda la cúpula de la Logia Masónica  Mundial más universal.  Un mensaje en apariencia algo implícito o críptico, para una persona que desconociera los antecedentes reales y su importancia y ecuanimidad, pero un mensaje muy específico  y personal, en realidad, para quien esté sobre aviso y al cabo de la calle sobre la cuestión.   Un mensaje que pone en mi conocimiento,  a través de estas inteligentísimas y perspicaces mujeres,   que  me lo hacen  llegar con la mayor de las solvencias y estricta confidencialidad,  que  ya estoy  a salvo, que ya no queda el menor atisbo a la vista de mi muy temeroso y escondido estigma, que  mi tranquila y respetable vida de Registrador de la Propiedad y de las hogareñas voluptuosidades de Rosaura, mi enfermera eslava y amantísima, vuelve a seguir su curso natural.  Que mi vida vuelve a ser de nuevo confiada y complaciente. Al menos hasta el nuevo sábado noche, por supuesto,  en el que,  tras una esporádica y brutal crisis de interplanetaria identidad,  todo volverá,  de su mano de nuevo,  a comenzar para mí amparado por su muy humana y comprensiva solidaridad.    

    

 

  

 

 

 

   

11/09/2007 23:06 Autor: unhogarenlosabismos. Enlace permanente.


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