Si yo me enfado

Hoy he pasado por La Marea del periodista y escritor Antonio Pérez Henares y la brutal experiencia me ha dejado, para qué nos vamos a engañar, la víscera muy altiva y el espíritu muy desencajado.  Sé que otros prefirirían mejor decir el  "espíritu enajenado",  porque les suena muy parecido y les rima mejor con la enemistad estulta y tan asquerosilla que me profesan, y que yo no quiero ser ahora tan desalmado como para no dejar aquí constancia de todo el agradecimiento que siento que tanto les debo.

El hilo de marras del blogger en cuestión me ha irritado en lo más profundo, insisto.  Y además reitero. Qué quieren qué les diga. Si lo sé no lo leo. ¡Menuda forma de empezar mis lecturas del día! ¿Para esto jugué yo durante meses enteros tan duro hace veinte años para ganarme un sueldo Nescafé para toda la vida?  ¿Para luego proporcionarme a mí mismo estos disgustos  inexcusables en  mi tiempo libre e ir por la vida de torpe y auténtico canelo? ¿Para esto envié yo a la marca de café mencionada más de veinte envoltorios de sus tarros y con sobres y sellos que corrían, como todos los demás gastos, de  mi cuenta?

A lo que iba. Parece que ahora el afamado periodista, escritor y blogger se ha puesto de pronto muy tierno y le ha dado por una especie de ñoñera mariconería en plan Mr. Disney, o algo demasiado parecido. Así empezó Antonio Gala, con su Troylo y las lágrimas de Boabdil y tal, y ha acabado por salirle del armario del alma el mahometano liberticida y repulsivo, que por lo visto llevaba latente muy dentro, aunque bastante dormido, pero que se le despertó muy envalentonado con la rentrée sanguinaria y carnicera de sus supuestos colegas de morerías y Alianza de Civilizaciones del 11-M.  

El caso es que el citado blogger apareció por su blog a mediados de agosto bastante sonado por una sobredosis de westers y guisos de caracoles pirenáicos, disparando hasta contra el  canario de la jaula, la pestaña de la melindrosa, las moscas del nabo del caballo y todo lo que se movía y aun lo que se estaba quieto, e, incluso, muy atemorizado y escondido.  Pero ahora el pusilánime y cursi converso, como les decía,  nos viene con  que enfadarse es malo para el colesterol y además produce muchos escozores inútiles y arrugas aun más innecesarias y ningún royalty.  Acabáramos.  Nos encontramos con el caso de que quien fue iracundo fustigador, con látigo y borrador automático en mano, de los mercaderes de su propio nick en el templo sagrado de su blog, ahora ha amanecido como una suerte de preclaro apóstol  y promotor de la paz de los blogs y de la Alianza de las Mejores Intenciones. Así empezó a amagar ZP con su discurso de la Paz y de milagro no acabó de un bombazo de realidad fuera de Palacio y con las patitas en la calle, o en su casoplón en las marismas nudistas de Cádiz, por defecto. Pero está visto que hay quien no aprende en cabeza ajena, aunque ésta sea de alcornoque. Porque además, niego la mayor de que este asunto del enfado sea de naturaleza tan democrática y fácil de elucidar y clasificar como pretenden algunos.  Porque, amigos, hay enfados que son para echarles de comer aparte. O para que coman todos del mismo plato. Yo me entiendo. Y espero que  todos ustedes también entiendan al leer las siguientes líneas y en la medida de sus capacidades humanas e intelectivas, que  doy por hecho que no deben ser demasiado elevadas, teniendo en cuenta de las que son merecedoras mi modesta escritura.       

Pues verán, cuando yo me enfado, lo normal es que todas la mujeres, y aun el personal más macho, y, por supuesto, también el neutro,  se aneguen en un extraño éxtasis de perversión jovial, que les impide renunciar a mi presencia a partir de mis primeras exteriorizaciones de malestar y rechazo, hasta tal punto que  ni siquiera esta posibilidad de olvidarse por un momento de mi persona se les pasa un instante por sus cabezas.

Es un hecho evidente, y mil y una veces contrastado, que mi mala leche en carne mortal y en vivo y directo es siempre sobrenatural manantial, o imán, si ustedes lo prefieren, de todos los más asilvestrados y exquisitos placeres animales de mi entorno más inmediato. Esta es mi tragedia  biográfica por excelencia,  y desde nacimiento, que ya reventó en risas el hospital en el que tuvo lugar mi alumbramiento, ante la visión de mis primeros terrores, moratones y zozobradas y ateridas lágrimas. 

Estos  terribles enfados, en los que irrumpe tan a menudo mi espantoso carácter,  producen glamourosa y cariñosa hilaridad hasta en los mendigos más cadavéricos y desauhuciados, que no reciben, ni esperan ya,  ninguna atención de Asuntos Sociales, el barrendero del barrio o del mismo demonio, y que sus memorias han olvidado por completo cuándo se produjo su última risa, y hasta en qué consistía semejante milagro inexplicable y que no venía nada a cuento en sus misérrimas y dolientes vidas. 

Esta misma horrible tonalidad y  textura de mi mala leche son también muy del gusto de los criminales y genocidas más sanguinarios y más acérrimamente enemigos de mi raza, mi  cultura y mi estilo de vida.  De hecho, soy víctima rutinaria de sus regalos y presentes, y de toda suerte de homenajes y concesiones  que sólo están en  la mano de poder proporcionarlos personajes de gran talla e importancia universal, como el Sr. Slim, Mr. Gates... y los asesinos y desfalcadores más prestigiosos del mundo. Para mí, como ustedes comprenderán, esta situación me ocasiona no pocos transtornos en mi fe en la maldad humana, con las correspondientes desagradables sorpresas y aturdimientos continuos que me ocasiona, cuando más desprevenido o despistado estoy , la gente honrada y decente, por así decir, de toda la vida, que nunca sabes bien qué es lo que te pretende vender o a qué aspira endosándote su normalita y  corrientucha mercancía. Porque si no crees en el Mal, o se resiente  tu fe en éste más de la cuenta,  lo cierto es que en esta vida pintas poco, o estás siempre a punto de no pintar nada,  porque el Mal siempre   puede estar  dentro y oculto en un respetable registrador de la propiedad,  o de un lector a primera vista muy halagador y obsequioso, por ejemplo,   quien puede tratarse del más siniestro de los desaprensivos.  Es muy triste no creer en el Mal,  porque luego, si se te presenta por sorpresa, ya digo, a lo mejor ya no tiene remedio, que el Mal suele ser muy rencoroso y no le gusta nada que le ninguneen.  

Como es también natural y lógico, estos problemas cotidianos para mi percepción y supervivencia, que me ocasionan con su generosidad  y desprendimiento hacia mí estos mafiosos, quienes suelen ser los seguidores más fieles y adictos a mi mala leche, se los he recriminado a los interesados en multitud de ocasiones.  Pero, claro, el roce ha hecho ya mucho cariño entre nosotros, y suelen responderme con gracietas del tenor de "¿y quién eres tú para recriminar nada a unos criminales? No nos habías dicho que eras magistrado..."  Y, logicamente,  me dejan desarmado.  Aparte de que no me permiten llevarlas, las armas,  digo,  porque una cosa es que disfruten como locos con mis enfados y cabreos y otra que pueda disponer yo en esos momentos de un arma al lado.  Vamos, que no son tontos.  Y, por lo demás, ni siquiera he hecho Derecho, o sea, que no puedo presentarme a unas oposiciones a magistrado.  Y así con todo. Siempre me pillan. Me dan unos cortes que me dejan mudo. Menos mal que poco a poco  reacciono y se me empieza a hervir mi mala leche, pero que cosa mala, oigan.  Ya  lo creo que hacen bien...  En lo de no permitirme que lleve armas en mis galas y artisteos, me refiero.  Son unos apasionados admiradores de mi autencidad y mi genio, les pirra, de acuerdo,  pero, como es lógico,  siempre hay que poner en todo un orden y unas mínimas normas de juego. Y además, ese tipo de triquñuelas dialécticas y otras burlas y chanzas, que aquí no voy a explicitar más por un mínimo de decoro personal y ciudadano que aun conservo, esos rutinarios cachondeos, decía, demasiado amistosos para mi gusto, la verdad, y con los que tanto gustan en aturdirme  con salvaje  escarnio para ver si consiguen enervarme aun más por todo lo alto, de sobra saben los condenados que suelen tener muchísimo éxito y que acaban por poner siempre, ya les digo,  toda mi mala leche a hervir y al borde del disparadero.  Y es cierto que les monto cada vez un número más original, violento  y terrible.  Yo mismo me sorprendo en muchas ocasiones  con la amplitud y versatilidad de mis registros del cabreo.  Pero todo  al final siempre acaba,  y como es de rigor, con las recompensas de  sus presentes y obsequios, cada vez de mayor lujo y despendolado dispendio.       

Pero, como decía, el público, en general, suele entregarse a una afición desmedida a mi mala uva y despreciable talante,  que en la mayor parte de los casos bordea lo adictivo o patológico. Incluso he llegado a plantearme alguna vez si no debería crear un holding de clínicas de desintoxicación con los ahorros que he hecho gracias al generoso derroche que hacen conmidgo mis fans mafiosos, para mis admiradores más enfermos y deteriorados.  No en vano hay quienes han llegado a llamarme el Velázquez del improperio o el Antonio López de la descalificación y la adjetivación insultiva. Donde pongo el insulto pongo la diana. Y es que sé hacerlos a medida,  por encargo, listos para servir o para llevarse para casa.  Y esto el público más sensible y cultivado lo valora mucho y suele quedarse,  por la emoción y el espectáculo en sí,  demudado.  En otras palabras, mi palabra es la muerte y a la vez la redención.  El placer sutil que proporciona la venenosa melodía de mis descalificaciones e improperios, o, para resumir,   mi corrosiva y deletérea  mala baba, acaba siempre por alumbrar un Fénix de egos renovados y revitalizados en mis víctimas, que jamás ha habido relación íntima, de parentesco directo o profesional de la Seguridad Social que haya podido proporcionárselo, según su propios testimonios y confesiones, que son la mayoría de mis entusiastas seguidores quienes viven con la convicción profunda de que nunca vivirán  tanto como para poder agradecérmelo lo suficiente, según sus propias palabras.   

En multitud de ocasiones estos acosos de irreprimible y empalagosa simpatía a que me somete el público más inmediato y cercano que es víctima directa de mi tremebunda cólera y peor mala leche, decía,  me impelen a recurrir a la fuerza física para intentar escabullirme de sus repugnantes y atosigadores hechizos y adoraciones en los que mi despreciable falta de compostura y educación los deja inmersos, ya que se muestran cada vez más y más encendidos e insoportables a medida que aumenta  también mi cabreo y sentimiento de rechazo. De este modo, y cuando me siento ya muy acorralado y no me queda otra salida,  no escatimo la patada ocular ni el puñetazo genital directo y resuelto, ni hago tampoco ascos y melindres a los restos de cueros cabelludos y de otras partes de la anatomía de mis perseguidores que puedan quedarse apresados entre mis uñas y que me chupo con mucha delectación en cuanto me pongo un poco a salvo o me dan un respiro.  No puedo permitírmelo.  El andar con economías y ahorros con mi violentísimo instinto de autodefensa, digo.  Mis más entusiastas admiradores me lo reclaman, mi espantoso talante antisocial, digo, y cada vez con más siniestra admiración y horrible despligue de simpatía, según se van desarrollando los infernales hechos.  Lo  más frecuente es que toda esa jauría de abducidos y deglutidores fanáticos de mi mala baba  me sometan a una persecución sin tregua por la calle. Por ejemplo, los martes, jueves y viernes, Carrera de San Jerónimo abajo, porque esos días almuerzo en la zona. Entonces me persigue a lo largo de toda esta calle todo ese estridente y horrísono zumbido de pisadas ansiosas, desquiciadas carcajadas, que se  interrumpen,  de cuando en cuando, sólo  para expeler sobre mis carnes desasogadas,  a las que a duras penas les llega ya el aliento,  sus tenebrosas y malsanas obscenidades, que gracias a Dios, las profieren tan  jadeantes que apenas  se las entiende nada.  Pero lo que se entiende es ignominioso, terrible, inefable ...  La carrera suele acabar en la Plaza de Neptuno si el semáforo está en rojo. Si está en verde,  o consigo hacerme un hueco entre los veloces coches que pasan, puede prolongarse hasta enfrente de la emisora La Cope o la Bolsa Madrileña, e incluso, si ese día el pánico y las calorías me alcanzan lo suficiente, hasta el mismísimo Parque de El Retiro.

Menos mal que al final, cuando ya me dan  todos alcance y no tengo ninguna posibilidad de escapatoria, los ánimos van sosegándose poco a poco y de forma natural, y,  sin otra solución de  continuidad, solemos acabar tuteándonos e intimando de forma muy dicharachera, excitada y tumultuosa. De suerte que todos acabamos, más pronto o más tardee, y de la forma lo más prolongada y demorada posible,  en una especie de frenética marea multiorgásmica o rompeolas de éxatsis sensual  tumultuario. E , incluso, en  más de una ocasión, también se produjo alguna exhalación mariana de alguna novicia que le pilló todo con muy poco hábito en el asunto y como demasiado a trasmano.  Y a  la postre todo concluye con fraternales achuchones y algún intercambio de comentarios sobre el entretenido suceso o de números de telefono. También suele ocurrir que alguien pretenda volver a mosquearme por sorpresa, por ver si puede prenderse de nuevo esa espiral de mala leche tan mía y el consiguiente entregado fervor lascivo y mitómano, que por parte de mis más fieles seguidores les corresponde responderme.  Pero para entonces yo ya soy sólo un pedazo de pan sonriente, que sabe que podrá irse por fin a su casa de forma normal y tranquila.  Podrían meterme un cigarrillo encendido en el zapato o decirme que la tengo demasiado pequeña para el tamaño de mis orejas...  Ya nadie podría sacarme en las próximas doce horas de mi feliz estado de saludable estulticia pasajera y gentil abandono.

Y decía que menos mal que suelen acabar de forma tan pacífica y placentera estos malentendidos y conflictividaes  tan asiduas en las que nos vemos, cada dos por tres,  involucrados   los mayores degustadores espontáneos de mis cabreos y enfados y mi acosada y perseguida persona, que no les soporta, insisto,  y siempre creo morirme en un infarto de malas leches hervidas en las fases previas de sus contumaces  persecuciones de jauría humana enloquecida.  Menos mal, porque lo que es la Policía Municipal y la Autonómica,  en su mayor parte al menos, están al cabo de la calle sobre todos estos escándalos callejeros míos, aunque no están muy por la labor de ponerles remedio precisamente. Para ser más claro,  en su mayoría todos los miembros de la Policía y de los agentes del orden están mucho más pendientes de si otean en el horizonte urbano ese revuelo y polvareda inefables que levantas a su paso siempre mis escándalos mundanos,  para apuntarse, por supuesto,  ellos los primeros a la juerga, que siempre la anteponen a  perseguir y odiar el delito y atender y amar al delincuente, que es el cometido primordial y obligado de su esquizofrénico oficio.  No en vano suelen ser las pivas más despampanantes quienes  más me soliviantan y enfurecen al percibir sus  impertinencias cretinas y altiveces caprichosas y sin cuento, y que luego, por consiguiente, caen más rendidas en número y color ante la evidencia irresistible y palamaria de mi pésimo talante y terrorífica mala baba. Pero en fin, también hay catedráticas, magistradas, médicos, ejemplares madres y amas de casa, maduras, jóvenes veinteañeras, treintañeras, cuarentañeras, cincuentañeras...  En fin, todo tiene un sesgo muy popular y democrático.  El índice de criminalidad y de inseguridad ciudadana  en Madrid como consecuencia de esta desidia laboral de las fuerzas del orden, en ocasiones,  y como era de esperar, y desde hace unos años,  es sencillamente tercermundista, estruendoso, insufrible.  Pero yo ya tengo bastante  con los cargos de conciencia que me causan tanto regalo y obsequiosidad que me brindan las mafias más importantes, y de todo origen geográfico, instaladas en este momento en toda España, como para preocuparme ahora de la inseguridad ciudadana que pueda crear la mala milk que me producen mis espontáneos fanáticos y promotres de ésta, en consecuencia.  Se ha corrido la voz de lo mío entre todos los criminales y nazionalistas genocidas de mayor influencia política y económica en España, y corre el dinero negro a raudales, que para eso tienen tanto y lo sacan y lo mueven con tanto brío y facilidad de un banco a otro y entre las distintas  instituciones estatales y de una caja de ahorra a otra, y como dice el refrán, porque me tiro a una tonadillera y me compro a un alcalde y vuelvo a tirar porque  me toca.  En definitiva,  yo soy para mis padrinos mafiosos como el Frank Sinatra del cabreo y la mala hostia, que me protejen y tutelan,  y que,  a falta de casino en Las Vegas, me abonan una multimillonaria nómina todos los meses por mis esporádicos escándalos callejeros.  Aparte de otras recepciones privadas contra mi voluntad, y, por tanto,  con toda mi mala leche del mundo,  a que me someten, claro, que para eso son los jefes. A mí esto, que sean mis jefes, digo, me indigna y cabrea cada vez más, por lo que me temo que nuestro contrato será eterno, o si no se es creyente, al menos demasiado largo.  Sin embargo, y por otra parte, a mi favor  tengo que decir que en mis algaradas espontáneas, aparte de agentes de la autoridad siempre participa cierto número de delincuentes,  de no demasiada alta estofa, que todo hay que decirlo, lo cual, que mientras se distraen y disfrutan con mis espectaculares enfados y las grandes ventajas a nivel interrelacional que,  a la postre,  estos les proporcionan,  no están delinquiendo.  Y por si fuera poca mi beneficiosa influencia en estos seres,  un tanto asociales y descarríados,  además suelen permanecer,  tras la espectacular e inolvidable experiencia,  con muy buen ánimo y no peor predisposición gentil  y ciudadana durante cierto tiempo. Total, que ya están apalabrando mis padrinos mafiosos con el alcalde algún reconocimiento o condecoración para compensarme de alguna forma por los beneficios que ocasionan a la ciudad mis actividades y el despliegue de mi espantosa mala leche natural, y  por ver,  claro, si una vez ya institucionalizada y con registro legal, mi magistral mala baba, digo,  obtienen algún permiso para explotarla en ámbitos privados y de alto standing  previamente concertados.            

Y ahora quizás ustedes se pregunten por qué en un principio de mi relato valoraba tanto mis discretos ingresos de un sueldo Nescafé de por vida, al lado de los multimillonarios emolumentos que me proporciona la feliz y entusiasta adicción de los mafiosos a mi mala leche insoportable. Pues bien, confieso que no estaba en mis intenciones abrirles en este post hasta este punto mi  corazón y los secretos mejor guardados de mi vida privada.  Pero ahora que lo he hecho no me arrepiento, y no voy a escatimar ninguna exteriorización de mi legítimo orgullo,  tanto por mi premio de un sueldo  para toda la vida,  como por la enorme aceptación social que goza entre el público en general el  reconocido magisterio y maestría de mis enfados.  Y de la felicidad que aporta mi mala hostia y mis insoportables cabreos a la sociedad, no hablo. Las proporciones cuantitativas,  y su cualidad entrañable y espiritual, les confieso que sencillamente me emocionan.      

 

Para UN HOGAR EN LOS ABISMOS, 

Lonely Flipidor.      

 

03/09/2007 16:12 Autor: unhogarenlosabismos. Enlace permanente.


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