Negra flor
"Yo no sé si es culpable o inocente, pero no me gustaría que fuese mi madre." A mi compañero de incompresiones e infundios, el comisario Don Gonçalo Amaral, aquella mañana le habían pillado la jauría de los chicos de la Prensa con demasiadas contingencias y asuntos pendientes en su agenda aun por atender. Cuando está muy ocupado el Sr. Amaral y alguien le pone piedras en su camino, se le puede desatar por unos instantes la lengua. Pero nunca atraviesa ésta ninguna frontera fatal que ponga en apuro su prudencia o legalidad debidas. A veces no sale como un resorte el consabido "disculpen , estoy muy ocupado", eso es todo. Pero la frase utiliza de comodín siempre ha de valer para barrer para casa, eso es lo principal. Si hablas no metas la pata, si hablas aprovecha para poner a la entrada de tu castillo otro mojón. Y si son dos, mejor. Aunque, por otra parte, quienes conocen de creca y con rutina al comisario Amaral podrían sospechar que alguna de sus certeras y oscas respuestas muy bien se podrían deber a haberse pasado con el queso parmesano y el paz espada a las tres salsas. Con el Sr. Amaral nuna se sabía bien del todo cuando si estaba a punto de cerrar un caso por las bravas, después de muchas jornadas agotadoras entre laberintos de señuelos y rastros e incertidumbres insomnes, o si había vuelto a engañar a su mujer saltándose la dieta pactada con un menú extra, más propio y apropiado para ogros verdes con ciénaga que para un comisario de culo gordo y tripa pugnaz que todavía presta servicio a pie de calle.
A los buscadores de noticias británicos no les hacía mucha gracia que el comisario Amaral hubiese dejado abiertas todas la vías de investigación sobre los padres de la niña McCann desde el mismo momento en el que se denunció la desaparición de su hija. "Es un mero asunto de estadística, chicos,", les dijo todos los compañeros a su mando en las dependencias y oficinas de Comisaría Central de Lisboa. "Ya os daré esta tarde una lista de nombres. Quiero que me apoye un grupo de vosotros en esta línea de investigación de una forma más especial. Y que los demás tampoco no se inhiban de traerme alguna aportación al respecto su la juzgan de interés."
Gonçalo Amaral siempre brilló por su gran intuición para saberse colocar, con su ambición inmarcesible de aprendizaje, en la punta de lanza de todas las transformaciones sociales y técnicas que empezaron a desencadenarse sin previo aviso en Portugal tras su Revolución de lso Claveles. Su expediente de estudios, la mayoría especializados, siempre ha sido y sigue siendo brillante y ya recién asomado a la veintena tuvo que cincelar a marchas forzadas su sistema nerviosos con complicados casos contra la mafia del narcotráfico internacional. Cuando los buscadores de noticias de muchos países quisieron recabar alguna información sobre el papel personal del Sr. Amaral en aquellos casos éste les respondió a bocajarro con toda la humildad, pero también con toda la saña expeditiva de que era capaz: "yo era entonces un niño y no me enteraba de nada." Y no faltó del todo a la verdad. En aquel tiempo tenía muchos más mandos sobre él y sólo tenía veintitrés años de edad. Él no organizaba los trabajos y estrategias generales, pero llegó a conocer durante aquellos años muy a fondo, y sobre todo de muy cerca, la fragancia de la negra flor, una plantación de negras flores demasiado extensa en realidad como para comprender desde el mismo momento que la tuvo ante sí que la mochila del miedo podía ser demasiado peligrosa en un lugar así. Un lastre demasiado pesado para la poca utilidad que puede reportar, ya que te puede impedir encontrar tu posición de a salvo en los momentos más críticos en los que sigue girando en el aire la moneda de tu destino, sin saber si te va a venir de cara o de cruz. Entonces la mochila del miedo puede convertirse en tu mochila-bomba, que tus enemigos buscan ponete en situación lo suficiente apurada para qeu tú mismo sin darte cuenta la actives para escapar por el atajo más temerario de la situación.
Pero ahora la mayor temeridad para el comisario Amaral sería tal vez no llevar con estricto secreto sus investigaciones sobre los padres de la niña desaparecida, porque los señores MacCann son ya unas grandes estrellas mediáticas, que han movilizado a multimillonarios de multinacionales, famosos del mundo del espectáculo y el deporte, ciudadanos anónimos de todo el mundo, instituciones internacionales, gobiernos, estados... hasta al Papa fueron a pedir su ayuda y bendición. Nada era suficiente para el matrimonio MacCann para luchar por la vuelta en vida de su hija. Tal vez porque ellos supieran mejor que nadie que en este mundo no existía quien pudiera traerles su solución.
"Paleto, incompetente, vulgar..." Incluso algunos medios británicos han llegado a sugerir que Gonçalo Amaral puede ser, aparte de todos estos adornos de la personalidad mencionados, el cerebro de una red policial de pederastia, que se gana su dinero extra secuestrando menores para venderlas." "Una acusación qeu en varios blogs se ha hecho explícita. Porque hay antecedentes de niños no encontrados en el historial profesional del policía luso." Todas estas acusaciones, por supuesto, al Sr. Amaral le han traido al pairo. "Concentraros en la niña", suele ser su soniquete de comentario cuando lso infundios parecen haber conformado una nube de irrespirable insidia, que pareciera que ya no permitiría transitar con objetividad más por el caso. "No olvidéis nunca que si la niña estuviera cautiva en una red de pederastia sus padres hace mucho tiempo que firmaron su sentencia de muerte con su descomunal especulación mediática. Esa niña ya no les serviría a sus captores para traficar. Sólo para caer bajo el acoso policia."
Pero una mañana Don Gonçalo perdió todo vestigio de calma y paciencia, y aun del menor sentido del decoro y de la imprescindible prestación de ejemplaridad que se supone siempre debida por u nprofesional a sus compañeros subalternos. El Sr. Amaral entró maldiciendo aquella mañana en la oficinacon una ristra de periódicos bajo el brazo. Arrojó a éstos contra el borde de abajo de su mesa y muy fuera de sí se encaminó hacia la ventana más grande de la dependencia para abrirla. Cogió una lata fría de cerveza del expededor y se la bebió casi entera de una sola tacada. Luego puso de pie sus puños sobre su mesa, y aunque todos sus subalternos no podían estar más preocupados y atentos a las hoscas derivaciones de ánimo de su superior el Sr. Amaral pareciera que estuviese solo y que sólo para sí hablase cuando empezó a bramar con rabia muy contenida. "Estos cabrones periodistas británicos, estos cabrones... Han llegado demasiado lejos..." A continuación tomó otro trago de cerveza y prosiguió: "Estos cabrones han dicho que yo soy un tipo inelegante... ¡Pero si toda la ropa que llevo en la foto del Daly es de Hugo Bosss! ¡¿Pero cómo pueden ser tan hijo de mala perra?! ¡¿Pero hasta donde qeuire llegar esta gentuza...?! Las risas de sus compañeros apenas lograron amainar en los primeros momentos su ira. Pero no tardaría el Sr. Amaral en poner en marcha su sentido objetivo, el torbellino de minuciosidad que arrastraba a cuestas con su malformación profesional, mal le pesase. Si un periodisa se atreve a afirmar algo sobre una fotografía que todos los lectores pueden contemplar tal vez tendría que haber algún motivo para que ese río sobre su supesta inelegancia se pusiera a sonar. Pero por si su percepción óptica pudiese verse algo atrapada en las redes de la subjetividad empezó al leer uno de aquellos párrafos en negrita: "Su americana oscura es de marca, sí, pero muy arrugada. La camisa azul también lo es, pero demasiado abierta. A lo que hay que añadir su torpe y descuidado afeitado de insomne, sus ojos rojos, aunqeu muy vivos, y esa barriga pugnaz que invita a olvidar que en su adolescencia fue una promesa del atletismo luso. Y su crucifijo de oro cubierto por la selva negra del bellos de su pecho..." Pero una media hora después, y tras trasegarse un sanwish de queso con jamón de York y otro de pollo con lechuga, tomate y mayonea y su segunda cerveza de la mañana, Don Gonçalo coronó con su acostumbrada imagen de cavilador sigiloso y muy abstraido la atmófera de concentración y calma chicha que reinanaba ya por toda la dependencia.
Un rato después Don Gonçalo consintió que le pasasen una llamada concertada de un periodista español para hacerle sólo un par de preguntas, siempre y cuando no afectasen al secreto del sumario.
- ¿Sr. Amaral, ni siquiera quiere Ud. responder a las acusaciones personales que le han hecho desde la prensa inglesa?
-No.
-¿No le molesta tanto ruido mediático? ¿No le entorpece su trabajo?
-Como dijo San José, la Justicia se hace en silencio. Muito obrigado.
"Prácticamente el 90 % de las desapariciones de menores son responsabilidad de los padres, y, por lo general, los padres culpables tienden a organizar un circo a su alrededor como coraza. Éste es un circo idéntico al que montó hacee tres años Leonor Cipriano. Y eso que no sabía leer y escribir, pero aparecieron muy pronto los asesores y vendedores de imagen, gente que sabe qeu puede sacar dinero de una forma u otra..." Esto es lo que les comentó en un almuerzo Don Gonçalo a varios de sus compañeros subalternos. "Su hija, Joan, de nueve años, sorprendió a su madre Leonor fornicando con su tío joao Manuel y hermano de ésta sobre el sofá. Los hermanos descuartizaron el cadáver de la niña y nunca pudo encontrarse el menor rastro de su cadáver. Pero resolvimos el caso y ahora los hermanos Amaral cumplen veinte años de y cuatro meses de cárcel. Otros casos fueron mucho más sencillos. En ellos los niños fuern víctimas de un ataque de ira de alguno de sus pregenitores o de los dos. Cuando el crimen no ha sido premeditado la pieza a la que hay que dar caza acaba por vivir despierto como en un sueño demasiado incomprensible y agitado como para que su aturdimiento no deje un rastro demasiado visible y sea pronto cazado.
Con mi compañero maral coincidí en varias casos muy importantes del crimen organizado. Pero cuando más tiempo compartimos juntos por razón de trabajo fue en Sevilla, siquiendo el rastro de unos gitanos ambulantes que habían dado muerte en el Algarve a un compañero nuestro portugués y amigo muy mío de mi infancia y adolescencia... Martins cayó en servicio cuando se interpuso en solitario, demasiado pronto y en mala hora, cuando la banda estaba realizando uno de sus tabajos en los que estaba más especializada, reventar cajeros de bancos.
Este caso estaba empezando a hacer también demasiado ruido mediático para nuestro gusto. A veces era como intentar trabajar en un despacho con una mosca alrededor tuyo que no encuentra la salida. Y cuando tú te molestabas en ofrecérsela o intentabas forzar la situación para que se fuera, la mosca siempre te esquiva y vuelve a parapetarse quieta en un sitio ilocalizable. Hasta que una vez que vuelves a concentrarte en tu trabajo vuelve a las andadas, o las voladas, si prefieren. La mosca zumba sin sentido entorno a ti y se qeuda. Pero tú intentas siempre, como decías san José, que la Justicia se haga en silencio.
Amaral y yo compartimos bastantes vivencias profesionales y personales juntos en el caso del asesinato de Martins, asesinato eu, por supuesto, quedó resuelto. Amaral ya era comisario de la Central de Policía de Lisboa y fue el encargado de dirigir la investigación, aunqeu por razones que no interesa mucho especificar ni vienen al caso, no tenía ninguna autoridad de mando sobre mí. A los hombres de enlace, en todo caso, hay qeu asignarles siempre un área libre, hay qeu dejarles lo más sueltos posible. Llegamos a compartir numerosos almuerzos y algunos cafés y whiskys al final de la tarde. Y no había ningún compañero en la operación , por muy bajo que fuese su escalafón, que no supiera de mi antigua amistad con Martins y todos hacían lo posible y se esforzaban por mostrarme su seguridad en mi capacidad profesional para estar a la altura, en que mi instinto y frialdad no sufrirían ningún receso. Yo lo estaba trabajando tan bien como en cualquier otro caso y esto parecía que crease una riada de admiración muy sincera e incontenible hacia mí, sobre todo en nuestros compañeros más jóvenes. Pero más de una vez Amaral tuvo que ponerme a resguardo de tanta muestra de efusiones de buen ánimo y buena fe de mis compañeros. estaba al borde y en el borde me contenía y esto Amaral lo sabía. Alguna felicitación de más o en hora inoportuna podría desestabilizarme. Pero otras muchas veces tenía la clara sensación de que era gracias a mis compañeros que iba salir muy normal y entero del caso.
Pero ya han pasado veinte años desde que Amaral y yo construyéramos nuestras primeras sendas negras a paso frenético, las sendas negras que trazas a fuerza de trajinar muy duro, rápido e ingeniosos con todos los archivos de tu mente y tu instinto. Esas sendas qeu debes abrir entre las poblaciones más oscuras y sórdidas de tu mente, para superar en astucia sórdida y oscura a la de tu presa. Para llegar a tiempo al lugar maldito donde mora la flor del mal, la flor negra, la que nadie ver o acercarse si se le aparece en su camino, la flor de la qeu se huye con tanta racionalidad como buen gusto y espanto. Y Amaral y yo sabemos que en las últimas consultas de almohada, antes de salir al encuentro definitivo de la flor negra, ésta parece qeu sólo crece ya en nuestra mente y qeu sól oen nuestra mente está a salvo para qeu cuando decidamos qeu es el momento justo arrancarla para siempre. Sientes qeu la verdadera flor negra sigue a salvo, lejos, muy lejos, libre y muy atenta a su entorno. Mientras todo tu instinto y tu mente se retuerce cada vez más agitada entre los barrotes de su cárcel de silencio, vigilancia, espera e insomnio. Y cuando llega el momento decisivo, en el que debes de tomar contacto directo con la verdadera flor del mal, sabes que lo primero es expulsar tú tu flor falsa, liberarla, dejarla a un lado, porque ha llegado el momento de actuar muy rápido y de memoria. Ha llegado el momento de que respires tú en la cima y arrojes a la flor del mal a los abismos del silencio y el insomnio perennes y a condenarla a que ella sea su propio vigilante y verdugo por siempre. Amaral y yo sabemos que si la complicación o la fataldiad del caso acumula tras de sí demasiados días de poco sueño, nuestras mentes y la percepción de nuestro entorno puede sentirse invadidas por una sombra excesiva e inexplicable, com osi a un campo de trigo lo asolara uan plaga de amapolas negras. Y en esos momentos llegas hasta a sentir que eres tú quien habita y crece en el abismo y no la flor del mal, la flor negra. Y no te ilumina el sol, ni la sonrisa inocente de un niño, a quien su madre lleva al colegio y te saluda alegre sin conocerte, y el beso de quien te ama se te antoja un ofrecimiento casi ininteligible y extraño. Son abismos que como mucho pueden durar tal vez tres, cuatro horas, hasta que con el reposo, el sueño o el ensimismamiento absolutos te recuperas. Son abismos que en la hora de un reloj terrenal no pasa de durar unas pocas horas. Pero la experiencia te ha demostrado que no hay abismo en realidad que no sea infinito, que no sea eterno y del que puedas salir si no luchas con todas tus fuerzas para arracancar todas la flores del mal que puedas.
Algunas de aquellas horas del final del día en Sevilla me parecía que sintiese yo un extraño alivio con mi mirada suspendida en algún lugar ausente en la pared del café, mientras sentado descansaba a la mesa entre sorbo y sorbo, dejándome adormecer con mi whisky con hielo en la mano. En alguna de aquellas horas del final del día llegué a sentir de forma muy nítida que yo era Martins, mi amigo Martins apenas hacía una semana asesinado. Sentía que yo era Martins y que mi yo de siempre en realidad estaba en ese momento habitando en un mundo casi inexistente, demasiado ignaro como para intentar explicármelo o siquiera contemplarlo. Otras veces era muy feliz porque disfrutaba de una paz repentina e inaudita, una paz en la que sentía muy cerca de mí a Martins y como si este estuviera más feliz que nunca, porque sabía que yo estaba con él en aquel momento, en aquella hora en la que me creía poseído por un sentimiento demasiado apacible para que pudiera ser de este mundo.
Me acuerdo también como una de las últimas tardes antes de resolver el caso Amaral paró en seco con su brazo a varios de sus compañeros más jóvenes quienes pretendieron acercarse por atrás a mi mesa. Yo vi sus reflejos en la lamina acristalada que tenía enfrente a mí y yo sabía que en ese justo momento no podría apenas ni mirar a la cara a nadie ni pronunciar una sola palabra. No me inmuté ni hice nada, pero los reflejos de Amaral me resolvieron la papeleta. Los chicos de Gonçalo se acercaban a mí una vez más con su pócima de admiración y buenos deseos, aparte de eu todos ya habíamos dado por hecho qeu el caso estaba a punto de caramelo y se resolvería sin mayores problemas por fin al día siguiente. Estaba casi seguro de que esa pócima milagrosa, que tantas veces me había salvado, los compañeros la habían estado destilando para mí muy dentro suyo desde las primeras horas de la jornada de trabajo. Pero Amaral supo ver a tiempo que yo estaba ya muy bien acompañado y que no era nada conveniente interrumpirme. En cualquier momento volverían a ser para mí todas la amapolas rojas. La suerte estaba echada. Al día siguiente habría una flor negra menos en los abismos y daría por concluido mi viaje a éstos para poder arrancarla. El día siguiente sería un gran día de fiesta y flores rojas. Como será también un gran día de fiesta y flores rojas el día que consiga demostrar Gonçalo Amaral con pruebas definitivas que unos padres que dejan a unos niños pequeños solos en la noche y también de llegarse hasta el mismísimo Papa de Roma una vez que su niña pequeña ha desaparecido, unos padres así son más que capaces de cualquier cosa.