Dame, dame, dame
Dame, dame, dame,
arrójame si puedes
fuerte, muy fuerte,
sin miedo a herirme,
sin miedo a desollarme,
sin miedo a desearme.
Arrójame si puedes
fuera, muy fuera,
furiosa, muy furiosa,
(¡por favor, hazlo pronto y constante!)
de esta nube de placer que sin ti
ya se me hace insoportable,
invivible, inhabitable,
desde que me habita,
no bien amaneció
este sábado tan perverso,
y que se agolpó bajo las simas
más embriagadas e ingobernables
de esta arrepentida piel mía
demasiado blanca y culpable aun.
Aférrate con todo tu odio salvaje y limpio
a la ardiente y placentera empuñadura
de tu látigo de reproches enterrados
tal vez también con demasiada vida aun.
Esta noche se exhalará en cánticos de expiación
todo mi cuerpo que crujirá por ti
bajo su propio espanto, tan dulce...
y las amables ataduras
y los honorables cilicios de tu rencor.
Dame, dame, dame
dame fuerte, muy fuerte,
(¡dame pronto y constante, por favor!)
con tus fustas de pinchos de trapo
y el flagelo de tu locura
reencarnada en uñas y dientes para la ocasión.
Dame, dame, dame
para mi solo esta noche
todos tus más malvados odios
de sangre, seda y satén.
Envuelve tu ira con la brisa
que ya se empieza a sentir
de esos mares de falso olvido
y borrascas de celos aun
sin moratones y sangre
que tú ya creíste demasiado quedos
y callados y mansos
por siempre en la dulce y tonta resignación.
Déjate llevar por tu doliente ansia
de justicia que empieza a llamar
con sus pálpitos de reyerta antigua
en las puertas más escondidas
y los fosos más profundos
del más leal y fiero de tus deseos.