Si la ciudad supiera
Si la ciudad supiera lo que los hombres como yo le podrían decir... Si supiera qué escalofrío de extrañeza y misteriosa admiración sin sentido recorre mi corazón cuando la contemplo... Cuando contemplo como despiertan en sus ávidas insignificancias todas esas desmochadas y caprichosas muchedumbres urbanas lejos, tan lejos de mi ordenada y pausada furia y trajín. Lejos, tan lejos en su enloquecido tráfico de egoismos y soledades, que siempre atisbo, prisionero entre las almenas de mi labor, tan a vista de pájaro muy por debajo de mí. Nadie parece saber que yo exista. Nadie se acuerda ni parece tener menor curiosidad por saber de mí. Y cuando martilleo muy fuerte con mi pico o rujen los hierros y las piedras entre el viento bajo mi afaenado fragor si acaso lanzan algunos viandantes algunas miradas quejosas y aturdidas hacia algún lugar caprichoso e inverosímil del cielo de Madrid. Entonces algunos de esos afanosos seres, de pronto parece que se sientieran muy molestos y feroces, como si se vanagloriarsen y jactasen de la abismal condición de su diminuta pequeñez. Alzan por unos instantes hacia la invisibilidad del infinito sus desafiantes miradas, como si implorasen a un Ser desconocido, al que jamás esperaran ni creen, que les vengue con un letal rayo que fulmine a ese horrísono demonio que les atormenta con la infernal saña de su impertérrida laboriosidad y les araña las telarañas de oro de su rozagante sueño burgués. Un sueño que jamás se me ofrece dispuesto por sí mismo a acercarme siquiera algunos de sus desperezamientos más leves o de sus más torpes e inconscientes y sonámbulos pasos. Y es en verdad el sueño de la ciudad de tan insoportable hechizo que podría abismarme por el precipicio de los más encumbrados andamios si me parase a contemplar más de lo debido ese hipnótico movimiento pendular. A veces, en un extremo de sus ensoñaciones, se muestran los peatones tan relajadoss y enternecidos y en el otro tan disparatados y sin sentido en su pasear interminagle hacia ningún lugar, como pueden presentarse con muy solícito bamboleo cruzando el umbral de sus lugares de ocio y posadas de placer. Entonces, cuando una vez más vuelvo a cerciorarme de que sólo es mi laboriosa y tensa estela de ruído la que permite brindarme mi lugar en toda esta escurridiza y desentendida calma chicha de mi civilización, vuelvo a descargar toda mi disciplinada rabia en cortar, ensamblar, golpear... Vuelvo a amenazar a toda la ciudad con el recuerdo de la puesta en marcha de un futuro más amplio, más alto y mejor desde cualquiera de sus cúspides de viento, piedra y metal, coaccionándola con los ecos de mi irredento y fragoroso trabajo, apuntando, sin mayores contemplaciones, directo a su futuro con mis armas de masiva construcción.
Autor: Ernesto de Ja Ja Janover, después de 5 cervezas de 50 cl y 4 chupetones de ron y de mear 3 veces sobre los cimientos moriscos de la catedral de La Almudena. (Para ustedes simplemente Lonely Flipidor.)