Tío Eladio

Tío Eladio apareció una mañana de otoño en una de ls bocacalles de la zona céntrica y peatonal por donde entonces pasaba varias veces al día para ir y volver de mi trabajo. Estaba sentado en el suelo con desinhibida y casi obscena naturalidad y con cierto aire mustio y ausente en la mirada. Su imagen relampagueó en los ojos de mi memoria como una exhalación demasiado estrafalaria e inexplicable como para doderla dar crédito. No podía ser cierto que le hubiese visto a apenas un metro de mí cuando caminaba muy presuroso hacia mi oficina.

Volví con cierta zozobrae inquietud sobre mis pasos y utilicé el parapeto de una estratégica esqueina cercana para poder cerciorarme a discreción sobre el verdadero cariz real de aquella imagen o percepción estupefaciente. Sí, no cabía duda, era tío Eladio que había emergido de aquella traza harapienta y lamentable como de un antiguo y oscuro pozo del tiempo  ya pocas veces recordado, después de tantos años sin saber nada de él. Años qeu parecía qeu le huberan dado aquel extraño halo tumefacto a su expresión casi mineral de su cara, años eu parecían haber surcado por su vida con la garra ensañada y enceguecida de un vendaval implacable. Ahora aquella especie de cascajo o vaina residual de lo que alguna vez fue mi tío Eladio comparecía con los párpados caídos, en lasitud temeraria, ante la riada e peatones, que tenía que bifurcrse de súbito,, muy perpleja y sorprendida, en dos atropellados borbotones para transitar sin llevárselo por delante.  "genio y figura", me dije, "tío Eladio aun en su último hálito de vida seguro que sabría cómo saber interferir en los afanes de su prójimo más inmediato con su sempiterno delirio protagonista, siempre a que haya que tenérselo en cuenta." Presté especial atención a cómo arrastraba su mirada cerca a su alrededor por el suelo, una mirada como de simio melancólico y aturdido, como si buscara perezocísimo y descreído, entre la pisoteada suciedad de las baldosas, algún germen misterioso que explicase su demencial derrota.Unos minutos después partí raudo,  y bastante perturbado por el encuentro, hacia mi oficina. 

Cuando volví de mi trabajo a las primeras horas de la tarde no vi a tío Eladio en el mismo lugar ni en ningún otro sitio, pero me acuerdo que estimé muy robable la posibilidad de volver a verle. y al oscurecer de aquel mismo día salí a pasear con la intención de poder volver a encontrarle y, cuando aun estaba a varias decenas de metros del lugar en el qeu la había visto aquella misma mañana, me dió el corazón un respingo al observar como en ese presico punto de la calle se formaba un aturullado salto y bifurcación en la tromba de paseantes que por allí pasaban. "¡Tío eladio, rompeolas del todo Madrid y de todas las españas!", exclamé para mí, henchido por la emoción y el ataque de risa que me produjo el hallazgo.  volví a acordarme por tercera o cuarta vez en aquel día cómo en un tiempo lejano, hacía más de veinte años, tío eladio había partido de su costa natal hacia la capital del Reino con la intención de romper en ella el cascarón de sus ambiciones y sueños. 

Al llegar a su altura le observé de reojo con mucha precaución. Pero no había cuidado, tío Eladio seguía  sumido con mucha parsimonia en sus abúlicas investigaciones sobre el polvoriento suelo. Se conocía que t6odavía no había encontrado los ocultos vestigios qeu dieran razón o explicción alguna a su impresentable fracaso. Merodeé unos minutos por el lugar, ansioso y desconcertado, sin saber qué hacer o donde situarme., pero de pronto una ráfaga de aire de aqeul anochecer ventoso de otoño pareció inspirarme y entré por la pueta de una cafetería que estaba justo al lado. Una vez dentro me senté con mi café junto a una mesa pegada a una ventana desde más cómodo y a mi sbor podría contemplarle. "¡Qué barbaridad, pero cómo se le ha ocurrido colocarse precisamente ahí , justo en medio de esta enorme cascada de autómatas que irrumpe desde la plaza! Parece qeu la desgracia le haya arruinado también la última calderilla de sentido práctico qeu le qeudase. Señor, Señor... Qué vergüenza, qué vergüenza... Jam´s hubiese sospechado qeu un López-tardáguila en un estado tal de perentoria necesidad diese tan poco y tan mal de sí...¿Pero es posible que éste sea todo su ingenio ante tamña adversidad como se le ha declarado?"", pensé espantado. Luego me detuve a observar, inquieto y desazonado,  la hendidura vertical de sus mejillas, uno de los distintivos hereditarios de la fisonomía facial, que pasada cierta edad, luce la rama cántabra de nuestra familia. los López-tardáguila, es justo dar a conocer o recordar aquí, ya dese lso albores dde nuestras infancias siempre damos muestras de ser gentes dadas, con gran excitación y denuedo, a la risa más gallarda y triunfante que pueda encontrase. Pero ahora aquella prestigiosa huella genética nuestra, que siempre denotaba de forma magistral nuestro talante natural feliz y muy altivo, aqeulla misma huella, aqeulla marca laudatoria que siempre pareció distinguir como un respetabilísimo emblema de dominio y entereza a nuestra estirpe, aquella señal familiar se estaba exhibiendo en la actualdiad al mundo, como por fatal y miserable paradoja, aun más remarcada y profunda en las flacas y desasistidas mejillas de mi tío Eladio. Ahora nuestramarca familiar se había convertido en un andrajoso estigma de oprobio y perdición vergonzantes y del todo inasumible parael orgullo de nuestra sangre. No pude evitar tapar mi mejilla con mi mano con súbita angustia por si una camarera o algún viandante, por alguna casualidad (o quizá por ninguna, porque ¿quién conocía en realidad los motivos de aquella actitud  como interrogativa y curiosas en sus miradas?) , parecían fijarse en la extraña cercanía de nuestras presencias. tentaciones tuve por momentos, ante la inoperancia escandalosa con qeu mi tío afrontaba su  indigente situación,  de slir allí mismo a llamarle al orden y soltarle un par de sopapos. Pero en seguida tomé conciencia de la ridiculez e inconveniencia de mi enfado. Luego reparé más en el aire intranscendente y como simiesco de su mirada, mientras empecé a recordar las tardes ya muy remotas de los veranos que pasamos juntos en nuestra antigua granja familiar. Me recordé, por ejemplo,  como en ciertas ocasiones se limitaba a contemplar  pasar las tardes subido en un árbol hasta que el sol dejaba caer su velo púrpura que acababa por envolver su veraniega haraganería. "Sí, una especie de vocación vacacional es lo que siempre en realidad inspiró el ánimo a este malandrín, y de aquellos polvos ahora vienen estos lodos.  Aquellas actitudes, contemplaciones y ensimismamientos  no podían albergar dentro de sí un buen presagio." Pagué mi cuenta y con un suspiro, mezcla de malestar e indignación, di la espalda de inmediato a aquella cochambrosa presencia y puse paso muy ligero a mi vuelta a casa.

La mañana del día siguiente mi tío no compareció, en su calidad de trombo callejero imperturbable, a su cita con sus labores de lastre y obturación del miocardio de la ciudad. "Son los gajes de no tener oficio", me dije a modo de excusa del impresentable. "A lo mejor hoy se ha sentido un poco inútil o depreimido por no conseguir el infarto circulatorio definitivo, por no conseguir colapsar el meollo palpitante del centro de la capital. O quiz´s es qeu estos ambientes laboriosos y responsbles de las mañanas le estresen demasiado."

Pero, sin embargo, tío Eladio, por la tarde ya había ocupado su puesto y yo también había conseguido el mío junto a una mesa del café con un ventanal mucho mejor situado para poder con toda comodidad y a placer contemplarle. El tipo seguíacomo siempre absorto en su minicioso estudio del mapa de excrecencias desplegado sobre las baldosas de su alrededor. "A lo mejor, más que intentar excudriñar el trasfondo de sus malhadados pasos esté tratando de entrever su futuro, interpretando los dibujos qeu la inmundicia ha trazado con obstinación en torno a él.  Claro,  que en su caso  tampoco hace falta ser para adivinarlo un Nostradamus o un Merlín... Apenas necesita para completar  el vislumbre total de su destino más eu un certero rapaplovo tras la oreja, andrajo huero e infame, vergüenza de... Más le hubiera valido haber empleado ese minucioso tesón de contemplabaldosas en sus oposiciones a Registrador de la Propiedad hace ya más de veinte años, en lugar de andr con sus devaneos de trotamundos renacentista. Porqeu lo qeu es ahora... Para andar registrando propiedades anda éste... no sería capaz ni de oler una montaña de dinero qeu tuviese pegada a sus narices." Arrimé mi cara al cristal de la ventana para intentar averiguar qué tal andaba surtido de monedas su plato y apenas vi algún reflejo dorado entre la calderilla de monedas de cobre. Pero unos minutos más tarde casi me dio un escalofrío de orgullo y temor a la vea, cuando observé su intrepidez y pericia con que se guardó una moneda de níquel que acababa de echarle a la escudilla una señora. empecé a sentirme un tanto nerviosos y exaltado por lo qeu acababa de haber visto. Incluso por algún instante empecé a fantasear con la idea de darle una especie d pescozón de alegría dejando en su plato un billete de cien euros. Pero enseguida me alarmé ante la posibilidad de que semejante detalle de llamativa generosidad  pudiera poner en riesgo la comodidad de mi anonimato. Fui reducuendo la cifra de dinero que ofrecerle  hasta qeu llegara a un límite que me pareciera de razonable discreción. Pero al final y en aras de preservar con garantías el secreto de mi identidad me pareción qeu hasta una moneda de dos euros podría suponer un derroche de imprudencia necesaria para mí.  Al final me levanté de mi mesa mucho más animado que la noche anterior. E. incluso, al pasar a su lado,  estuve a punto de darle un espontáneo golpecito,  cuando al desgaire pasé junto a él y le eché una resonante moneda de cincuenta céntimos sobre su plato.

En el atardecer del día siguiente, que también pasé desde mi mesa del café a pocos metros del puesto de indigente de mi  tío Eladio, pude ver como en un momento sustraía del  bolsillo de su abrigo un extraño despojo mugriento del que colgaba un cordel rojo, y en el qeu creí reconocer la tripa fosilizada de un chorizo decantilpalo. Se puso aroerlo con feroz ahínco y frenesí, y más tarde se dedicó a mordisqeuar, chupar y sorber el cordel, como si estuviera dando cuenta de uan exquisita angula a la plancha o algún plato suculento similar. A punto estuve de levantarme y dirigirme a él para pedirle explicaciones sobre el destino real de mis cincuenta céntimos y de cualqeuier otro dinero que, por su sola cara de membrillo y sin dar un palo al agua, allí se hubiera arrendado.  Unos momentos después, con tanto chupeteo y succión del cordel el tonto llegó a cortarse la lengua y los labios con el distintivo comercial de hijalata del embutido y cuando se dió cuenta empezó a lengüetear y relamerse., con transtornada y enloqeucida fruicción, como si fuera un ansiosos caníbal de sí mismo, como si hubiera estado esperando toda la tarde aquella cálida salsa o  pastoso y sanguinolento condimento. y al final de su horrendo espectáculo de cacofagia se le quedaron dos berretes ocres y resecos desde las comisuras de los labios hasta su cuello. "¡Sangre López-Tardáguila!", me dije estremecido de angustia y  pavor escénicos.  "¡Y a hora punta y en el mismísimo centro de todas las españas! ¡Menudo baldón! ¡Esperemos que no pase por aquí al meno ningún conocido! Mientras, una de las camareras le contemplabacon ternura y ciertas ínfulas samaritanas... (Continuará.)

 

(Continuará.)

(Disculpen las posibles erratas o errores de cualquier tipo, pero ahora no tengo ganas de releer y corregir el relato.)  

NOTA: Lonely Flipidor no es el sobrino del Sr.  Eladio. Sólo es el escritor que ha intentado ponerse dentro del pellejo de semejante ser  impresentable, escabroso y patético.  

 

 

23/09/2007 13:19 Autor: unhogarenlosabismos. Enlace permanente.


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