A propósito de Torrente
Apenas un par de días después de la muerte de don Gonzalo pasaba yo unos días en Salamanca. Por casualidad (supongo, que por casualidad, que yo no soy nadie tampoco para ser el portavoz del Caos o del supuesto Regente del Destino) una de aquellas mañanas caminaba cerca de uno de sus hijos más jóvenes, quizás alguna pizca más que sólo un adolescente, y que en ese mismo momento estaba parado recibiendo el apoyo y el pésame a la vez (¿es esto posible?) de unos señores no sé si desconocidos, conocidos o simples amigos de su familia. Yo me di cuenta al instante de que aquel chico debería ser un Torrente por el aire transido de su mirada y la forma de cebolla transgénica de su cabeza, propia de todos los retoños del segundo matrimonio de don Gonzalo Torrente. El buen chico recibía aquel cálido y fervoroso consuelo para su insondable misterio de ausencia que tanto en ese momento parecía transitarle y mantenerle con la mirada ausente y muy ida, ya digo, como si fuera una suerte de novato extraviado en su primera visita a este drástico e inexplicable aeropuerto que, a veces, con tan punzado dolor e insolencia, es sólo esta vida. Yo caminaba muy ligero, como tengo por costumbre siempre, y el ingenuo y aturdido chico debió de creer que yo estaba tan ausente o más que él de lo que en aquel momento sucedía en ese entorno de uniformadas y absurdas prisas de capital de provincias. Pobre chico, que creía sentir en aquellos momentos que a los demás les sucedía como a él le sucedía, que los demás tampoco formábamos apenas parte de este mundo, o al menos de su sentido. Pero al instante, no bien me vio vagar muy presto en medio de sus brumosas aprensiones pareció despertarse de alguna abrumadora miopía existencial que le resultase ya demasiado lastrosa, de alguna angustia ya demasiado dulce e insoportable que no daba en separarse de una vez de todo aquel gozo tan terrible de su desencanto. Aquel chico al tenerme delante de sus ojos parecía que hubiese sufrido una súbita percepción que le golpease muy nítido y muy dentro de aquel misterio de vacío y ausencia que le apresaba y de pronto parecía que se hubisiese puesto a barruntar muy veloz y abismalmente sobre mí y la posible explicación de mi repentina presencia, que por allí pasaba muy rápido, como por demasiada casualidad como para que él se permitirse no reparar en ella. No sé si fueron mis gafas oscurecidas, mi forma de respirar, como huidiza y proscrita y nada provinciana, que tal me delataría como hombre, o incluso como periodista, de sólo visita en la ciudad, o era ese otro aire de escepticismo sobre todo lo real que procuro respirar siempre, tan ávido y en secreto, para pasar desapercibido y burlar todas esas cotidianas emboscadas de los impostores jerarcas de la realidad, que aun acontecen muchísimo más en provincias... No sé qué fue pero aquel chico pareció creer de pronto mucho menos en la ausencia del misterio de la vida y de su mismo padre y no despegó ya su mirada de mí en ningún instante, como si yo pudiera ponerle en el secreto de cuanto le había sucedido. O tal vez como si fuera él mismo quien necesitara con urgencia explicarme por qué a mí me poseía toda aquella agitada sensación de saga y fuga de la vida y el sentimiento tan salvaje y atroz de mi inexistencia.
13/11/2007 12:46 Autor: unhogarenlosabismos. Enlace permanente.